Lago Rosa de Senegal: guía para visitar Lac Retba

En este artículo conoceremos el mítico Lago Rosa de Senegal, uno de los lugares más singulares del país y, para muchos, especialmente conocido por haber sido durante casi treinta años el punto final del mítico París-Dakar. Pero su fama no se debe únicamente al famoso rally. El lago también debe su nombre popular al característico color rosado que adquirían sus aguas, aunque hoy, debido a los cambios que ha experimentado el entorno, apenas se asemeja al intenso tono que lo hizo famoso.
Su nombre oficial es Retba, una denominación procedente del wolof que, sin embargo, es mucho menos conocido fuera de Senegal. También se le ha llamado el «Mar Muerto de África», debido a la enorme concentración de sal de sus aguas,.
Indice del artículo
Localización del lago Rosa
El Lago Rosa, o lago Retba, se encuentra en el noroeste de Senegal, a unos 35 kilómetros al noreste de Dakar, muy cerca de la costa atlántica. Está situado en la región de Dakar, junto a la localidad de Niaga, y separado del océano por una estrecha franja de dunas. Su proximidad a la capital hace que sea una de las excursiones más habituales desde Dakar.
Nosotros ya llevábamos contratada la excursión y fuimos acompañados por nuestro guía. Llegar hasta el lago en transporte público no es especialmente sencillo, por lo que, si no se dispone de vehículo propio, contratar una excursión o contar con un guía local puede ser una buena alternativa.
Otra opción interesante es alojarse en el complejo Chez Alim, situado prácticamente junto al lago, desde donde se pueden realizar recorridos en vehículos 4×4 por los alrededores. Nosotros llegamos directamente hasta allí y, una vez en el complejo, tomamos un camión 4×4 para recorrer la zona y acercarnos al lago. Después de la visita, regresamos al complejo, donde aprovechamos para comer en su restaurante antes de continuar nuestro viaje.

Un lago salado
El Lago Rosa ocupa actualmente una superficie de alrededor de 3 km², aunque sus dimensiones se han ido reduciendo con el paso de los años. En 1987 alcanzaba aproximadamente los 4 km², una cifra que ya suponía una considerable disminución respecto a la extensión que tuvo antiguamente, unos 15 km². Esta progresiva reducción se debe principalmente al descenso de las precipitaciones y al aumento de la evaporación, factores que se han visto agravados por el avance de las dunas y la acumulación de sedimentos y sales.
El lago presenta una forma alargada y ligeramente ovalada, con una longitud aproximada de 3,85 kilómetros y una anchura media de unos 800 metros. Su profundidad es bastante reducida, con una media de alrededor de 1,5 metros, aunque puede variar dependiendo de la época del año y del nivel de las aguas.
Entre el lago y el océano Atlántico se extiende una estrecha barrera de dunas que lo mantiene aislado del mar. Durante la década de 1970, estas dunas fueron estabilizadas mediante la plantación de filaos, unos árboles muy utilizados en las zonas costeras de Senegal para fijar las arenas. La vegetación contribuyó así a frenar el avance de las dunas y a proteger el frágil ecosistema que rodea al lago.
Antiguamente, el lago estaba conectado con el océano Atlántico, pero se cree que, alrededor del siglo XV, el movimiento y avance de las dunas terminó cerrando esta conexión natural. Desde entonces, el Lago Retba quedó aislado del mar y comenzó a funcionar como una laguna prácticamente cerrada.
Aunque recibe aportes de agua dulce, la elevada evaporación, favorecida por las altas temperaturas y el clima seco de la región, provoca una enorme concentración de sales en sus aguas. En determinados periodos, la salinidad puede alcanzar aproximadamente los 460 gramos de sal por litro de agua, comparando con el agua del océano Atlántico tiene una concentración salina trece veces superior. Una auténtica locura.
Un lago rosa que ya no es rosa
El característico color rosa anaranjado del Lago Retba se debe principalmente a la presencia de Dunaliella salina, un alga verde microscópica capaz de vivir en aguas con una concentración de sal extraordinariamente elevada. Para resistir esta hipersalinidad y la fuerte radiación solar, el alga genera un escudo biológico de betacaroteno que a su vez produce un pigmento de color rosa naranjado.
La intensidad del color depende de las condiciones ambientales. Durante la estación seca, cuando el cielo permanece más despejado y la evaporación es mayor, aumenta la concentración de sal y la actividad de estos microorganismos, por lo que las tonalidades rosadas, rojizas o violáceas pueden hacerse mucho más visibles. En cambio, durante la estación de lluvias, aproximadamente entre julio y octubre, el agua dulce procedente de las precipitaciones diluye la salinidad y la mayor nubosidad reduce la radiación solar. Por ello, el característico color rosa suele ser menos intenso y puede incluso resultar difícil de apreciar.

