País Bassari en Senegal

Indice del artículo
La tierra de Bassari, Bedik y Peul
En el extremo sureste de Senegal, alrededor de Kédougou y junto a la frontera con Guinea, se extiende el País Bassari, un territorio de montañas, valles, bosques y aldeas escondidas entre la vegetación. No es un país ni una región administrativa, sino un paisaje cultural donde durante siglos distintas comunidades han aprendido a vivir en estrecha relación con un entorno tan espectacular como exigente. Bassari, Bedik y Fula conservan aquí sus propias tradiciones, lenguas, rituales y formas de vida.
La UNESCO reconoció en 2012 el Paisaje Cultural Bassari como Patrimonio Mundial, destacando precisamente esa relación entre las comunidades y el territorio. El espacio se divide en tres grandes áreas culturales: Bassari-Salémata, Bedik-Bandafassi y Peul-Dindéfelo. En nuestro recorrido conocimos dos de ellas: subimos hasta Iwol, en las montañas de los Bedik, y caminamos hasta la cascada de Dindéfelo, en territorio fula (Peul).
Más que un lugar concreto, el País Bassari es una forma de entender el paisaje: montañas que protegen pequeñas aldeas, caminos que se abren entre la vegetación y comunidades que mantienen vivas costumbres transmitidas durante generaciones.
Distribución de las diferentes etnias en el país Bassari.

Cómo llegar al país Bassari
Para llegar al País Bassari, la puerta de entrada habitual es Kédougou, situada en el sureste de Senegal, a unos 700 kilómetros de Dakar por carretera. Es un trayecto largo que atraviesa el interior del país y pasa habitualmente por Kaolack y Tambacounda, antes de continuar hacia Kédougou.
En transporte público, una opción es viajar directamente en autobús desde Dakar hasta Kédougou. También se puede hacer el recorrido por etapas en los tradicionales sept-place, taxis compartidos de siete plazas: primero desde Dakar hasta Tambacounda y, desde allí, tomar otro sept-place hasta Kédougou. Es una alternativa más económica, aunque el viaje puede hacerse largo y los tiempos dependen de las esperas para completar los vehículos.
Nosotros optamos por hacerlo con chófer, lo que nos permitió realizar el largo trayecto desde Dakar con mayor comodidad y, sobre todo, disponer de vehículo para movernos después por el País Bassari. Una vez en Kédougou, comienza la verdadera aventura: para llegar a muchas de las aldeas hay que abandonar las carreteras principales y continuar por pistas y caminos de tierra, en algunos casos con vehículos 4×4.

Conociendo a los Bedik
Tras el largo trayecto hasta Kédougou y el paseo por su animado mercado, al día siguiente nos esperaba un 4×4 que nos llevaría hasta la zona montañosa del País Bassari para conocer a los Bedik.
¿Bedik? Reconocemos que no nos sonaba de nada. Y probablemente a la gran mayoría de nuestros lectores tampoco.
Los Bedik son uno de los pueblos minoritarios más singulares de Senegal. Viven principalmente en la región de Kédougou, en las zonas montañosas del País Bassari, y han conseguido conservar buena parte de sus tradiciones y formas de vida a pesar del paso del tiempo. Una de sus características más llamativas es precisamente el lugar donde se encuentran sus aldeas, muchas de ellas encaramadas en las montañas. No es casualidad: durante siglos, estas ubicaciones elevadas les permitieron protegerse de posibles incursiones y mantener cierta autonomía. Entre ellas destaca Iwol, una pequeña aldea a la que solo se puede llegar después de una buena caminata montaña arriba.
La cultura bedik mantiene una estrecha relación con la naturaleza y con sus antepasados. Aunque actualmente el cristianismo y el islam también están presentes entre ellos, algunas de sus antiguas creencias animistas continúan formando parte de su identidad. Determinados árboles, rocas, montañas o bosques pueden tener un significado espiritual, y en ocasiones se realizan ceremonias y ofrendas para mantener el equilibrio entre los vivos, los antepasados y el mundo espiritual.
También son especialmente importantes los ritos de iniciación, que marcan el paso de la juventud a la edad adulta y sirven para transmitir a las nuevas generaciones los conocimientos, valores y tradiciones de la comunidad. Los cantos, las danzas y las máscaras forman parte de estas ceremonias y de otras celebraciones colectivas.
La agricultura también es fundamental. El mijo, el fonio, el cacahuete y otros cultivos de subsistencia siguen teniendo un papel importante, mientras que la cerveza de mijo forma parte de algunas tradiciones locales.

