Delta del río Casamance: Isla de Carabane

Descubriremos el delta del río Casamance, uno de los paisajes más fascinantes del sur de Senegal. Navegamos por el caudaloso río para visitar la histórica isla de Carabane y el pueblo costero de Diogué, dos lugares donde el río y el océano Atlántico marcan el ritmo de la vida cotidiana. Una travesía que nos permite conocer la Casamance más auténtica y descubrir sus paisajes, su cultura y la vida de sus gentes.
Indice del artículo
Delta del rio Casamance
Como hemos ido descubriendo en reportajes anteriores, el río Casamance es mucho más que un rio que atraviesa el sur de Senegal: es la auténtica columna vertebral de una región donde la vida discurre al ritmo de las mareas, las piraguas y las lluvias tropicales.
Nace en el interior del país y recorre aproximadamente 300 kilómetros hacia el oeste, atravesando las regiones de Kolda, Sédhiou y Ziguinchor, hasta encontrarse con el océano Atlántico. Por el camino encontraremos un paisaje de llanuras fértiles, vegetación exuberante y pequeñas poblaciones estrechamente vinculadas al agua.
Las lluvias de la estación húmeda y la presencia constante del agua convierten estas tierras en un territorio especialmente fértil, un rincón verde que contrasta con las zonas más áridas de Senegal. Aquí, el río lo condiciona casi todo: los cultivos, la pesca, los desplazamientos y por supuesto, la vida cotidiana de sus habitantes.
Navegable en buena parte de su curso, el río constituye una importante vía de comunicación, una fuente de recursos pesqueros y un elemento esencial para la vida cotidiana de las comunidades de Casamance. Ziguinchor, la principal ciudad de la región, cuenta con el puerto más importante del río, hasta donde llegan los ferris procedentes de Dakar.

Pero el Casamance guarda también una particularidad geográfica muy curiosa. Su desembocadura está por debajo del nivel del mar, lo que permite que las mareas del Atlántico penetren tierra adentro y que la influencia salina llegue a alcanzar zonas situadas a casi 200 kilómetros de la costa. Este fenómeno condiciona tanto la vegetación como los cultivos y los ecosistemas que encontramos a lo largo de sus orillas.
A medida que se acerca al océano, el río se ensancha hasta alcanzar varios kilómetros de anchura, formando un paisaje de estuario, islas y canales que serpentean entre la vegetación. Entre sus islas destaca Carabane, con una superficie aproximada de 57 km², situada en la desembocadura y estrechamente ligada a la historia y a la vida fluvial de la región.
Uno de los elementos más característicos de este paisaje son los bolongs, canales naturales que se ramifican entre los manglares y conectan el río principal con pequeñas islas, aldeas y zonas de pesca. Estos laberintos de agua, que parecen perderse entre la vegetación, son fundamentales para la navegación local y albergan una extraordinaria riqueza natural.

Pasado histórico de Carabane
Francia tomó posesión de la isla de Carabane en 1836 y la convirtió en un importante puesto comercial. Durante la época colonial, la isla quedó integrada en las redes comerciales francesas y también estuvo vinculada al tráfico de personas esclavizadas, una práctica que Francia abolió definitivamente en sus colonias en 1848.
Carabane llegó a ser la primera capital de la Baja Casamance, pero su protagonismo fue disminuyendo a medida que otros enclaves de la región adquirían mayor importancia. En 1883, Sédhiou asumió ese papel y tres años después, Francia adquirió Ziguinchor a Portugal. Esta última ciudad terminó convirtiéndose en la capital regional de Casamance en 1908.
El desarrollo de Ziguinchor, situada en el continente africano, marcó el declive de Carabane. Su condición insular y las limitaciones geográficas impuestas por el mar dificultaron su crecimiento a largo plazo. Durante la primera década del siglo XX, la marcha de los comerciantes franceses hacia la nueva capital provocó una importante crisis económica y un éxodo de población. Muchos habitantes abandonaron la isla en busca de trabajo en Ziguinchor, Dakar y otros lugares, dejando atrás buena parte de la actividad que había sostenido su prosperidad.
