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Costa Sur de Casamance: Diembering y Cap Skirring

En el extremo sur de Senegal, junto a la frontera con Guinea-Bisáu, el paisaje cambia por completo. El río Casamance se pierde entre manglares, arrozales y bolongs antes de encontrarse con el Atlántico, mientras la tierra se vuelve más verde y el agua aparece por todas partes. Las aldeas diola conservan un ritmo de vida estrechamente ligado al territorio y, en muchos lugares, parece avanzar al compás de las mareas. Es aquí, en la costa sur de la Baja Casamance, donde nos esperan Cap Skirring y Diembering, dos lugares que resumen buena parte de la esencia de esta región. Entre playas interminables, enormes ceibas, casas de impluvium y caminos de arena que se abren paso entre la vegetación, nos adentramos en un Senegal diferente: más húmedo, más tranquilo y profundamente ligado a sus tradiciones.

A medida que avanzamos descubrimos que las playas, que era la imagen que nosotros teníamos de esta región antes de llegar, son solo una pequeña parte de lo que ofrece. Lo que realmente nos sorprende es la mezcla de paisajes, pueblos y tradiciones que encontramos a nuestro paso y la estrecha relación que sus habitantes mantienen con el territorio.

Desde la Alta Casamance a la Baja Casamance Sur

Hoy dejamos atrás Kolda y la Alta Casamance para dirigirnos hacia la costa. Los 268 kilómetros que tenemos por delante nos llevan poco a poco hacia un paisaje completamente diferente. En Kolda nos acercamos al puente sobre el río Casamance, todavía estrecho en este punto, y cuesta imaginar que terminará convertido en el enorme estuario que desemboca en el Atlántico. A medida que avanzamos, el río gana anchura y aparecen cada vez más zonas pantanosas, manglares y una vegetación exuberante.

El contraste con el Senegal que hemos recorrido hasta ahora es enorme. En Tanaff hacemos una parada ante unos espectaculares baobabs que crecen en medio de una diminuta isla y se reflejan en el agua, creando una estampa especialmente fotogénica. Mientras continuamos nuestro camino, el paisaje se vuelve cada vez más verde y húmedo, y la vegetación comienza a ganar protagonismo a nuestro alrededor.

Definitivamente, hemos entrado en la Casamance verde.

A medida que avanzamos por la región, la presencia de puestos militares y policiales nos recuerda que estamos atravesando un territorio marcado durante décadas por el conflicto separatista del MFDC. Durante el trayecto pasamos por varios de ellos y, en un par de ocasiones, nos piden los pasaportes para comprobar nuestra documentación antes de continuar. Aunque la situación ha mejorado considerablemente y el proceso de paz ha permitido recuperar la estabilidad en buena parte de la zona, todavía quedan huellas de aquel conflicto y algunas áreas siguen afectadas por la posible presencia de minas.

Antes de llegar a Ziguinchor hacemos una parada en Djifanghor para conocer el mundo del anacardo, uno de los grandes productos agrícolas de la región. Allí vemos a numerosas mujeres clasificando las nueces mientras los hombres se encargan principalmente de mover y negociar los enormes sacos. Resulta curioso descubrir que, pese a la importancia de esta producción, buena parte de los anacardos senegaleses se exportan todavía sin transformar hacia países como India o Vietnam, donde se realiza gran parte del procesamiento. Un negocio en el que Senegal produce la materia prima, pero deja escapar buena parte del valor añadido.

Ya cerca de Oussouye hacemos una parada para comer junto a uno de los famosos bolongs de Casamance. Estos estrechos canales, moldeados por las mareas y rodeados de manglares, forman una auténtica red de agua que se adentra entre las tierras bajas. En ellos se mezclan las aguas dulces y saladas y encuentran refugio peces, crustáceos y multitud de aves.

Después de comer retomamos la carretera rumbo al Atlántico y poco a poco el paisaje se vuelve cada vez más verde y húmedo. Nuestra siguiente parada es Ziguinchor, capital de la región y una de las principales ciudades de la Casamance.