Caminata Andiel – Iwol – Ibel
Con nuestro guía local comenzamos una pequeña aventura a pie: unos 7 kilómetros de recorrido y aproximadamente 300 metros de desnivel positivo. La ruta entre Andiel, Iwol e Ibel no es simplemente un trekking. Es un recorrido por un paisaje cultural en el que los caminos conectan pequeñas comunidades bedik y permiten entender cómo sus poblados se han adaptado a la montaña.
Estamos sorprendidos porque el paisaje que tenemos delante es muy diferente al Senegal que hemos conocido hasta ahora. Hasta este momento todo había sido prácticamente llano, una inmensa extensión de tierra sin formaciones rocosas, pero a medida que nos acercamos al País Bassari el paisaje empieza a cambiar. Aparece mucha más vegetación y, poco a poco, comienzan a surgir las grandes formaciones de granito entre el verde, dando a esta zona un aspecto completamente distinto.
Senegal es, en gran parte, una enorme llanura, así que encontrarnos aquí con montañas llama especialmente la atención. Eso sí, tampoco estamos hablando de grandes alturas: el punto más elevado de Senegal es el monte Baunez, situado cerca de la frontera con Guinea, con apenas 648 metros de altitud. Pero si miramos hacia el horizonte, en dirección a Guinea-Conakry, el relieve cambia considerablemente y las montañas ganan altura, llegando algunas a rondar los 1.500 metros.

Aparcamos el vehículo bajo la sombra de un gran árbol y, casi por arte de magia, empiezan a aparecer niños y mujeres con todo tipo de artesanía para vendernos. No nos lo podemos creer: hasta aquí han llegado las ventas para el toubab, como llaman a los extranjeros. Aunque, pensándolo bien, la pregunta es cuántos toubab pasarán por aquí en un día. Probablemente muy, muy pocos.
Al poco rato aparece una señora mayor y nos llama la atención un detalle muy particular de su rostro: un pequeño palo atraviesa su tabique nasal. Se trata de un elemento ornamental tradicional que forma parte de la identidad cultural de algunas mujeres bedik, una antigua costumbre estética transmitida de generación en generación. Actualmente, no todas las mujeres lo llevan y su uso es mucho menos habitual, pero todavía puede observarse entre algunas de las mujeres bedik de más edad.

Desde el punto donde dejamos el coche hasta llegar al primer poblado, Andiel, el camino es bastante sencillo, aunque la subida sea constante. En total tendremos que salvar poco menos de 100 metros de desnivel, en 600 metros de trayecto. Poco a poco vamos dejando atrás el vehículo y adentrándonos en un paisaje cada vez más montañoso, hasta alcanzar las primeras casas del poblado.
Los habitantes de estos poblados bedik son descendientes de antiguos grupos que llegaron a esta zona procedentes de Mali y que buscaron refugio en lugares elevados y de difícil acceso para protegerse de posibles invasores. Por eso, la ubicación de estas aldeas en lo alto de las montañas no es fruto de la casualidad: durante siglos, la altura, el aislamiento y el difícil acceso ofrecieron una importante ventaja defensiva.
Antes de comenzar la visita, nuestro guía local nos explicó también que, en los poblados que vayamos conociendo, realizaremos una aportación económica a la comunidad y llevaremos nueces de cola como presente para el jefe de aldea. Al salir de Kédougou habíamos hecho precisamente una parada para comprarlas. La nuez de cola tiene un importante significado social y cultural en África occidental y ofrecerla es una antigua muestra de respeto y consideración, especialmente en los encuentros con personas de autoridad. Además, tiene una curiosa particularidad: contiene cafeína y otros estimulantes, por lo que tradicionalmente se mastica para combatir el cansancio, mantenerse alerta y reducir temporalmente la sensación de hambre.
Poblado Andiel
Nada más llegar a Andiel nos encontramos con un conjunto de casas tradicionales que parecen haberse ido colocando entre las enormes rocas de granito, aprovechando cada pequeño espacio que ofrece la montaña. Las viviendas aparecen unas junto a otras, perfectamente integradas en el paisaje.
Las casas son sencillas y están levantadas con los materiales que ofrece el entorno: piedra, tierra, barro y madera. Los tradicionales tejados de paja completan unas construcciones que se integran perfectamente en el paisaje.