Localización del delta del rio Casamance
El delta del río Casamance se sitúa en el extremo sudoeste de Senegal, en la región de Baja Casamance, donde el río Casamance se abre paso hacia el océano Atlántico. Esta región está encajada entre Gambia al norte y Guinea-Bissau al sur.
Este entorno natural, formado por una compleja red de canales, manglares e islas, se extiende alrededor de su estuario y de la desembocadura, creando un paisaje de gran riqueza ecológica. Entre sus rincones más representativos encontramos la isla de Carabane y el pueblo de Diogué, dos lugares donde la vida cotidiana está estrechamente ligada a la pesca, la navegación y los ritmos del agua.
Nos desplazaremos en piroga desde Elinkine hasta la isla de Carabane, donde nos alojamos durante dos noches y para posteriormente cruzar el río Casamance y conocer el pueblo pesquero de Diogué.
Mapa de la desembocadura del río Casamance, con el detalle de la ruta en piroga entre Elinkine, la isla de Carabane y el pueblo pesquero de Diogué.

Conociendo la desembocadura del río Casamance
En nuestra ruta por Casamance dedicamos casi dos días a descubrir la desembocadura del río Casamance. Nos desplazamos en piroga, la mejor manera de movernos por los diferentes lugares del río Casamance. Una vez en tierra, recorrimos a pie parte de la isla de Carabane y, al otro lado del río, paseamos también por el pueblo pesquero de Diogué, descubriendo en ambos lugares la vida cotidiana de sus habitantes y la estrecha relación que mantienen con el agua.
En piroga desde Elinkine a la isla de Carabane
Después de comer, dejamos atrás Cap Skirring y ponemos rumbo a Elinkine. Apenas nos separan 50 kilómetros, pero tardaremos más de hora y media en recorrerlos. En Casamance, una región que históricamente ha sufrido cierto aislamiento y donde las infraestructuras siguen siendo escasas en muchas zonas, los desplazamientos pueden convertirse en toda una aventura. Su situación geográfica no ayuda: Gambia se interpone entre esta parte de Senegal y Dakar, la capital del país, dificultando las comunicaciones por carretera. A ello se suma un pasado marcado por décadas de conflicto armado en la región, que también ha condicionado su desarrollo.
La carretera es tortuosa, con infinidad de baches profundos; hemos visto quesos gruyer con menos agujeros. Por si fuera poco, algunos tramos ni siquiera están asfaltados, así que el trayecto se convierte en una pequeña aventura antes de llegar a nuestro destino.
Por fin alcanzamos el muelle de Elinkine, donde nos espera la piroga que nos llevará hasta la isla de Carabane. No viajamos solos: en la embarcación también suben habitantes de la isla que regresan con sus compras de tierra firme. Entre ellos vemos a varias mujeres que transportan sus provisiones y hasta un par de gallinas vivas.
Desde el muelle salen varias pirogas en distintas direcciones, conectando las poblaciones de ambas orillas del río Casamance. Algunas van repletas de pasajeros locales. La navegación resulta cómoda, sin oleaje ni contratiempos, y en algo menos de treinta minutos llegamos a Carabane. Nada más desembarcar, nos toca pasar por otro control. A estas alturas del viaje por Casamance, ya nos estamos acostumbrando a mostrar nuestros pasaportes en los puestos de vigilancia que encontramos por el camino.
Superado el trámite, continuamos a pie hacia el Hotel Carabane, el único alojamiento de la isla que encontramos abierto. La piroga, mientras tanto, se dirige al pequeño embarcadero del hotel para descargar nuestro equipaje. Todo un detalle que nos ahorra cargar con las maletas durante el medio kilómetro aproximado que nos separa de allí.


Hotel Carabane
Camino al hotel, aprovechamos para hacernos una idea del pueblo. Carabane es pequeño, no hay coche y está todo bastante recogido. Paseamos por sus calles, observamos la iglesia, echamos un vistazo al pequeño mercado y a alguna que otra tienda, hasta que sale a nuestro encuentro uno de los personajes más conocidos del lugar: Paco Carabane.