Aquí hacemos una breve parada para cambiar dinero. Los bancos están cerrados por ser domingo, pero tampoco nos preocupa demasiado: encontramos una pequeña tienda de ultramarinos regentada por unos mauritanos que nos ofrece un cambio bastante bueno por nuestros euros. Así que aprovechamos la oportunidad, hacemos el cambio y continuamos nuestro camino.

Mapa de la region de la Baja Casamance sur

El mapa nos ayuda a situar esta última etapa del viaje por la Baja Casamance y a entender mejor la particular geografía de la región. En él podemos ver cómo el río Casamance se ramifica en numerosos bolongs, estrechos canales de agua salobre que se internan entre manglares y arrozales hasta encontrarse con el Océano Atlántico. En esta franja costera se encuentran dos de los lugares que conoceremos en nuestro recorrido: Cap Skirring, uno de los principales destinos de playa del sur de Senegal, y Diembering, un pueblo diola rodeado de palmerales y situado a pocos kilómetros de la costa.

Primer contacto con la playa de Cap Skirring

Poco antes de llegar a nuestro destino atravesamos la calle principal de Cap Skirring, donde el paisaje vuelve a cambiar por completo. A ambos lados aparecen bares, restaurantes, pequeñas tiendas de artesanía y puestos de souvenirs, y entre ellos empezamos a encontrarnos con algo que llevábamos muchos días sin ver: toubabs. Después de tantos días recorriendo el interior de Senegal, rodeados casi exclusivamente de población local, nos llama la atención volver a ver tantos turistas blancos.

Finalmente llegamos a la costa y volvemos a encontrarnos con el océano Atlántico. Después de tantos kilómetros atravesando el interior de Senegal, volver a ver el mar nos produce una sensación especial. Dejamos atrás carreteras interminables, polvo, pueblos y paisajes cada vez más secos para encontrarnos de golpe con el verde de la Casamance, la arena y el océano.

Nos alojamos en el Hotel Maya de Cap Skirring, un precioso complejo formado por pequeñas casas adosadas alrededor de una piscina y con acceso directo a la playa. Dejamos las cosas y no tardamos demasiado en salir a caminar. Después de tantos kilómetros, tener el Atlántico delante parece una invitación imposible de rechazar. Tras el rapido check in nos digirnos rapidamente a la piscina para darnos un relajante baño.

La playa es enorme, con una arena muy fina y un agua cristalina que contrasta con el verde de las palmeras que la rodean. A lo largo de la costa vamos viendo pequeños hoteles y complejos turísticos que se esconden entre la vegetación, perfectamente integrados en este paisaje tropical. Son los alojamientos de quienes llegan hasta Cap Skirring buscando precisamente esto: unos días de playa, tranquilidad y desconexión frente al Atlántico.

Mientras caminamos encontramos varios peces muertos en la orilla. Nos sorprende especialmente descubrir entre ellos varios peces globo, con su cuerpo redondeado y esa apariencia tan característica. Es la primera vez que vemos estos peces fuera de un mercado. Sabemos que son venenosos, así que preferimos mantener las distancias y no tocarlos.

Continuamos caminando y, unos metros más adelante, volvemos a encontrar más peces muertos. Junto a uno de ellos, un buitre se está dando un auténtico festín. La escena nos llama la atención, aunque todavía no sabemos que aquello es solo un pequeño adelanto de lo que veremos al día siguiente, cuando encontremos muchos más buitres reunidos en esta misma zona de la playa.

Un poco más adelante nos encontramos con otra imagen que nos sorprende todavía más. Una persona está recogiendo con una gran red enormes cantidades de moluscos y acumulándolos en montones junto a la orilla. Nos explican que necesita reunir suficiente cantidad para llenar un camión y venderlos después para la construcción. En esta zona apenas hay piedra y las conchas de estos moluscos trituradas se utilizan como material para las cimentaciones.

La escena nos hace pensar en la cantidad de trabajo que hay detrás de algo que, desde fuera, puede parecer tan sencillo. Recoger conchas una a una, durante horas y horas, hasta conseguir llenar un camión para obtener a cambio apenas unas pocas CFA. Un esfuerzo enorme para un beneficio mínimo, pero necesario para ganarse la vida.

