El 16-II-2018 presentamos en Legazpi el audiovisual sobre Etiopía “Norte Cultural – Sur Salvaje” donde os mostraremos infinidad de lugares, gentes y costumbres de este peculiar país. A continuación os muestro un pequeño resumen de lo que se podrá ver en el audiovisual. Este año tenemos el mejor material que hemos tenido y esperamos transmitir nuestras vivencias etíopes.





Al borde de la frontera de Kenia encontramos el poblado de los Dassanech. Para llegar debemos pasar por la frontera administrativa donde toman nota de nuestros pasaportes como prevención de que no pasaremos a Kenia y seguiremos en Etiopía. Posteriormente vamos en busca del "ferry" para cruzar el rio Omo y que resulta ser un tronco de ficus que han ahuecado y que mueve un barquero con ayuda de un tronco de árbol. No hay ningún tipo de seguridad, por supuesto no hay chalecos salvavidas y aunque no vemos cocodrilos sabemos que haberlo haylos, como diría un buen gallego. La tribu nos parece hostil al igual que el entorno. Las cabañas están hechas con trozos de algún tipo de metal parecido a la uralita, en medio de ningún sitio, con escasa vegetación. Hacemos las fotos y nos vamos de este sitio tan desolado y tan poco acogedor donde este pueblo sedentario pasa parte del año para trasladarse posteriormente a Kenia por otro tiempo. Poco ha debido cambiar la forma de vida de los Dassanech a lo largo de siglos, incluso con el reciente contacto con los turistas. Nos vamos de vuelta con nuestro guía local y un niño de unos 11 años que nos acompañado. Habla muy bien inglés y es amable y muy espabilado. Nos dice que quiere ser médico y ejercer en su pueblo. Ojalá sea así.

A la mañana siguiente nos adentramos de nuevo en la sabana en busca del poblado de los Karo. Arbustos y el árbol de la rosa del desierto salpican la tierra seca en la que encontramos numerosos termiteros, además de algún que otro roedor enorme que no identificamos. No llevábamos grandes expectativas ya que habíamos visto en documentales que los Karo se visten para los turistas. Aun así, no vemos escuelas ni formas de vida que hayan evolucionado en los Karo que nos vamos encontrado por el camino antes de llegar a esta aldea que los extranjeros visitamos. Esta tribu nos dio que pensar, ya que al llegar por la localización y el entorno nos parecieron muy auténticos, pero en seguida vimos como los hombres vestían ropas occidentales y algunos locales aún no les había dado tiempo de pintarse el rostro y se reclamo para recibir monedas de los visitantes.





Los Hamer son una de las tribus más representativas del sur de Etiopía. Pueden ser vistos en km a la redonda de la pequeña ciudad de Turmi. Las mujeres lucen su particular peinado que logran con ayuda de barro y mantequilla. Sus adornos y sus ropas hechas de pieles de cabra y adornos de conchas de mar serían dignas de una pasarela de moda. Son muy estilizados y fibrosos y dedican mucho tiempo al arreglo personal. Visitamos uno de los poblados donde vemos que siguen viviendo de manera muy primitiva y básica. Miramos una de las chozas por dentro y aparte de unas pieles en el suelo a modo de cama y algunas vasijas de barro para cocinar no hay nada más, incluso hacen fuego en el interior. Son chozas pequeñas que comparten con los animales que dan calor amortiguando las frías noches de la sabana. Vemos al joven protagonista de la ceremonia del salto del toro que se celebra al día siguiente. Está enfermo, en el suelo con algunas personas alrededor, serán los nervios.

Al día siguiente asistimos a la ceremonia de la que tanto nos han hablado y por la que los jóvenes que realizan la prueba con éxito se convierten en adultos. La visión de esta ceremonia no es apta para todos los públicos; las mujeres piden que los hombres les peguen con unas varas de madera para demostrar su fortaleza consiguiendo grandes heridas que se convertirán en heroicas cicatrices y que les proporcionará un mejor marido. El olor a sudor, a mantequilla y a sangre que emana del grupo de mujeres que salta al son de los cascabeles que hacen sonar se mezclan con el calor transcendiendo hacia el circulo que formamos los turistas que observamos la ceremonia con una mezcla de asombro e indiferencia forzada resistiendo involucrarnos emocionalmente.




El silencio en la sala de recreo del orfanato de Omo Child es sobrecogedor . Unos cuarenta niños pequeños, entre 2 y 9 años tienen sus ojos fijos en la vieja pantalla de televisión donde un vídeo de dibujos animados de Walt Disney intenta provocar risas sin éxito. Apenas nos miran cuando entramos, están muy quietecitos, sin grandes expresiones en sus caras. Hemos hecho algunas fotos de ellos y se las queremos enseñar y algunos se acercan tímidamente permaneciendo en silencio.