Entre las casas encontramos también pequeñas construcciones destinadas a almacenar los alimentos y, sobre todo, unos graneros que enseguida captan nuestra atención porque están elevados sobre el suelo. Mantener el cereal separado de la tierra permite protegerlo de la humedad y dificulta además el acceso de los animales. En una comunidad cuya vida ha dependido durante generaciones de la agricultura, conservar correctamente la cosecha puede ser tan importante como conseguirla.

Aunque durante generaciones los bedik han vivido en un entorno bastante aislado y alejado de los grandes núcleos de población, poco a poco las nuevas tecnologías también han llegado hasta sus aldeas. La falta de electricidad convencional no impide que dispongan de algunos recursos básicos, gracias principalmente a las placas solares que vemos instaladas en el poblado. Con ellas pueden obtener la energía necesaria para iluminar las viviendas o cargar teléfonos móviles.

Desde Andiel disfrutamos de unas vistas preciosas del valle, que se extiende ante nosotros cubierto por un impresionante manto verde.

Pero si hay algo que también llama nuestra atención, son las enormes acacias y los majestuosos baobabs que crecen entre las viviendas y alrededor de los espacios comunes, proporcionando grandes zonas de sombra. Bajo estos árboles parece desarrollarse buena parte de la vida cotidiana del poblado.

Continuamos nuestra ruta hacia el siguiente poblado, Iwol. El sendero apenas parece transitado y en muchos tramos queda prácticamente oculto entre la hierba, las ramas y la maleza, lo que le da un aspecto bastante salvaje. El camino discurre además entre grandes bloques de roca que vamos sorteando mientras avanzamos, aunque, a pesar de lo irregular del terreno y de la vegetación, la ruta no presenta ninguna dificultad especial. Es más una cuestión de ir atentos por dónde ponemos los pies que de enfrentarnos a una subida complicada.

Durante el camino hacia Iwol atravesamos diferentes campos de cultivo que se extienden entre la vegetación y las formaciones rocosas. Entre los cultivos que encontramos, destaca especialmente el cacahuete, uno de los productos agrícolas más importantes de Senegal y también uno de los cultivos tradicionales de muchas comunidades rurales. Nos sorprende comprobar cómo, en medio de este paisaje montañoso y aparentemente poco favorable para la agricultura, se aprovechan pequeñas parcelas de terreno para cultivar y sacar adelante las cosechas.

Poblado Iwol
Nada más llegar al poblado de Iwol, comprobamos que las casas son muy parecidas a las que habíamos visto en Andiel, construidas siguiendo la arquitectura tradicional bedik. La principal diferencia es que Iwol es más grande y las viviendas están mucho más dispersas por el terreno. En Andiel, las enormes formaciones de granito marcaban los espacios y parecían proteger las casas de manera natural; aquí, en cambio, esas grandes rocas están mucho menos presentes y el poblado se extiende de una forma más abierta.
Pero si algo vuelve a captar nuestra atención son los impresionantes baobabs y las enormes acacias que encontramos repartidos por Iwol. Sus dimensiones son espectaculares; a estas alturas del viaje ya deberíamos estar acostumbrados a estos árboles, pero Senegal parece empeñado en demostrarnos que siempre puede aparecer uno todavía más grande.

«Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija». Aquí el refrán cobra todo su sentido, porque con este calor encontrar un buen baobab o una enorme acacia es casi como encontrar un refugio climático, esos que ahora están tan de moda en nuestras ciudades. Solo que aquí llevan generaciones utilizando el sistema más eficiente de todos: un buen árbol para estar a la fresca.