Y mientras nosotros seguimos caminando, el sol comienza a bajar rápidamente sobre el Atlántico. El cielo se va llenando de colores y terminamos contemplando uno de los atardeceres más bonitos de todo el viaje. En Senegal el sol parece tener prisa: cuando empieza a desaparecer, lo hace a una velocidad sorprendente. En cuestión de minutos, el día se transforma en noche. Una pena, porque nos quedaríamos mucho más tiempo disfrutando de estos espectáculos si el sol nos diera un poco de tregua.

Después de nueve días de viaje, carreteras interminables, mercados, montañas, tormentas, ríos y pueblos, despedimos el día frente al mar. Volvemos a tener el Atlántico delante y, por primera vez en muchos días, no tenemos que ir a ninguna parte. Solo sentarnos, mirar y disfrutar.

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Caminata hasta Diembering

Amanece con el cielo bastante pachucho. Hoy nos espera una de esas jornadas que, al menos sobre el papel, parecen tranquilas: menos de siete kilómetros caminando desde nuestro hotel en Cap Skirring hasta Diembéring y, después, una navegación hasta la isla de Carabane, donde pasaremos las dos próximas noches, pero de esto ya hablaremos en próximo artículos.

Desde la playa contemplamos una de las estampas más características de la costa de Casamance: un desfile continuo de coloridas pirogas que regresan después de la jornada de pesca. Avanzan hacia Cap Skirring cargadas con las capturas del día.

Entonces entendemos también el origen de la enorme cantidad de peces muertos que habíamos encontrado el día anterior. Parte de las capturas que no sirven para vender acaba de nuevo en el mar. Y aquello tiene sus consecuencias. La playa se convierte en un improvisado restaurante a cielo abierto para los buitres, que se concentran por decenas alrededor de los peces, esperando su oportunidad.

Dejamos atrás la playa y nos internamos por un sendero que se abre paso entre arrozales, palmeras y árboles frutales. Nos explican cómo se cultiva tradicionalmente el arroz, una actividad estrechamente ligada a la vida de los diola y fundamental para la alimentación de las comunidades de Casamance. Caminamos entre los arrozales mientras la lluvia continúa acompañándonos.

Un poco más adelante nos encontramos con una docena de jóvenes trabajando en los arrozales. Lo primero que nos llama la atención es su físico: cuerpos fibrosos y musculados, sin apenas un gramo de grasa, fruto de un duro trabajo . Pero casi tanto como ellos nos sorprende la herramienta que utilizan. Es el kajendu, una especie de enorme pala-azada tradicional de madera con un mango larguísimo que, visto de cerca, parece más propio de una catapulta que de un apero agrícola. Con ella trabajan la tierra de los arrozales a base de fuerza y paciencia.

El funcionamiento es tan sencillo como ingenioso. El agricultor apoya la herramienta contra el cuerpo y aprovecha su longitud y su peso como una palanca para remover, cortar y voltear la tierra. El kajendu es una pieza característica de la agricultura tradicional diola y, más allá de su utilidad, todo un símbolo de la cultura arrocera de Casamance. No es precisamente un trabajo ligero, y mucho menos bajo la lluvia que empieza a acompañarnos durante nuestro recorrido. 

Para los diola el arroz ha sido históricamente uno de los pilares de su forma de vida. Lo cultivan en las zonas húmedas y de manglar, aprovechando un paisaje en el que agua, tierra y mareas están permanentemente conectados. La agricultura se complementa tradicionalmente con la pesca .

Continuamos nuestro camino entre arrozales y vegetación tropical, encontrándonos a cada paso con árboles cargados de fruta. Es aquí donde descubrimos el madd, un fruto silvestre muy ligado a la Casamance que crece de forma natural en la región. A lo largo de nuestra ruta vemos muchísimos de estos árboles, cargados de frutos que, cuando maduran, adquieren una llamativa piel anaranjada y un aspecto un tanto extraño.