Visitamos el resto de las estancias del orfanato, las pequeñas y cuidadas habitaciones de los niños, leemos los mensajes pintados cuidadosamente en algunas paredes que dan al patio y que hablan de los valores por los que se rige la ONG. Queremos hacer una aportación económica a la ONG para ello nos dirigimos a la oficina donde nos encontramos con Lale Labuko, el fundador de Omo Child que nos habla de su historia y motivos que hacen de este lugar una verdadera esperanza para los niños Mingi.





La aventura por el corazón del sur de Etiopía parece sacada del National Geographic o de aquellos documentales de La2 de RTVE de hace años. Quien iba a pensar que algún día visitaríamos la sabana y algunas de aquellas tribus africanas.

El paisaje es más seco y vemos a los etíopes ocupando las carreteras llevando a pie o en burritos los bidones amarillos para conseguir agua y llevarla a sus casas. Sentimos cierta inquietud ya que todo parece más hostil a nuestro alrededor y nos han dicho que algunas tribus, especialmente los Mursi, son agresivas. También que el sur se ha convertido en un parque temático para el turista. Tenemos que decir que a pesar de que hay pequeños poblados que reciben a los turistas a cambio de dinero, la manera en la que viven es auténtica. Les vemos a decenas de kilómetros de sus poblados con los mismos vestidos y haciendo las tareas que las que nos enseñan en los poblados. Su modo de vida no ha variado en siglos y sigue siendo muy primitivo. Nosotros recomendamos la visita a esas dos partes tan distinguidas en Etiopia, norte y sur.

Nuestra base es la ciudad de Jinka y nuestra primera visita al poblado Ari. Les vemos en sus ocupaciones tradicionales que son la cerámica, apicultura, herrería, haciendo la injera, ect., resulta una visita muy relajada y agradable.

A la mañana siguiente atravesamos el espectacular Valle de Mago y después de dos horas de caminos solo transitables en 4x4 donde solo vemos algunos mursi en medio de ningún sitio llegamos al poblado. Nuestro guía local mursi, obligatorio en la visita, los maneja y negocia con ellos. Tienen cara de pocos amigos, son muy altos y grandes, nos alegramos de ir con este guía. Alrededor de muchos kilómetros a la redonda solo estamos nuestro conductor Yusuf, nuestro guía local, los mursi y nosotros….




El bosque milenario de Arba Minch recuerda al Amazonas, con sus milenarios arboles tupidos, altos y esbeltos. Es un bosque oscuro que transmite una sensación extraña, demasiado silencioso. Seguro que hay muchos pares de ojos observando nuestros pasos. Después de la visita nos aguarda una de las vistas más impresionantes desde la terraza de nuestro hotel. Tomamos un gustoso y vitamínico zumo natural por unos pocos birrs mientras vemos el manto de bosque que deja difícilmente adivinar como es en su interior, y los dos lagos separados por el metafórica y acertadamente llamado Puente de Dios.

A la mañana siguiente paseamos por el mercado de la ciudad, somos los únicos blancos. Nuestro conductor nos vigila y nos pide que tengamos cuidado. La gente nos mira muchísimo, destacamos demasiado y aun así nos metemos por las callejuelas escondidas del mercado.

En Arba Minch también podemos visitar un par de iglesias de interés y en las montañas el poblado Dorze, con sus curiosas casas en forma de elefante. Las casas que visitamos son de una familia que parece bien posicionada económicamente. Tomamos unas bebidas con ellos, son muy simpáticos, algunos estudian en Addis pero lo que les gusta es la tranquilidad de su poblado perdido en las verdes montañas. Hay muchos vendedores que se disputan nuestras elecciones, algo compramos aunque no a todos, son muy insistentes. En el camino algunos chicos se colocan delante del coche peligrosamente haciendo acrobacias y esperando algún birr por ello. Uno de los niños baja cortando las curvas y nos aparece en varias ocasiones; no nos podemos resistir, este niño merece una pequeña recompensa




Dentro de la magia y diversidad de Etiopía encontramos grandes espacios naturales protegidos y escasamente visitados por aquellos que van a África en búsqueda de aventura de naturaleza y fauna. Nuestra intención no era esta y sin embargo nos encontramos con maravillosas zonas de naturaleza salvaje inexploradas, lagos, bosques milenarios que recuerdan al Amazonas, flora y fauna típicos africana con especial mención de los exóticos pájaros que se ven en todo el país; Etiopía es un paraíso para el bird watching o avistamiento de pájaros. Todo eso pasando de pies juntillas y sigilosamente por las orillas de aquello que se adentra en lo más salvaje y desconocido. Hay parques que a nosotros nos quedan lejos y fuera de nuestra ruta y que son muy poco visitados donde tienen su hábitat leones, jirafas, cebras, elefantes, hienas y demás fauna típica africana.

