Cascada de Dindefelo

El paisaje del País Bassari se caracteriza por un relieve muy diferente al de buena parte de Senegal. Aquí dominan las mesetas, los escarpes rocosos y los profundos valles, cubiertos durante la estación de lluvias por una vegetación exuberante. El verde intenso se mezcla con la tierra rojiza, enormes termiteros y curiosas formaciones de roca, creando un paisaje de gran fuerza y contraste. Entre bosques, arroyos y saltos de agua, el paisaje adquiere una especial belleza, que culmina en la espectacular cascada de Dindéfélo, uno de los grandes tesoros naturales de esta región del sureste de Senegal.
Resulta curioso que nuestro primer reportaje sobre el viaje a Senegal comience con una ruta montañera, siendo Senegal un país tan llano. La explicación, sin embargo, es sencilla. Como muchos sabréis, no ha sido un año fácil. Después de dos operaciones y demasiado tiempo sin poder pisar las montañas, había ganas de volver a caminar, de sentir el desnivel en las piernas y de recuperar esa sensación de alcanzar una cima, aunque esta vez las montañas fueran tan modestas como las de Senegal.
Indice del artículo
Cómo llegar a Dindéfélo
Para llegar a Dindéfélo hay que dirigirse hacia la región de Kédougou, en el sureste de Senegal, cerca de la frontera con Guinea. Desde Kédougou se toma la carretera en dirección a Dindéfélo y, tras recorrer unos 30 kilómetros por pista, se llega a esta pequeña localidad situada al pie del macizo del Fouta Djallon. El acceso se realiza por una carretera que se va estrechando y deteriorando a medida que nos acercamos, especialmente durante la estación de lluvias. Dindéfélo es el punto de partida de la ruta que conduce hasta su espectacular cascada.
Datos técnicos de la ruta
- Tipo de ruta: Circular
- Distancia de la ruta: 13,2 km
- Desnivel positivo: +444 m
- Altitud mínima: 219 m
- Altitud máxima: 502 m
- Dificultad: Moderada
- Tiempo estimado: 4 horas con paradas
Nota: El track solo registra la ruta hasta la cascada; después, deberemos retroceder hasta el inicio en Dindéfélo, son 1.8 kilómetros más .
Camino a Dindéfélo
Dindéfélo es un pequeño pueblo del País Bassari, situado en un entorno de montañas, bosques y enormes formaciones rocosas, muy diferente de las grandes ciudades y de las zonas más llanas de Senegal.
El acceso al pueblo ya forma parte de la aventura. Desde la carretera principal hay que adentrarse por una pista de tierra roja que serpentea entre la vegetación y pequeños poblados. En la época de lluvias, el camino puede encontrarse embarrado y con grandes charcos, haciendo que el último tramo sea lento y accidentado. A medida que avanzamos, el paisaje se vuelve más montañoso y selvático, hasta que finalmente aparece Dindéfélo.

Dindéfélo conserva el aspecto tradicional de los pueblos del País Bassari, con casas sencillas y dispersas entre árboles, huertos y caminos de tierra rojiza. Muchas de las viviendas tradicionales son de planta circular, construidas con adobe y cubiertas con grandes tejados cónicos de paja, aunque también se encuentran casas más modernas de ladrillo y cemento.
Al fondo del pueblo se levanta una montaña verde y frondosa, coronada por grandes bloques de roca rojiza que asoman entre la vegetación. Es uno de los paisajes característicos de esta zona del Fouta Djallon, donde el rojo intenso de las rocas contrasta con el verde de los árboles y, especialmente, con los enormes y frondosos mangos que salpican Dindéfélo. Es precisamente hacia esas montañas hacia donde dirigiremos nuestros pasos.
Como todavía es pronto, la oficina de turismo donde se compran las entradas está cerrada. Podríamos hacer lo que haría cualquier «españolito» espabilado: seguir adelante y ahorrarnos los 2.000 francos CFA (unos 3 €) de la entrada. Pero nosotros hemos venido a hacer las cosas bien, así que al final de la ruta pasaremos por caja para pagar religiosamente nuestros 2.000 CFA. Que una cosa es viajar y otra muy distinta intentar escaquearse de la entrada.