La curiosidad nos puede y decidimos probarlo. Al abrirlo encontramos una pulpa jugosa que envuelve las semillas y que combina a la perfección un sabor dulce y muy ácido, muy característico. Los locales lo consumen directamente, aunque también se utiliza para preparar zumos, siropes y conservas. Nosotros hacemos algo mucho más sencillo: sacamos la pulpa, la ponemos dentro de un botellín de agua y lo dejamos reposar. El resultado nos sorprende. El agua adquiere un sabor intenso, fresco y ligeramente ácido que nos parece delicioso.

Después del madd aparecen los tamarindos. Aquí tenemos la oportunidad de probarlos directamente del árbol y comprobamos que saben mucho mejor que aquellos que habíamos comprado en un puesto de carretera cuando dejamos Saint Louis.

Pero si hay un árbol que domina nuestro recorrido por la Casamance, ese es el mango. Los encontramos prácticamente por todas partes, cargados de frutos que cuelgan de las ramas. Y nuestra ruta no podía ser una excepción.

En los pequeños puestos que aparecen junto a la carretera se amontonan en grandes cantidades, esperando a que algún viajero o vecino se lleve una bolsa. Los probamos maduros, jugosos y tremendamente sabrosos, de esos mangos que obligan a comerlos con las manos mientras el zumo resbala inevitablemente por los dedos. Y todo por unos precios que nos parecen casi ridículos comparados con lo que pagaríamos por un mango parecido en España.

Mientras los comemos no podemos evitar pensar que resulta una pena que buena parte de esta producción no se transforme más para darle una mayor salida comercial. Durante la temporada hay fruta en abundancia y, viendo la cantidad de mangos que encontramos a nuestro paso, da la sensación de que la naturaleza se ha pasado un poco con la producción.

Conociendo Diembering

En las puertas de Diembéring nos encontramos con otra escena que vuelve a mostrarnos hasta qué punto aquí todo se aprovecha. Un grupo de jóvenes viaja sentado sobre la carga de un tractor que avanza lentamente por el camino. Y la carga nos resulta inmediatamente familiar: montañas de conchas como las que habíamos visto recoger el día anterior en la playa de Cap Skirring. 

Casi sin darnos cuenta llegamos a Diembéring. Lo primero que llama nuestra atención son las enormes ceibas y los baobabs que aparecen aquí y allá, con sus troncos descomunales y sus copas extendiéndose por encima de las casas. Algunos parecen llevar allí mucho más tiempo que cualquiera de las construcciones que los rodean y, viendo su tamaño, cuesta imaginar cuántas generaciones de habitantes habrán crecido a su sombra.

Para los diola, estos árboles y buena parte de la naturaleza que los rodea no son simplemente elementos del paisaje. Su relación con el entorno está profundamente vinculada a las creencias animistas tradicionales. Los bosques, los ríos, los manglares, determinados árboles y algunos lugares concretos poseen una dimensión espiritual que forma parte de la vida de la comunidad. 

Aunque el cristianismo y el islam tienen hoy una presencia importante en Casamance, muchas de estas antiguas creencias continúan formando parte de la cultura diola y conviven, de una manera más o menos visible, con las religiones llegadas posteriormente. Los bosques sagrados, las ceremonias de iniciación, los sacrificios y diferentes rituales comunitarios siguen teniendo su espacio.

El pueblo se extiende entre caminos de arena, casas sencillas y una vegetación que parece empeñada en recuperar cualquier espacio que los humanos le hayan dejado libre. Aquí no encontramos grandes edificios ni demasiadas señales que indiquen que estamos en uno de los lugares más conocidos de la costa de Casamance. La vida transcurre con una tranquilidad que contrasta con nuestro propio ritmo de viaje.

Y, como suele ocurrir en los pueblos que vamos atravesando, son los niños quienes terminan reclamando buena parte de nuestra atención. Los vemos jugando por las calles, corriendo de un lado para otro y entreteniéndose con cualquier cosa que encuentran a mano. Uno de sus juguetes nos llama especialmente la atención. Consiste en una simple rueda fabricada a partir de una tapa de plástico o de un pequeño disco metálico, atravesado por un palo que utilizan para empujarla y hacerla avanzar. 