Paco es sastre y confecciona prendas a medida utilizando las llamativas telas africanas wax. Su nombre, inevitablemente nos arranca una sonrisa, pues recuerda al célebre modisto Paco Rabanne. Y por lo que vemos, Paco no tiene nada que envidiarle en rapidez. En menos de 24 horas es capaz de tenerte listo un traje a medida. El proceso es muy sencillo: te vende las telas, te enseña algunos de los modelos que confecciona, te toma las medidas y al día siguiente, ya puedes lucir tu traje africano por un precio bastante económico. ¡Todo un profesional!
Tras despedirnos de Paco, llegamos al hotel donde nos alojaremos las próximas dos noches. Ya vamos sobre aviso: nos han advertido de que es bastante básico y de un nivel muy inferior al de los alojamientos en los que hemos estado durante el resto del viaje por Senegal. También nos han contado que ocupa lo que fue un antiguo convento de monjas.
Además, hemos leído las reseñas de otros viajeros y, desde luego, no son precisamente alentadoras. Se repiten las quejas sobre el estado de conservación de las instalaciones, el mobiliario deteriorado de las habitaciones, la falta de limpieza, los cortes de luz, la escasa iluminación y la ausencia de agua caliente. Algunos huéspedes incluso mencionan una cantidad considerable de insectos, pulgas incluidas. Por si fuera poco, el wifi parece funcionar únicamente a determinadas horas y cerca de la recepción. Vamos, que llegamos preparados para lo peor.
Sin embargo, la ubicación nos parece maravillosa. El hotel está pegado al río Casamance, en un entorno que invita a quedarse. La primera impresión del edificio, eso sí, es bastante impactante: tiene ese aspecto de construcción histórica que ha conocido tiempos mucho mejores. La recepción se encuentra en una pequeña sala de un edificio medio ruinoso y el cartel de la entrada bien podría formar parte del decorado de una película de terror. A su lado, una ducha exterior que parece sacada del siglo XIX termina de completar el panorama. Nos miramos y empezamos a temblar ante lo que nos espera durante las próximas dos noches, lo que da alas a la imaginación de Aitor, que termina desarrollando una pequeña novela de terror y humor ambientada en las islas de Carabane y Diogue.


Una vez que nos entregan la llave, nos instalamos en la habitación. Es muy básica, tal y como esperábamos, pero al menos está limpia. Hay una doble puerta y mosquiteras para impedir la entrada de insectos, y las dos camas individuales están protegidas por unas buenas mosquiteras. El baño es bastante justito, pero creemos que podremos sobrevivir. La iluminación es más bien escasa y en el techo, tenemos un buen ventilador que promete hacernos las noches más llevaderas.
Lo malo es que esa promesa dura poco. Poco después de la medianoche, el generador deja de funcionar y con él, también el ventilador. Así que nos toca pasar calor, algo que no resulta precisamente agradable en una habitación sin demasiada ventilación.
A pesar de todo, no nos desagradó alojarnos aquí durante dos noches. Hay que tener en cuenta dónde estamos: en una isla situada en medio del caudaloso río Casamance, a la que solo se puede acceder en piragua. Y para llegar hasta el embarcadero, hay que recorrer una carretera bastante horrorosa, en este rincón apartado del suroeste de Senegal. Entendemos que mantener un hotel en un lugar así no debe de ser sencillo y que las infraestructuras tampoco ayudan.
Ahora bien, una cosa es comprender las dificultades y otra muy distinta justificarlo todo. Con los ingresos que genera el turismo, creemos que se podría hacer un esfuerzo mayor por mantener las instalaciones en mejores condiciones. No pedimos lujos, pero sí un mínimo de mantenimiento que permita disfrutar del lugar sin tener la sensación de que el edificio se cae a pedazos. Ya de vuelta en casa, comentamos nuestra experiencia con dos amigas vitorianas que se habían alojado aquí hacía quince años. Nos cuentan que la situación del hotel ya era muy parecida entonces. La diferencia es que quince años después, todo está quince años más viejo.