Meseta de Dande y sus dientes
Los primeros kilómetros discurren por una vegetación bastante densa mientras el sendero va ganando altura poco a poco. Estamos en una zona de gran biodiversidad, hábitat de chimpancés, babuinos y otros primates, aunque hoy no tenemos la suerte de encontrarnos con ninguno.
Aquí llega la parte dura de la ruta: en apenas medio kilómetro tenemos que salvar 160 metros de desnivel, lo que supone una pendiente media del 32 %. La subida es corta pero intensa, y el sendero se va haciendo cada vez más exigente hasta alcanzar la meseta de Dandé. En algunos tramos la pendiente se acentúa, aunque técnicamente no presenta grandes dificultades. Las piernas empiezan a notar el esfuerzo, pero todavía es temprano y el calor aún no aprieta.
Lo que sí aprieta, y mucho, es la humedad. No son ni las ocho de la mañana y estamos sudando a chorros; no recuerdo haber sudado tanto en tan poco tiempo. La humedad hace que el sudor no se evapore y terminamos completamente empapados. Las palmas de las manos están tan mojadas que casi no puedo agarrar los bastones, que se me resbalan continuamente. Poco a poco dejamos atrás el bosque y su sombra para entrar en una zona más abierta, mientras ganamos altura entre las rocas rojizas del Fouta Djallon y Dindéfélo queda cada vez más abajo.

Antes de llegar a la meseta, hay un mirador natural que nos permite disfrutar de las vistas del valle.


La meseta de Dandé parece sacada de otro planeta. Estamos en plena estación de lluvias y la hierba presenta un verde intensísimo, casi fosforescente, que contrasta con la tierra rojiza y las grandes formaciones rocosas. Por toda la pradera aparecen cientos de termiteros con formas curiosísimas, muchos de ellos parecidos a enormes champiñones.
Estos termiteros están asociados al género Cubitermes, unas termitas que construyen nidos de formas muy características. Su arquitectura puede recordar a enormes champiñones de tierra, con una base ancha y una parte superior que sobresale, y aparecen dispersos por las zonas de sabana y montaña. Estos termiteros son muy duros, casi parecen rocas.

Detalle de un termitero.

Uno de los lugares más llamativos son los Dientes de Dandé, grandes formaciones de roca que sobresalen de la meseta como gigantescos dientes. El agua y la erosión han ido modelando durante millones de años las grandes capas de roca, creando enormes bloques, paredes y crestas que sobresalen de la meseta y que, por su forma, recuerdan a una gigantesca dentadura. Algunas de estas formaciones alcanzan más de 100 metros de altura y constituyen uno de los paisajes geológicos más singulares de esta zona de Senegal.

Desde lo alto de los Dientes de Dandé, el paisaje se abre en una espectacular panorámica sobre el valle de Dindéfélo. Bajo nuestros pies se extiende un mosaico de bosque, sabana y pequeñas aldeas, rodeado por las mesetas y montañas del País Bassari. Durante la estación de lluvias, el verde intenso de la vegetación contrasta con el rojizo de las formaciones de arenisca, creando una de las vistas más impresionantes de esta zona del sureste de Senegal. Después de varios días atravesando el Sahel, el contraste resulta espectacular.

La Cueva y el nacimiento de la Cascada de Dindéfélo
Volvemos hacia la meseta, la zona de los curiosos termiteros con aspecto de champiñón, aunque esta vez nos adentramos un poco más en el interior hasta llegar a la Cueva de Dandé. Se trata de una gran cavidad excavada en la roca que, además de su interés geológico, está ligada a la historia de los pueblos que habitaron esta región y a los antiguos conflictos entre las comunidades de la zona y las vecinas tierras de Guinea.
Parte de la cueva fue excavada y acondicionada por los propios habitantes de la región. Según la tradición local, los bedik utilizaban estos refugios para esconderse durante los periodos de conflicto y, especialmente, para protegerse de las incursiones de los peul. Estos últimos, mayoritariamente musulmanes, intentaban extender el islam entre los bedik, que mantenían sus creencias animistas. Las cuevas servían así como escondite y refugio en tiempos de persecución.
La visita, sin embargo, resulta menos espectacular de lo que esperábamos. La cavidad no ofrece demasiado que ver y, además, está ocupada por una numerosa colonia de murciélagos.