Llegamos al centro de Diembéring y nos encontramos con una rotonda presidida por una gigantesca ceiba, el árbol más emblemático del pueblo. El ejemplar es de dimensiones descomunales y, evidentemente, lleva allí muchísimo más tiempo que la carretera, los coches y las motos que ahora circulan a su alrededor. El tronco, de varios metros de diámetro, se ensancha en la base y da paso a enormes raíces que se abren alrededor del árbol formando auténticos contrafuertes. Tradicionalmente, la madera del fromager se ha utilizado para fabricar piraguas, tablas y puertas, mientras que sus grandes raíces forman parte también del paisaje cultural de la región.

Antes de continuar nuestra ruta hacemos una parada en un pequeño bar situado literalmente en plena rotonda. Nos sentamos bajo la sombra de otro enorme árbol, agradeciendo especialmente la brillante idea de colocar allí unas mesas, y pedimos algo para beber. Mientras descansamos unos minutos, empezamos a fijarnos en el movimiento que tenemos delante.

Y movimiento hay bastante. Coches que llegan, otros que paran y pasajeros que suben y bajan; también pasan las furgonetas sept-places, cargando y descargando viajeros continuamente. Para un pueblo que a primera vista parece pequeño y tranquilo, la rotonda resulta ser todo lo contrario: un auténtico punto de encuentro y de paso. Nosotros aprovechamos la sombra, la bebida fría y unos minutos de descanso para observar este pequeño caos cotidiano que gira, literalmente, alrededor de la enorme ceiba.

Playa de pescadores de Cap Skirring

Abandonamos Diembéring y regresamos de nuevo hacia la costa, rumbo a Cap Skirring.  Después de la tranquilidad de los pequeños pueblos que hemos ido atravesando, aquí volvemos a encontrarnos con más gente, más actividad y ese bullicio que acompaña a las localidades costeras.

Vamos directamente hacia la playa. Allí nos reciben, una vez más, las grandes pirogas de colores, auténticas protagonistas de la costa de Casamance. Junto a ellas se levantan algunas pequeñas casetas de madera utilizadas por los pescadores, construcciones bastante precarias que contrastan con el tamaño y la vistosidad de las embarcaciones.

La actividad en la playa es constante. Algunos pescadores están descargando y clasificando las capturas, mientras otros se afanan en trocear las sepias recién pescadas. Un poco más adelante descubrimos varios montones de anzuelos ya preparados con pequeños trozos de sepia como cebo. Todo parece formar parte de una cadena perfectamente organizada que comienza en el mar y continúa allí mismo, sobre la arena.

Entre las capturas y los restos que encontramos esparcidos por el suelo aparecen también numerosos huesos de sepia. Aunque para nosotros son poco más que un residuo, aquí tienen distintos usos. Se recogen y se dejan secar para utilizarlos como fuente de calcio y como afilador natural de los picos de pájaros y loros en cautividad, además de emplearse en la alimentación de ganado, aves de corral y peces. 

Las mujeres tienen también un papel fundamental en toda esta actividad. Sentadas sobre cubos de plástico, limpian, destripan y trocean el pescado que acaba de llegar. Los restos de vísceras van quedando sobre la arena y no tardan en convertirse en un improvisado festín para algunos perros que merodean por la playa, atentos a cualquier oportunidad.

El calor aprieta con fuerza. Es casi mediodía y el sol cae prácticamente a plomo, así que algunas mujeres buscan refugio bajo las enormes proas de las pirogas, que proporcionan una estrecha pero muy agradecida sombra. Allí, protegidas del sol, aprovechan para charlar mientras descansar para luego continuar con su trabajo.

En otro punto de la playa, varios grupos de pescadores empujan las pirogas hacia la orilla. Las enormes embarcaciones avanzan poco a poco sobre la arena mientras los hombres coordinan sus esfuerzos para colocarlas en tierra. A pocos metros, ajenos a todo este movimiento, un grupo de niños se da un baño y juega en el agua.