Después de dejar los bártulos en la habitación, salimos a tomar algo y nos dirigimos a una pequeña terraza junto al hotel para disfrutar del atardecer. Por desgracia, empieza a llover ligeramente y nos quedamos sin puesta de sol. Pero cerveza en mano, tampoco nos faltan temas de conversación. Como os podéis imaginar, el hotel y las antiguas monjas que supuestamente habitaron el edificio ocupan buena parte de la charla.
Entre cerveza y cerveza, empezamos a inventarnos una historia sobre las monjas y la maldición de la habitación número 8. Mar se cree el cuento de principio a fin, lo que da alas a la imaginación de Aitor, que termina desarrollando una pequeña novela de terror y humor ambientada en las islas de Carabane y Diogue.
Así nace El misterio de Carabane: la maldición de la habitación 8, una historia en la que mezclamos leyendas, misterios, conventos abandonados y todo lo que nuestra imaginación es capaz de sacar de aquel peculiar alojamiento. Y, como si una sola historia no fuera suficiente, los acontecimientos de los siguientes días por Senegal darían pie a una segunda parte: El espíritu de la monja y el rey Djola.
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Capítulo 1 — La leyenda de la habitación 8
En la isla de Carabane, en Senegal, había un antiguo convento abandonado que nadie se atrevía a visitar cuando caía la noche. La historia comenzaba en 1880, cuando una de las monjas fue mordida por un animal salvaje. Durante los días siguientes empezó a comportarse de una manera extraña. No dormía, hablaba sola y aseguraba escuchar una voz que la llamaba desde debajo del suelo.
Una noche, el padre Laurent la encontró de pie en mitad de la capilla.
—Hermana Marie, ¿qué está haciendo aquí?
Ella levantó lentamente la cabeza. Sus ojos ya no parecían humanos.
—No soy yo quien está aquí —susurró—. Es ella.
A la mañana siguiente, el padre Laurent apareció muerto y, poco después, varias monjas desaparecieron sin dejar rastro. El convento fue cerrado y con los años, aquella historia terminó convirtiéndose en una leyenda que los habitantes de la isla preferían no recordar, especialmente cuando caía la noche.
Hasta que llegó 1993. Un joven hippy francés llamado Antoine compró el antiguo convento y decidió convertirlo en un pequeño hotel al que llamó hotel Carabane. Los habitantes de la isla intentaron advertirle de lo que había ocurrido allí muchos años atrás.
—No construyas habitaciones en la parte antigua —le dijo un anciano—. Especialmente en la número 8.
Antoine se rio.
—Solo son historias.
Terminó las obras y abrió el hotel. La primera noche, una pareja ocupó la habitación 8. A las 3:17 de la madrugada, la mujer se despertó al escuchar unos pasos.
Tac… tac… tac…
Pensó que alguien caminaba por el pasillo. Entonces oyó tres golpes en la puerta.
TOC. TOC. TOC.

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Comida frente al río Casamance y baile sobre la arena
El segundo día en Carabane, después de regresar de nuestra visita al pueblo pesquero de Diogué, donde habíamos comprado unos cuantos langostinos tigre, nos espera una comida junto al mar. Tenemos reservado un pequeño restaurante a orillas del río Casamance, con las mesas literalmente plantadas sobre la arena de la playa. A pocos metros tenemos el majestuoso río y, mientras disfrutamos de las vistas, una agradable brisa se encarga de hacer todavía más placentera la comida.
Como hemos reservado con antelación, la comida llega rápido, para los niveles de rapidez de Senegal. Sobre la mesa van apareciendo unas gambas salteadas, arroz con pescado y cómo no, nuestros queridos langostinos tigre que siguiendo nuestros consejos, los han cocinado muchisimo menos tiempo que en otros restaurantes a los que hemos ido en Senegal. Vamos, que nos damos un auténtico homenaje gastronómico.