Nuestra ruta pasa junto al poblado de Dandé, habitado tradicionalmente por los bedik. Sus casas se integran perfectamente en el paisaje rocoso de la meseta: construcciones sencillas levantadas con piedra, barro y materiales vegetales, con tejados de paja y pequeñas aberturas para protegerse del intenso calor. Las viviendas se agrupan alrededor de espacios comunes y están rodeadas por simples vallas, reflejando una arquitectura humilde, funcional y perfectamente adaptada al entorno.

Desde allí continuamos hacia la parte alta de la montaña, donde se encuentra el nacimiento de la cascada. El agua brota en la propia meseta y, al llegar al borde del escarpe, comienza a precipitarse por la pared rocosa. Aunque aquí encontramos agua durante todo el año, es en la estación de lluvias, cuando las precipitaciones son más abundantes, cuando el caudal aumenta considerablemente y la cascada muestra toda su fuerza.
Nos sentamos un buen rato junto a la parte superior de la cascada, disfrutando del entorno y de una agradable conversación con nuestro guía local. Mientras descansamos, nos cuenta historias sobre las costumbres animistas de los bedik y sobre los rituales de iniciación que todavía se practican en los bosques sagrados de la zona, entre ellos la circuncisión. Entre tanta historia interesante, aprovechamos para hidratarnos y comer algunos frutos secos, intentando recuperar parte de las sales que hemos perdido sudando a mares durante la primera rampa de la mañana.

Comenzamos entonces el descenso hacia Dindéfélo. El camino resulta bastante menos pronunciado que durante la subida, algo que nuestras rodillas agradecen especialmente después del esfuerzo de la mañana. A mitad de descenso escuchamos unos gritos y, poco después, aparecen tres pastores bajando al trote por un estrecho camino de cabras, acompañados, efectivamente, por un pequeño rebaño que llevan hacia algún mercado cercano para venderlo.

El sendero vuelve a adentrarse en el bosque y, durante un buen tramo, seguimos el curso del agua, que nos acompaña montaña abajo. Poco a poco, el rumor de la cascada se hace cada vez más intenso hasta convertirse en un estruendo. Finalmente, entre la vegetación, aparece ante nosotros la cascada de Dindéfélo, poniendo el broche perfecto a nuestro descenso.
Refrescante baño en la cascada Dindéfélo
La cascada cae desde una pared de más de 100 metros hasta una preciosa poza natural rodeada de vegetación. Después de horas caminando bajo el calor, llegar hasta allí es una auténtica recompensa. El agua está fresca y transparente, y en la poza podemos ver pequeños peces entre las rocas.

El baño es probablemente uno de los grandes momentos del día. Algunos nos acercamos incluso hasta la propia caída para dejar que el agua nos golpee directamente. Después del esfuerzo de la subida, el contraste entre el calor del camino y el agua fría resulta espectacularmente refrescante.
Durante un rato desaparecen el cansancio, los kilómetros y el calor. Solo queda disfrutar del lugar y de la sensación de haber llegado hasta uno de los rincones naturales más impresionantes de Senegal.

Si algún día viajáis a Senegal, no dudéis en visitar el País Bassari. Aunque se encuentra en una zona remota del país, el viaje merece la pena. Como hemos mostrado en este artículo, la ruta por Dandé y la cascada, con más de 100 metros de caída, ofrece paisajes espectaculares y una experiencia difícil de olvidar. Un rincón sorprendente de la llana Senegal, donde las montañas, los bosques y las cascadas parecen desafiar la imagen que solemos tener del país.