Nos adentramos en el poblado de Iwol y, al notar nuestra presencia, una de las ancianas que está sentada delante de su casa se cubre rápidamente el pecho, que hasta ese momento llevaba descubierto.

Mientras observamos cómo elaboran la tradicional cerveza de mijo, pensamos que tiene mucho mérito mantener estas costumbres y formas de vida que han pasado de generación en generación. Pero, puestos a elegir, nosotros nos quedamos con una refrescante cerveza Flag, que además está muy rica y entra especialmente bien con el calor de Senegal. Y después de una caminata con tanto calor y humedad, todavía más.

Varias de las construcciones del poblado están llenas de grandes vasijas de barro utilizadas tradicionalmente para almacenar y conservar el cereal.

Con la ayuda de diferentes países europeos, en Iwol se han instalado depósitos de agua que permiten recoger y almacenar este recurso tan necesario para la comunidad. La propia orografía de la zona dificulta enormemente el acceso al agua, por lo que disponer de estos depósitos supone una importante mejora para los habitantes del poblado.

Visitamos también la escuela de Iwol, aunque nos la encontramos completamente vacía porque los niños están de vacaciones. A pesar de que Senegal es independiente desde 1960, todavía mantiene en muchos aspectos una organización heredada de la época francesa, y el calendario escolar es uno de ellos. El pequeño colegio cuenta con dos aulas y, curioseando en los listados de alumnos, descubrimos un detalle que nos llama muchísimo la atención: en la clase de CM1 hay 15 alumnos y nada menos que 14 llevan el apellido Keita. En la clase de CE1, de los 22 alumnos matriculados, 19 también se apellidan Keita.


A Iwol no se llega en vehículo. Para alcanzar el poblado hay que afrontar una buena subida, por lo que todo lo que necesitan transportar debe hacerse a pie, cargándolo sobre la cabeza, los hombros o como buenamente se pueda. Para nosotros, subir con la mochila ya supone un pequeño esfuerzo; imaginar hacer el mismo recorrido cargando además con mercancías, alimentos o cualquier otro objeto hace que la subida adquiera otra dimensión.
A los pies de la pendiente, junto a un enorme baobab que parece ejercer de aparcamiento improvisado, vemos varias bicicletas apoyadas o colgadas de sus ramas. Los habitantes se acercan hasta allí pedaleando y dejan las bicicletas antes de afrontar el último tramo hasta Iwol. A partir de ese punto toca continuar a pie, muchas veces con la carga a cuestas.

Poblado Ibel

Hasta los más pequeños de la casa colaboran con las tareas relacionadas con el agua. Aquí, algo tan sencillo como disponer de agua implica esfuerzo y colaboración de toda la familia.

Además de utilizar el agua para las necesidades diarias, en Ibel también se aprovecha para regar los cultivos. Entre las parcelas destacan especialmente las grandes plantas de maíz, que presentan un aspecto mucho más frondoso gracias a la disponibilidad de agua. Sin estos recursos, sería mucho más difícil mantener unas cosechas de este tamaño.

Antes de volver a montar en el 4×4 hacemos una última parada para comprar agua y unas Coca-Cola para el camino. La refrescante Flag tendrá que esperar un poco más; después de la caminata y del calor que llevamos encima, ya tenemos claro que nos la hemos ganado, pero habrá que esperar hasta llegar al campamento. Allí, con algo más de calma y bien fría, seguro que sabrá todavía mejor.