Todavía estamos terminando de comer cuando empiezan a llegar mujeres vestidas con faldas azules y camisetas blancas. El vestuario no destaca precisamente por su elegancia: algunas llevan camisetas deportivas y otras lucen publicidad comercial. Poco a poco se reúnen dieciocho mujeres y dos hombres armados con sus djembes. Y entonces empieza el espectáculo.
La música arranca con una percusión aparentemente sencilla, aunque de sencilla tiene poco el estruendo que consiguen montar. Entre los tambores y unos simples trozos de madera que golpean uno contra otro, aquello empieza a retumbar de lo lindo. Las canciones se animan, los bailes van subiendo de intensidad y el ambiente se contagia rápidamente. Y como suele suceder en estos casos, los toubabs —los blancos, como nos llaman por aquí— acabamos incorporándonos al espectáculo. Empiezan a sacar a bailar a unos y a otros y lo que había comenzado como una actuación, termina convertido en una pequeña fiesta improvisada sobre la arena. Entre risas, pasos de baile más o menos afortunados y mucho ritmo, disfrutamos de un rato de lo más divertido.
Eso sí, el espectáculo es breve, de poco más de quince minutos, y el repertorio tampoco es demasiado variado. La base musical se repite una y otra vez, con variaciones en los ritmos y las percusiones, mientras que los bailes siguen una estructura bastante similar. La verdadera diferencia está en la habilidad de las bailarinas, que se esfuerzan por ejecutar movimientos cada vez más sorprendentes, algunos de esos que parecen desafiar las leyes de la anatomía y que nosotros desde luego, no nos vemos capaces de reproducir ni con un buen curso intensivo.
Terminada la actuación y después de esta peculiar sobremesa musical, hacemos una brevísima parada en el hotel, que está a pocos metros. No hay tiempo que perder: todavía nos queda mucho por descubrir en Carabane y volvemos a salir para seguir recorriendo esta tranquila isla del Casamance.


Escuela Especial de Carabane
Como ya hemos comentado, Carabane es un lugar muy pequeño, aunque conviene hacer una precisión: la parte que podemos recorrer a pie es solo una pequeña porción de la isla. Gran parte de su superficie está ocupada por humedales, manglares y bolongs, esos canales naturales que se adentran entre la vegetación y que forman parte del paisaje característico del delta del río Casamance. Son espacios de difícil acceso, donde no es posible caminar con facilidad y mucho menos circular en vehículos. De hecho, en Carabane no hay tráfico rodado.
Muy cerca de nuestro hotel encontramos unas ruinas con un cartel que anuncia la antigua École Spéciale (Escuela Especial). A primera vista, el edificio puede parecer una construcción colonial más, abandonada al paso del tiempo. Sin embargo, detrás de sus muros se esconde otro capítulo de la compleja historia de Carabane y de la administración colonial francesa en África Occidental.
El edificio fue construido en 1927 y funcionó hasta 1953 como reformatorio y centro de internamiento para menores considerados delincuentes o clasificados como vagabundos, procedentes de distintos territorios del África Occidental Francesa. Allí recibían educación y formación profesional en oficios como carpintería, albañilería y cerrajería, con el objetivo de prepararlos para el trabajo.
La École Spéciale formaba parte de un sistema colonial que combinaba la educación profesional con el control y la disciplina de determinados sectores de la población. Hoy, sus ruinas constituyen un vestigio de aquella época y nos recuerdan que la historia de Carabane no se limita a su antiguo esplendor comercial. También está marcada por las desigualdades, las contradicciones y las duras prácticas de la administración colonial.


La iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Carabane
Tras visitar las ruinas de la École Spéciale, llegamos al pequeño centro de Carabane, donde encontramos algunos puestos de artesanía. Sin embargo, lo que realmente nos llama la atención es la iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Carabane, el edificio histórico más singular de la isla.
Construida entre 1892 y 1897 por misioneros franceses de la congregación del Espíritu Santo, la iglesia desempeñó un papel importante en la evangelización de la región de Casamance. Según la historia del edificio, los materiales necesarios para su construcción fueron traídos desde la Francia continental, una muestra del esfuerzo que se dedicó a levantar este templo en una isla tan apartada.