Todo esto es muy bonito pero cambió en 2022, unas lluvias excepcionales provocaron graves inundaciones en la región de Dakar. Para aliviar la acumulación de agua, las autoridades desviaron parte de las aguas pluviales hacia el Lago Retba, haciendo que su nivel llegara a alcanzar hasta seis metros de altura. Esta enorme entrada de agua dulce alteró profundamente el delicado equilibrio del lago: la salinidad descendió de forma considerable y el característico color rosado desapareció prácticamente, llegando el agua a adquirir tonalidades verdosas. La crisis afectó también a la extracción tradicional de sal y al turismo, dos actividades fundamentales para las comunidades que viven alrededor del lago.
A pesar de todo, hoy existen esperanzas de que el Lago Rosa recupere progresivamente su característico color. Los trabajos de drenaje y la recuperación de la salinidad están favoreciendo el retorno de las condiciones necesarias para que los microorganismos responsables de sus tonalidades rosadas vuelvan a prosperar.
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Extracción de la sal
Aunque la extracción de sal en el Lago Rosa se practica desde hace siglos, fue a partir de la década de 1970 cuando esta actividad comenzó a desarrollarse a una escala mucho mayor, convirtiéndose en el sustento de toda una comunidad. El trabajo comienza en el propio lago, donde los salineros pasan horas sumergidos hasta el pecho en una salmuera extremadamente concentrada. Con largas estacas de madera de 2.5 metros rompen la costra de sal que se deposita en el fondo y, una vez desprendida, la recogen con palas y la cargan en estrechas piraguas de madera que pueden llegar a transportar alrededor de una tonelada de sal. Para proteger la piel de la acción corrosiva de la salmuera, los trabajadores se cubren previamente el cuerpo con manteca de karité, cuya elaboración ya vimos durante nuestra visita al País Bassari.


Una vez que las piraguas llegan a la orilla comienza el trabajo de las mujeres. Se adentran en el agua hasta la cintura para descargar la sal y transportarla después en recipientes que pesan entre 20 y 25 kilos de sal . Por cada carga que llevan hasta tierra reciben 50 francos CFA, apenas unos 8 céntimos de euro. Tradicionalmente, las propias trabajadoras llevan la cuenta de las cargas mediante un sencillo sistema: colocan una concha en un recipiente después de cada descarga. Al finalizar la jornada, solo tienen que contar las conchas acumuladas para saber cuántas cargas han transportado y calcular así su remuneración.
Es un trabajo tremendamente duro, realizado durante horas bajo un sol intenso y en contacto permanente con una salmuera altamente concentrada, a cambio de un salario muy reducido. Resulta difícil imaginar el esfuerzo que hay detrás de cada una de esas pequeñas montañas de sal que se acumulan en la orilla.


Después de ser extraída, la sal se amontona en grandes pilas junto al lago, donde permanece expuesta al sol durante semanas para terminar de secarse y adquirir su característico color blanquecino. Todo el proceso de extracción continúa realizándose de forma prácticamente manual y permite obtener decenas de miles de toneladas de sal al año, destinadas al consumo local, a la conservación del pescado y también a la exportación.
Una parte importante de los trabajadores procede además de países vecinos como Mali, Guinea, Benín, Togo o Burkina Faso, y muchos dependen directamente de esta actividad para subsistir. Por eso, cualquier alteración en el equilibrio del lago tiene consecuencias económicas muy importantes para estas comunidades. La crisis que sufrió el Lago Rosa en 2022, cuando la sal dejó de cristalizar con normalidad, agravó todavía más su situación y dejó a numerosos trabajadores sin su principal fuente de ingresos.