Cascada de Dindéfélo y poblado Dandé
Dindéfélo es nuestra siguiente parada y, esta vez, el objetivo está claro: llegar hasta su famosa cascada. Salimos desde el propio pueblo y comenzamos una ruta de unos 12 kilómetros que nos llevará por un paisaje todavía más verde y exuberante que el que hemos visto en los días anteriores. Estamos en plena época de lluvias y la vegetación lo invade prácticamente todo. El sendero se adentra poco a poco en el bosque y comienza a ganar altura, aunque la ruta no presenta grandes dificultades técnicas. Eso sí, algunos tramos de pendiente, unidos al calor y a la humedad, hacen que tengamos que tomárnosla con calma.
Durante el recorrido atravesamos un entorno completamente diferente al que habíamos encontrado en los poblados bedik. Aquí nos encontramos con población Peul y con pequeños asentamientos repartidos por las montañas. El camino nos lleva entre una vegetación muy densa y grandes formaciones rocosas, mientras aparecen enormes termiteros que parecen auténticas construcciones en mitad del paisaje. También pasamos por la Cueva de Dandé, utilizada antiguamente como refugio durante los conflictos entre las comunidades de la región. Poco a poco seguimos el curso del agua hasta acercarnos al salto de Dindéfélo, cuyo sonido empieza a acompañarnos antes incluso de que podamos verlo.
Finalmente, llegamos a la base de la cascada con un salto de más de 100 metros, donde nos encontramos con una gran poza natural rodeada de vegetación. Después de la caminata, el baño se convierte en una recompensa perfecta. Con el calor y la humedad que llevamos acumulados, meternos en el agua ya no parece simplemente una opción para refrescarnos, sino casi una necesidad básica del excursionista. La combinación de montaña, bosque, agua y el paisaje tropical que rodea Dindéfélo hace que esta excursión sea completamente diferente de lo que habíamos vivido hasta ahora en Senegal.
Para conocer con más detalle la cascada de Dindéfélo, el recorrido y todos los detalles de la ruta, tenemos un artículo específico en el blog donde contamos la experiencia con mucha más información. Si queréis conocer todos los detalles de esta excursión, podéis echarle un vistazo allí.

Cuando llegamos al País Bassari establecemos nuestra base en Kédougou, la capital de la región, donde pasamos la primera y la última noche, prácticamente solo para dormir. Entre ambas noches hacemos una excepción y nos trasladamos hasta Tako Mayo para conocer mejor esta zona y vivir durante un tiempo en un entorno mucho más rural. Allí comemos durante dos días, cenamos y pasamos una noche, antes de regresar nuevamente a Kédougou para nuestra última noche en la región y continuar después nuestro viaje.
Tako Mayo-Bassari no es simplemente un lugar donde pasar la noche. Situado en la zona de Thiabé Caré/Afia, cerca de Dindéfélo y junto al río Gambia, el alojamiento está completamente integrado en un entorno rural, rodeado de vegetación, pequeñas comunidades y mucha tranquilidad. El campamento está dirigido por Alpha Diallo, un guía senegalés con muchos años de experiencia que, además, habla español, algo que nuestro grupo agradece especialmente. Las instalaciones son sencillas, pero acogedoras y perfectamente adaptadas al entorno, con cabañas de estilo tradicional, con baño privado, comedor, zonas comunes y una terraza desde la que podemos contemplar el paisaje. Aquí no venimos buscando un resort de lujo; precisamente lo interesante es alejarnos de las comodidades habituales y acercarnos, aunque sea durante un par de días, a la forma de vida de esta zona del País Bassari.
Sin embargo, lo que realmente hace especial a Tako Mayo está en todo lo que hay detrás del alojamiento. El campamento está vinculado a la Asociación Bassari D’Afia Thiabecare, que desarrolla diferentes proyectos sociales y formativos destinados a las comunidades cercanas, especialmente a jóvenes y mujeres. Durante nuestra estancia conocemos uno de ellos: un taller de costura donde varias jóvenes reciben formación para aprender un oficio que pueda proporcionarles ingresos y una mayor autonomía económica. En el atelier aprenden costura y patronaje bajo la dirección de un profesor local y adquieren unos conocimientos que posteriormente pueden utilizar para trabajar por su cuenta o desarrollar su propia actividad en sus comunidades.
El proyecto cuenta además con una iniciativa que nos parece especialmente interesante. Cuando las alumnas terminan su formación y consiguen el diploma, reciben una máquina de coser para poder continuar trabajando desde sus propios pueblos. De esta manera, la formación no termina al salir del aula, sino que se convierte en una herramienta con la que pueden ganarse la vida. Durante nuestra visita vemos a varias jóvenes trabajando y también tenemos la oportunidad de comprar algunas de las prendas que ellas mismas han confeccionado.
Tako Mayo, algo más que un campamento