Nosotros pasamos por lagos maravillosos, con aguas prohibidas naturalmente para los occidentales ya que todos ellos a excepción del Langano tienen la bacteria bilarzia, que afecta a los occidentales. Vemos infinidad de aves, inmensos hipopótamos que parece piedras móviles y que se esconden de nosotros en la lejanía con este juego de confusión, cocodrilos, serpientes y otras grandes y microscópicas criaturas que parecen decirnos que este lugar es demasiado peligroso para nosotros y que nuestra estancia debe ser breve. También vemos gacelas, flamencos, avestruces muy poco acostumbradas a la presencia del hombre que se ven amenazadas ante nosotros, facóqueros, búhos, etc.

Es zona de malaria, afortunadamente vamos en época de lluvias con lo que el peligro es menor pero todo parece indicar que este continente no es el hábitat natural del blanco occidental.

Jugamos a disfrutar del África profunda y nos alojamos por sorpresa en grandes hoteles con vistas a los bosques y a los lagos, no lo esperábamos pero agradecemos estos paraísos a las puertas de lo más salvaje.





Lalibela es una pequeña ciudad situada en el corazón verde de las montañas de Etiopía, a 2600 metros de altura. La ciudad es otra más, fea, formada por humildes construcciones como las que hemos visto hasta ahora. Sin embargo sus iglesias rupestres excavadas en piedra son Patrimonio de la Humanidad de la Unesco y conocidas por los etíopes como la octava maravilla del mundo con mucho acierto. Arquitectónicamente son templos imponentes excavados de arriba abajo en la roca sin respuestas a las preguntas sobre su construcción. El ambiente es toda una experiencia: encontramos a cientos de fieles vestidos con los típicos mantos blancos de algodón formando lo que parece una escena bíblica. Debe impresionar aún más el día de la Epifanía en enero, cuando celebran el bautizo de Jesucristo y los miles de visitantes que vienen en peregrinación cantan, rezan y bailan.





El camino por carretera desde Wukro a Lalibela es largo mínimo 10 horas, y los últimos 40 km sin asfaltar , aunque en proximos años creemos que estará totalmente asfaltado. Lo hicimos en dos etapas y esa noche nos quedamos en un pequeño paraíso-resort en la fea ciudad de Weldaya. Por la mañana seguimos nuestro camino y poco a poco vamos adentrándonos de nuevo en un entorno montañoso muy verde que recorre nuestra carretera con muchas pendientes y precipicios a los lados a través de un paisaje extraordinariamente bello. Algunos tramos están embarrados, vemos camiones volcados en aquellos caminos y como siempre etíopes que andan por los caminos y algún niño solo, ocupado en su trabajo con el que ayuda a la subsistencia de su familia. A tramos llueve fuerte y vemos a los etíopes en los caminos que no llevan paraguas, tan solo unos plásticos o una manta empapada con la que parecen taparse o incluso nada. Recuerdo que cuento los 12 o 13 paraguas que tengo a la vez que vuelvo a pensar que este mundo no funciona bien.

La ciudad de Lalibela es pequeña y poco interesante, sin embargo el entorno es impresionante y por supuesto las iglesias que visitaremos allí. Nuestro hotel tiene unas vistas espectaculares y está decorado con muchísimo gusto y estilo africano. Salimos a visitar un monasterio escavado en las rocas, está en las afueras. Pájaros de colores muy vistosos unen sus cantos a los de los fieles en la celebración de la misa que tenemos la suerte de observar. Somos los únicos visitantes, se respira espiritualidad y fe. La experiencia nos ha gustado mucho.

En la ciudad es día de mercado, hay mucha gente. El mercado y la gente que nos encontramos son muy humildes. Se venden animales y otros productos pero la mayoría viene a vender la única gallina o cabra que tienen para poder volver con algún producto distinto. Podemos ver perfectamente que estas personas son muy pobres, apenas tienen ropa en condiciones para vestirse.

Por la tarde presenciamos la ceremonia del café el producto etíope más preciado y posteriormente vamos a un restaurante muy "bizarro" con construcción curiosas y uno de los sitios más espectaculares donde tomar algo que hemos visitado en nuestros viajes por Wonderland.





En Wukro nos alojamos en la Misión de Ángel Olaran, la primera de las 3 ONGs que visitamos y que supone una gran esperanza para las personas que viven en esta ciudad y en los alrededores. En nuestro reportaje Introducción a Etiopía hablamos de la Misión de St. Mary y aquí con más detalle os relatamos nuestra vivencia que ha dejado una profunda impresión en nosotros y que es uno de los grandes recuerdos del viaje incluso cuando nosotros solo compartimos parte de los tres días con Ángel y los voluntarios.

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