Se considera una de las iglesias más antiguas de Senegal y destaca por su curiosa arquitectura, de inspiración bretona, adaptada al clima tropical de la Casamance. Su aspecto resulta bastante llamativo en medio de este pequeño núcleo de población, donde la vegetación y las construcciones sencillas dominan el paisaje.
La iglesia también sufrió las consecuencias del declive de Carabane a comienzos del siglo XX. La pérdida de población y el traslado de los misioneros espiritanos a Oussouye contribuyeron a su abandono. Durante más de cincuenta años permaneció en desuso y llegó a estar habitada por una colonia de murciélagos. Finalmente, fue restaurada en 2018 y recuperó su función religiosa.
Hoy continúa siendo un lugar de culto en una región donde la población diola mantiene sus propias tradiciones culturales y religiosas. El templo constituye, además, un testimonio del pasado colonial y de la presencia de las misiones cristianas en el sur de Senegal.
Desde el centro de la plaza comenzamos a escuchar música y, movidos por la curiosidad, nos acercamos a la iglesia. Al entrar, descubrimos a un grupo de jóvenes que está ensayando canciones para la misa. Les pedimos permiso para quedarnos y, una vez que nos lo dan, disfrutamos de un buen rato escuchándolos. El coro está acompañado por un órgano y percusión, y lo cierto es que cantan realmente bien. Nos quedamos allí, disfrutando de la música y del momento, sin ninguna prisa por continuar nuestra visita, además no hay mucho que hacer en Carabane y no queremos pisar una tienda más.


Conociendo el resto de Carabane y su cementerio
Mientras paseábamos por Carabane, nos llamó la atención un enorme árbol tropical que extendía su copa sobre la calle. Sin embargo, lo más sorprendente no estaba en sus ramas, sino en su tronco o, mejor dicho, en la maraña de raíces que descendía por la pared de una antigua construcción. Las raíces abrazaban los ladrillos y las piedras, entrelazándose hasta cubrir buena parte del muro. Todo apunta a que se trata de un ficus estrangulador, un árbol capaz de desarrollar raíces aéreas que, con el paso de los años, se entrelazan, engrosan y envuelven otras estructuras. El resultado son formas retorcidas que parecen auténticas esculturas naturales.
Al otro lado de la plaza nos esperaban otras protagonistas vegetales de Carabane: unas ceibas gigantescas, de esas que tanto nos están sorprendiendo durante nuestro recorrido por la Casamance. Sus troncos robustos y sus copas inmensas parecen dominar todo el espacio, mientras sus ramas se extienden en todas direcciones, ofreciendo una sombra generosa bajo el intenso sol senegalés.
En los ejemplares adultos, el tronco puede ensancharse considerablemente en la base, formando grandes contrafuertes que ayudan a sostener su enorme estructura. Contemplarlas de cerca impresiona: son árboles monumentales que parecen llevar siglos observando la vida de la isla.


Después continuamos caminando por el pueblo, pasando junto a la escuela, la mezquita y las humildes viviendas locales, hasta llegar al antiguo cementerio, donde conviven tumbas cristianas y musulmanas. Allí encontramos una de las sepulturas más curiosas de Carabane: la del capitán Aristide Protêt.
Protêt fue un oficial francés vinculado a los primeros años de la presencia colonial en Casamance. Murió en 1836, alcanzado por una flecha envenenada durante un enfrentamiento con habitantes de las islas Karone. Según la tradición, pidió ser enterrado de pie y mirando hacia el mar, para continuar vigilando a sus enemigos incluso después de muerto. Su tumba, de forma piramidal y protegida por una verja decorada con motivos de flechas, es uno de los lugares históricos más llamativos de Carabane.


Aquí la historia se mezcla de nuevo con nuestra ficción. Esta muerte y esta curiosa tumba formarán parte del desenlace de «La habitación 8», la novela de terror que ha ido creciendo durante el viaje alrededor de nuestro misterioso hotel y sus monjas. La realidad empieza a proporcionar argumentos que ni siquiera nosotros habríamos sabido inventar. Parte del quinto capitulo de nuestra novela corta.