Final del rally París Dakar
El Lago Rosa está íntimamente ligado a la historia del París-Dakar, uno de los rallies más míticos y extremos de la historia del automovilismo. Todo comenzó el 26 de diciembre de 1978, cuando 182 vehículos tomaron la salida desde París rumbo a la capital de Senegal. Por delante les esperaban cerca de 10.000 kilómetros de pistas, dunas y desierto a través de África. Finalmente, solo una parte de los participantes consiguió completar aquella primera edición. En motos, la victoria fue para el francés Cyril Neveu, al manillar de una Yamaha XT 500, mientras que en coches se impuso Alain Génestier, pilotando un Range Rover.
Durante las décadas siguientes, Dakar se convirtió en el destino soñado de pilotos y aventureros. Atravesar el desierto africano y alcanzar la capital senegalesa era mucho más que ganar una carrera: suponía completar una auténtica aventura. Y en los últimos años de la etapa africana, el Lago Rosa, situado a pocos kilómetros de Dakar, pasó a convertirse en uno de los grandes símbolos de la competición. Después de miles de kilómetros de pistas, arena y dunas, los participantes llegaban finalmente a sus orillas, donde se celebraba la llegada y se ponía punto final a aquella increíble travesía.
El París-Dakar mantuvo su recorrido africano hasta 2007. La edición de 2008, que debía volver a atravesar Mauritania y Senegal, fue cancelada en vísperas de la salida debido a las amenazas terroristas yihadistas que afectaban directamente a la prueba. Aquella decisión marcaría el final de una época.
En 2009, el rally cruzó el Atlántico y comenzó una nueva etapa en Sudamérica, con Argentina y Chile como escenarios principales. Durante los años siguientes también pasó por Perú, antes de trasladarse en 2020 a Arabia Saudí, donde continúa disputándose actualmente. África quedaba así atrás y, con ella, desaparecía una de las imágenes más icónicas de la historia del rally: los pilotos llegando exhaustos a las orillas del Lago Rosa de Senegal, después de haber atravesado uno de los territorios más duros del planeta.

Nuestra visita al Lago Rosa
Desde que empezamos a preparar nuestra ruta por Senegal, el Lago Rosa era uno de los lugares que más nos llamaba la atención. Y, al mismo tiempo, era uno de aquellos sobre los que menos expectativas teníamos. Estábamos bastante convencidos de que no encontraríamos el famoso lago de color rosa, ni siquiera algo que se pareciera demasiado a las imágenes que tantas veces habíamos visto. Aun así, siempre quedaba una pequeña esperanza de que, al llegar, el lago nos sorprendiera.
Y si lo que buscáis es ver un lago rosa sin salir de España, también tenemos uno bastante más cerca. En Torrevieja se encuentra la famosa Laguna Rosa, de la que ya hablamos hace algunos años en el blog en este artículo sobre la Laguna Rosa de Torrevieja.
Aunque el Lago Rosa se encuentra relativamente cerca de Dakar, llegar hasta allí nos lleva un buen rato. Los primeros kilómetros discurren por una buena carretera paralela al océano Atlántico. Es domingo y la carretera y las playas están especialmente animadas. A nuestro paso vemos a numerosos senegaleses corriendo, haciendo gimnasia y practicando todo tipo de ejercicios. En las largas playas, además, son muchos los que aprovechan el día para jugar al fútbol. Parece que los domingos en Senegal son también una buena ocasión para salir a hacer deporte y disfrutar del aire libre.
También nos sorprende desde el primer momento la cantidad de basura que encontramos a nuestro paso, especialmente plásticos, una presencia que volveremos a encontrarnos durante todo el día y también en los días siguientes, sobre todo en las zonas del norte del país.
Poco a poco dejamos atrás la carretera que discurre paralela al mar y nos adentramos en diferentes poblaciones. El paisaje cambia y comenzamos a circular por calles más estrechas, entre viviendas y pequeños comercios, mientras la carretera se vuelve bastante más irregular. Finalmente, después de atravesar varias localidades, llegamos a nuestro destino.
Nos dirigimos al complejo donde posteriormente comeremos, Chez Salim. Allí nos espera un peculiar camión 4×4 abierto, equipado con bancos y asientos a ambos lados y preparado para adentrarse por los alrededores del lago. Nos montamos y comienza nuestra excursión al Lago Retba.
Un guía local nos acompaña durante el recorrido y, mientras avanzamos, nos va explicando las características de este lugar tan singular, su historia y, sobre todo, la importancia que durante décadas ha tenido la extracción de sal para las comunidades que viven alrededor del lago.