Centro de Cap Skirring

Después de recorrer la playa nos dirigimos hacia el centro de Cap Skirring, donde tenemos reservada la comida en un restaurante local. Y, como ya parece haberse convertido en una costumbre de nuestro viaje, volvemos a encontrarnos con un thiéboudienne.

Mientras esperamos la comida nos llama la atención el movimiento de turistas que encontramos alrededor. En realidad, tampoco es que haya una multitud, pero después de tantos días recorriendo lugares donde apenas hemos coincidido con otros viajeros, la presencia de unos cuantos turistas nos parece casi extraordinaria.

Pronto descubrimos el motivo de parte de aquel movimiento: junto al restaurante hay un cajero automático y parece haberse convertido en una parada bastante frecuentada por los turistas. 

Antes de la comida, como aun tenemos tiempo, damos una vuelta por el centro. En plena zona de la rotonda principal encontramos el mercado de artesanía, y en ese momento nos damos cuenta de que el viaje empieza a entrar irremediablemente en su recta final. Quedan pocos días y todavía tenemos algunos regalos pendientes.

Así que parece que ha llegado el momento de sacar la calculadora mental, repasar los francos CFA que nos quedan y empezar a buscar recuerdos que puedan acompañarnos de vuelta a casa. Entre telas, figuras, pulseras y todo tipo de artesanía local, nos ponemos manos a la obra. Al fin y al cabo, después de tantos kilómetros recorridos, tampoco podíamos volver de Senegal con las maletas tan vacías como las habíamos traído.

Volvemos al restaurante y descubrimos que el thiéboudienne todavía se hace esperar. No queda otra que armarnos de paciencia, aunque esta vez tenemos una pequeña ventaja: conseguimos colocarnos justo debajo del ventilador. A estas alturas, con el calor sofocante que hace, aquel chorro de aire se agradece como si fuera un auténtico lujo.

Por fin llega el plato del día, y la espera ha merecido la pena. El thiéboudienne está estupendo y, como entrante, nos sirven un pequeño plato de gambas que están deliciosas. Entre bocado y bocado ya empezamos a pensar en lo siguiente: ¿qué tendremos de postre? Hagan sus apuestas, señoras y señores.

La respuesta no tarda demasiado en llegar.

¡Mangoooooo!

Cuando estamos ya a punto de terminar el arroz, vemos salir al dueño del restaurante. Desaparece unos minutos y al rato, regresa cargado con varios mangos recién comprados en el puesto de fruta que hay justo al otro lado de la calle. Aquí no parece haber demasiada necesidad de grandes cámaras frigoríficas ni de complicados sistemas de conservación: si hace falta algo, se cruza la calle, se compra y se sirve.

Durante el viaje hemos ido comprobando que la mayoría de los hogares no dispone de frigorífico y que, en muchos pequeños restaurantes, los que hay son bastante reducidos. Esto hace que la compra sea prácticamente diaria: cada mañana toca salir a buscar lo necesario para preparar las comidas del día. Y aquí tenemos un buen ejemplo; el dueño necesitaba mangos y simplemente cruzó la calle, los compró y volvió con ellos directamente a la mesa.

Y la verdad es que no podemos quejarnos. El mango está buenísimo y pone el punto final perfecto a la comida. Recién comprado y recién servido, difícilmente podría estar más fresco.

Con el estómago ya lleno y el calor todavía apretando con fuerza, recogemos nuestras cosas y nos ponemos de nuevo en marcha. Nos dirigimos hacia Elinkine, donde nos espera uno de los siguientes capítulos de nuestro viaje.

Allí cambiaremos la carretera por el agua. Una piroga nos espera para llevarnos hasta la isla de Carabane, nuestro próximo destino en Casamance.

Nos despedimos de Cap Skirring y Diembering con la sensación de que todavía nos quedan muchos secretos por descubrir en esta tierra donde la naturaleza, las tradiciones y la hospitalidad diola se entrelazan a cada paso. Pero nuestro viaje por Casamance aún no ha terminado. Nos esperan nuevos caminos, pueblos llenos de historia y encuentros que nos permitirán conocer un poco mejor el Senegal más auténtico

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