Capítulo 5 — La gran monja
....
Mar y Marta comprendieron que tenían que escapar. Corrieron hacia el pueblo mientras la lluvia les golpeaba la cara y apenas podían distinguir el camino. Detrás de ellas seguían sonando los tambores y de vez en cuando, aquella risa profunda que parecía perseguirlas entre las casas. Entonces Mar tropezó y sintió algo alrededor del tobillo. Intentó liberarse, pero otra cosa se enroscó alrededor de su pierna. Cuando miró hacia abajo descubrió una raíz que salía del barro.
Después apareció otra.
Y otra.
El viejo ficus situado junto al camino comenzó a moverse. Sus ramas crujieron y las raíces emergieron del suelo como serpientes negras. Mar gritó y trató de agarrarse a Marta, pero las raíces comenzaron a rodearla y a tirar de ella lentamente hacia el árbol.
—¡Marta, corre!
Marta intentó ayudarla, pero una gruesa rama cayó entre las dos. Mar comprendió que no podía liberarse y gritó con todas sus fuerzas:
—¡CORRE!
Marta se quedó paralizada durante un instante, pero finalmente obedeció. Corrió sin mirar atrás hasta llegar al cementerio, donde se escondió entre las tumbas. Terminó arrodillándose junto a la del capitán Aristide Protêt mientras intentaba recuperar el aliento y controlar el temblor de sus manos.
Entonces escuchó un silbido.
Marta levantó la cabeza.
Una flecha salió disparada desde la oscuridad.
No tuvo tiempo de apartarse. La flecha le atravesó el cuello y Marta cayó hacia delante, desplomándose sobre la tumba del capitán Aristide. Su cuerpo quedó tendido sobre la lápida mientras la lluvia continuaba cayendo sobre el cementerio.
Pero aquella vez no había sido la monja.
Entre los árboles comenzaron a aparecer varias siluetas. Eran los pescadores ghaneses que habían conocido aquella mañana en Diogué. Habían seguido al grupo hasta Carabane y estaban furiosos porque algunos viajeros los habían fotografiado sin su permiso. No tenía nada que ver con la maldición del hotel, ni con la Gran Monja. Era una venganza humana, mucho más real y terrible.
Los pescadores permanecieron unos instantes entre los árboles, observando el cuerpo de Marta. Después desaparecieron lentamente entre la lluvia y la oscuridad, dejando atrás el cementerio en silencio.
Mientras tanto, los viajeros que todavía seguían con vida corrieron hacia el Hotel Carabane. Cuando llegaron a la entrada, encontraron a Claudia esperándolos.
O mejor dicho, encontraron aquello que había sido Claudia.
Su espíritu flotaba sobre los escalones, ligeramente separado del suelo. Llevaba el traje de PACO CARABANE que había comprado la víspera y tenía la cabeza inclinada hacia un lado. Su piel era blanca, casi transparente, y sus ojos estaban completamente vacíos. Rosa se quedó paralizada al reconocerla.
....
Nuevo atardecer frustrado
Pero justo cuando comenzamos a explorar el cementerio, vuelve a llover con fuerza. No hay discusión posible: abandonamos la visita y regresamos rápidamente al hotel. El atardecer vuelve a estar condenado por las nubes, pero cuando finalmente desaparece el sol, el cielo nos regala una gama de tonos rojizos realmente espectacular.
Esta vez observamos el atardecer desde el recinto cubierto comun de nuestro hotel, en agradable charla viajera mientras descansamos y observamos como cae el sol. Además de las anecdotas viajeras ,salen a relucir historias de las monjas de nuestra novela y van aflorando ideas para nuevos capitulos de la misma.
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Y esto no acaba aquí. En las próximas entregas de nuestro viaje por Senegal cruzaremos el río Casamance para visitar Diogué, un pueblo pesquero situado en la otra orilla, y continuaremos recorriendo otras localidades de la Baja Casamance, descubriendo paisajes, tradiciones y rincones que nos permitirán conocer un poco mejor esta fascinante región del país.