Conociendo el Lago Rosa
El lago no es para nada rosa, pequeña pero esperada decepción. El lago presenta unos tonos mucho más grises y verdosos que rosados. Las lluvias de los últimos años han aportado más agua dulce y han reducido la concentración de sal, alterando las condiciones que favorecen la presencia de los microorganismos responsables de la famosa coloración. Nuestra teoría de que para ver un lago rosa era mejor ir a Torrevieja no iba tan desencaminada.

Aun así, el lugar tiene mucho más que ofrecer que su color. Junto a la orilla encontramos grandes montones de sal extraída del fondo del lago. Los trabajadores locales se introducen en el agua, cargan la sal en las piraguas y después la llevan hasta la orilla, donde se descarga y se acumula para su posterior tratamiento.
Nos quedamos especialmente sorprendidos observando a las mujeres descargando la sal. Sacan las cargas de las piraguas y las transportan sobre la cabeza con una habilidad y una naturalidad impresionantes. Es un trabajo arduo, repetitivo y físicamente exigente, pero ellas lo realizan con una soltura que nos deja bastante impresionados.

El proceso de extracción de la sal es realmente duro, pero aquí no termina el trabajo de los salineros. Una vez que la sal ha sido extraída del fondo del lago y acumulada en la orilla, comienza otra tarea igualmente importante. Hay que dejarla secar al sol, removerla periódicamente para eliminar la humedad y esperar hasta que alcance el grado de secado adecuado. Solo entonces estará preparada para ser recogida, transportada y finalmente puesta a la venta.


En la orilla del lago encontramos varias barcas decoradas con la bandera de Senegal. En ese momento pasa junto a nosotros uno de los salineros a bordo de su estrecha piragua y la escena resulta preciosa: la barca cargada de sal, el trabajador en medio del lago y los colores de la bandera senegalesa componiendo una de esas imágenes que difícilmente se olvidan.

Entre las salinas aparece además otra pequeña sorpresa. Una cooperativa local de pintores tiene expuestos numerosos cuadros realizados con arena, una artesanía muy característica de Senegal. La víspera, en la isla de Gorée, un artista nos había enseñado cómo se elaboraban estas obras.
El sistema de venta también resulta curioso. El encargado da la vuelta a cada cuadro y anota detrás el nombre de su autor. Este detalle nos confirmó que eran piezas elaboradas por artesanos locales y no productos fabricados en serie, como ocurre con buena parte de la supuesta artesanía que se encuentra en las zonas turísticas.
Y entonces llega la sorpresa: los cuadros pequeños cuestan solo 1.500 CFA, poco más de dos euros. Los grandes son algo más caros, pero siguen siendo mucho más económicos que los de Gorée. Compramos algunos, aunque estábamos todavía en los primeros días del viaje y quedaba por resolver cómo transportarlos sin estropearlos.
Nuestro vehículo iba siempre a tope, pero conseguimos hacerles un hueco y, contra todo pronóstico, llegaron a casa en perfecto estado. Hoy decoran nuestras paredes como recuerdo de Senegal.