Elaborando manteca de karité
Después de comer y de conocer el proyecto del atelier de Tako Mayo, salimos a recorrer el poblado de Thiabé Karé. Mientras paseamos por sus alrededores, vamos descubriendo algunas de las actividades que forman parte de la vida cotidiana de sus habitantes, entre ellas una que nos resulta especialmente interesante: la elaboración artesanal de manteca de karité.
El proceso es bastante laborioso y empieza mucho antes de obtener la manteca que conocemos. Primero se recogen los frutos del árbol de karité y se extraen las nueces, que se dejan secar antes de retirarles la cáscara para obtener las almendras. Estas se trituran hasta convertirse en una pasta que después se mezcla y se bate con agua para conseguir separar la grasa. La materia grasa resultante se calienta para eliminar el agua y las impurezas y, finalmente, se filtra. Una vez que se enfría, obtenemos la característica manteca de karité, que puede utilizarse tal cual o someterse a otro proceso para conseguir una textura más líquida.

En el propio poblado podemos comprar el producto directamente, presentado de una manera bastante alejada de los sofisticados envases que estamos acostumbrados a ver en Europa: botellas de plástico de agua de medio litro reutilizadas para guardar la manteca. El precio tampoco tiene nada que ver con el de las tiendas de cosmética: 1.500 CFA por la botella. Después de haber visto lo que cuesta la manteca de karité en Europa, aquello nos parece una auténtica ganga. Aquí no hay grandes marcas, envases elegantes ni campañas de marketing; solo un producto elaborado de forma tradicional y vendido directamente en el lugar donde se produce.
Madre e hija en plena faena; en la parte inferior izquierda de la foto, la botella de karité que nos vendían.

Los pozos de agua son los puntos de reunión de las mujeres.

Después de esta interesante visita queríamos seguir recorriendo el poblado y conocer otros lugares, entre ellos su casa de salud, pero estábamos en plena época de lluvias y en Senegal, cuando llueve, llueve de verdad. El cielo se oscurece, aumenta el viento, baja la temperatura y enseguida llegan los primeros truenos y relámpagos. Por suerte, estábamos cerca del campamento y conseguimos llegar al comedor abierto con apenas veinte segundos de margen antes de que comenzara el diluvio.
Durante varios minutos cae una cantidad de agua impresionante y el paisaje desaparece detrás de una cortina de lluvia, iluminada de vez en cuando por los relámpagos. Nosotros, esta vez, estamos secos y podemos disfrutar del espectáculo desde primera fila. Después de varios días en Senegal, ya hemos aprendido la lección: cuando el cielo se pone negro, mejor no hacerse el héroe. Y mientras esperamos a que pase, unas cervezas bien frescas después de la caminata ponen el broche perfecto al día.
Mientras algunos hacían el trekking hasta la cascada, otros aprovechamos para dar un paseo por los alrededores de Tako Mayo. Primero nos acercamos a la orilla del cercano río Gambia y después recorrimos otras zonas del poblado, antes de visitar el Centro de Salud. Allí, el médico estuvo conversando con algunos de nosotros. Nos contó que se había formado en otra ciudad distinta de Dakar —aunque no llegó a especificar cuál, que habia opciones más allá de la capital— y que, en esos momentos, atendía principalmente a personas afectadas por la malaria, una enfermedad frecuente en la zona. Tras unos minutos de conversación, regresó a su consulta en el modesto edificio, donde seguian esperando varios pacientes. Inmediatamente después todos recordamos renovar el repelente de mosquitos.
Nos despedimos del País Bassari con la sensación de haber descubierto uno de los rincones más auténticos y sorprendentes de Senegal. Sus montañas, poblados, tradiciones y la hospitalidad de sus gentes nos dejan recuerdos que tardaremos en olvidar. Si viajáis a Senegal, no os quedéis solo con la costa y los grandes lugares turísticos: guardad unos días para descubrir el País Bassari, porque merece muchísimo la pena.