Pequeño rally Paris Dakar y baño en el Atlántico
Dejamos atrás la zona de las salinas y volvemos a subir al camión. Lo que viene ahora es, probablemente, una de las partes más divertidas de nuestro viaje por Senegal. El 4×4 arranca y comienza a ganar velocidad por las dunas cercanas a la costa, cada vez más rápido y enlazando giros inesperados. Al principio no entendemos muy bien qué está pasando. Nuestro conductor no dice una palabra y nosotros tampoco sabemos muy bien qué esperar. Hasta que nos damos cuenta de que, sin previo aviso, nos está preparando nuestro particular mini París-Dakar. A partir de ese momento comienza la diversión.
El camión levanta una auténtica nube de arena mientras subimos y bajamos por las lomas, atravesamos pequeños caminos entre la vegetación y nos acercamos cada vez más al océano. En algunos tramos incluso circulamos por la misma orilla, con el Atlántico a un lado y las dunas al otro. Cada nueva curva provoca una mezcla de sorpresa y risas, mientras intentamos mantenernos en nuestros asientos y disfrutar de este improvisado rally por las dunas.
La experiencia es espectacular, aunque tiene una condición imprescindible: agarrarse bien. Muy bien. Porque los árboles que salpican el recorrido parecen tener un particular sentido del humor y acostumbran a extender sus ramas justo a la altura de los pasajeros. Recibimos algún que otro ramazo inesperado y, entre gritos, risas y maniobras para esquivar las ramas, el recorrido acaba convirtiéndose en una curiosa mezcla de safari, montaña rusa y excursión escolar.
Y mientras nuestro conductor sigue acelerando como si estuviéramos disputando una etapa del París-Dakar, nosotros no podemos evitar pensar que, aunque sea por unos minutos, estamos viviendo nuestra propia versión de aquella mítica carrera africana.


Después de atravesar las dunas, el camión se detiene junto al océano Atlántico. Por fin podemos tomar aire, relajarnos un poco y recuperar la compostura después de nuestro particular París-Dakar. Ha llegado el momento del primer baño del viaje.
Pero tenemos un pequeño gran problema que todavía no habíamos contado. Han pasado ya tres días desde nuestra llegada a Senegal y la maleta de Mar continúa tranquilamente en la T4 de Barajas, en Madrid. No es una suposición: el AirTag que lleva en el equipaje se encarga de recordárnoslo cada vez que lo consultamos. Mar tiene que improvisar. A falta de bañador, se conforma con meter las piernas en el Atlántico. Eso sí, la maleta finalmente aparecerá… aunque tendremos que esperar hasta la noche del octavo día para recuperarla.
Gracias, Iberia, por enseñarnos durante tantos días a vivir con poca ropa, a descubrir de primera mano los productos de aseo y cosmética de Senegal y, de paso, a conocer algunas de las tendencias de la moda local.
El Atlántico está precioso. El agua tiene una temperatura perfecta, el color es de un azul intenso y el oleaje es considerable. La playa es enorme y parece perderse en el horizonte. Es nuestro primer baño del viaje en el Atlántico africano y acaba convirtiéndose, sin duda, en uno de los momentos más agradables de la jornada. Después del calor, el polvo y la sal de las salinas, meterse en el agua es justo lo que necesitábamos. Bueno, algunos más que otros.


Después del baño volvemos al camión y retomamos el camino hacia el punto de partida. Nuestra intención inicial era darnos también un baño en el Lago Rosa, pero después de verlo de cerca cambiamos rápidamente de opinión. El agua presenta un aspecto bastante turbio y, sinceramente, visto el panorama, no estábamos demasiado interesados en comprobar cómo funciona aquel particular spa salino senegalés. Una cosa es flotar gracias a la enorme concentración de sal y otra muy distinta averiguar qué más puede estar flotando allí.
Precisamente en la zona donde estaba previsto el baño encontramos numerosas barcas que atracan continuamente para recoger y dejar turistas. Son visitantes senegaleses que aprovechan el día para dar un paseo por el Lago Retba, como ellos lo llaman, y contemplar de cerca las salinas y el paisaje que lo rodea. Con semejante movimiento de barcas y el aspecto del agua, nuestra decisión de no bañarnos parece todavía más acertada.
Así que damos media vuelta y regresamos hacia Chez Alim, donde nos espera nuestro vehículo. Allí ponemos punto final a la excursión y nos sentamos a comer antes de continuar nuestro viaje.

Nuestro Lago Rosa no ha sido rosa, pero la excursión ha resultado ser mucho más entretenida de lo que esperábamos. Quizá no nos llevamos la imagen de postal que veníamos buscando, pero sí una mañana llena de experiencias: salinas, salineros, dunas, un improvisado París-Dakar y, para terminar, nuestro primer baño en el Atlántico africano.
Y mientras nosotros seguimos con nuestro viaje, hay alguien que parece haberse tomado lo de viajar por su cuenta bastante más en serio: la maleta de Mar continúa haciendo turismo por Madrid.

