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Visita a un centro de mujeres con discapacidad en Ziguinchor

En Ziguinchor, en el corazón de la Casamance en Senegal, nuestra ruta nos lleva hasta un pequeño centro del barrio de Belfort donde un grupo de mujeres con discapacidad fabrica jabones, cremas, aceites y champús. Lo que parece un sencillo taller artesanal es, en realidad, un proyecto que busca algo mucho más importante: ofrecer autonomía y oportunidades.

Una visita diferente en Ziguinchor

A las 15:30 tenemos una cita delante de nuestro hotel. Allí nos encontramos con Charo, una viajera de Jerez de la Frontera que colabora con AIDA a través de AIDA Books&More, una red de librerías solidarias cuyos beneficios ayudan a financiar proyectos de cooperación. Con nosotros viene también Alassane Badiane, presidente de la organización regional de personas con discapacidad de Ziguinchor. Durante el trayecto nos pone en situación y, al llegar al centro de la UROPHZ, nos presenta a Ndèye Hodia Badiane, presidenta de la Asociación de Mujeres con Discapacidad.

Para llegar tenemos que coger un taxi que parece haber sobrevivido a varias generaciones de conductores. Las puertas no terminan de cerrar, las ventanillas tiemblan y el salpicadero está cubierto por una especie de piel de oveja. Pero lo realmente emocionante es la conducción. Las rotondas se toman a una velocidad que convierte cada curva en una experiencia espiritual y los baches hacen que durante unos segundos dejemos de ser pasajeros para convertirnos en proyectiles.

Jabones, aceites y una palabra: autonomía

Cuando llegamos al centro, todo cambia. Allí conocemos a Ndèye Hodia y descubrimos el trabajo que realizan las mujeres. Elaboran artesanalmente jabones, geles de baño, aceites para masajes, cremas capilares y champús utilizando materias primas como aceite de coco, aceite de papaya, manteca de karité y aceite de girasol.

Nos enseñan parte del proceso: mezclan los ingredientes, preparan la masa y después depositan el jabón en moldes de silicona. Puede parecer una pequeña producción artesanal, pero detrás de cada jabón, cada crema o cada botella de aceite hay algo mucho más importante que un simple producto.

La Asociación de Mujeres con Discapacidad comenzó a funcionar en 2019. Apenas un año después llegó la pandemia y muchos de sus planes tuvieron que detenerse. Empezaron treinta mujeres y, desde entonces, dos de ellas han fallecido. A pesar de las dificultades, el proyecto continúa intentando convertir esta actividad artesanal en una fuente de ingresos para sus integrantes.

Los productos se venden en el propio centro, pero también salen con las mujeres hacia sus barrios, donde intentan colocarlos en pequeñas tiendas. Durante un tiempo incluso tuvieron una tienda propia, pero el propietario recuperó el local y perdieron ese punto de venta. Por eso participan también en ferias de Cap Skirring, Oussouye y Ziguinchor.

El problema es que los ingresos no son suficientes y los gastos son muchos. Para una persona con discapacidad, desplazarse puede convertirse en un auténtico problema. Las mujeres acuden principalmente los miércoles y algunas llegan en handbikes o sillas de ruedas, mientras que otras necesitan la ayuda de familiares o acompañantes. Cuando llega la época de lluvias, todo se complica todavía más. Las pistas se llenan de barro y desplazarse en una silla de ruedas puede convertirse en una odisea. Entonces hay que recurrir a los taxis.

Cada vez cien francos, otros cien, otros cien… Parece una cantidad insignificante, pero cuando los ingresos son muy reducidos, el transporte puede terminar suponiendo un gasto considerable. A esto se añade otra dificultad: en Senegal apenas existen vehículos adaptados para personas con discapacidad motora, ni sillas de ruedas adecuadas, triciclos adaptados o ayudas técnicas que faciliten sus desplazamientos. Muchos de estos recursos tienen que llegar desde España, ya que en la región no existen medios suficientes para atender a la gran cantidad de mujeres con discapacidad que necesitan este tipo de apoyo.

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Un lugar para trabajar, pero también para encontrarse

Pronto comprendemos que el centro no es solamente un lugar donde fabricar productos. Es también un punto de encuentro. Las mujeres salen de sus casas, trabajan juntas, conversan y comparten unas horas de alegría. Charo nos lo explica emocionada: para una mujer con discapacidad que permanece sola en su comunidad, sin trabajo y sin actividad, el aislamiento puede ser casi tan duro como la propia discapacidad. Acudir al centro, aunque sea una vez a la semana, significa socializar, compartir y sentirse parte de un grupo.

La persona que mejor transmite esa energía es Ndèye Hodia Badiane. Nos quedamos embobados con su enorme sonrisa, especialmente cuando conocemos las dificultades que tiene que afrontar. Como presidenta de la asociación, acude al centro de lunes a viernes, organiza buena parte del trabajo, compra las materias primas y coordina las actividades.

La colaboración de AIDA con Ziguinchor viene de años atrás. La organización española participó en la construcción del centro y comenzó también la formación del personal, aunque la pandemia obligó a detener buena parte del proyecto. Ahora las actividades vuelven a avanzar y el objetivo es que las propias organizaciones locales tengan cada vez más capacidad para gestionar sus proyectos y generar oportunidades.

La UROPHZ reúne a diferentes organizaciones de personas con discapacidad de la región. Durante nuestra visita nos hablan de más de 60.000 personas con discapacidad en la región, una realidad enorme que muchas veces permanece invisible para quienes visitamos Senegal. La organización desarrolla además proyectos relacionados con el deporte y la alimentación. En sus instalaciones cuentan con granjas donde cultivan productos y crían pollos destinados al consumo y a la venta.

También nos hablan de una escuela donde niños y niñas con discapacidad comparten las aulas con otros niños. Hay alumnos con discapacidades físicas, intelectuales y sensoriales junto a niños sin discapacidad. Niños y niñas compartiendo las mismas aulas. Una iniciativa que, sin grandes discursos, consigue cambiar la manera de entender la inclusión.

De Kolda a Ziguinchor: una historia que vuelve a cruzarse

Durante la conversación aparece un nombre que conocemos bien: Aïssatou Doumbia. La habíamos conocido unos días antes en Kolda. Aïssatou, a quien le falta un brazo, fue presidenta del GIE Deggo, un grupo creado por personas con discapacidad para generar ingresos y ganar autonomía. Allí confeccionaban con telas wax bolsos, monederos, llaveros, muñecas y otros objetos llenos de color. Apenas tres días antes habíamos coincidido con ella en nuestro hotel, donde había intentado vendernos algunos de sus productos.

Ahora descubrimos que es muy amiga de Ndèye Hodia. De repente, las distancias entre Kolda y Ziguinchor parecen mucho más pequeñas. Dos ciudades, dos proyectos diferentes y una misma lucha: conseguir algo tan básico como poder trabajar y decidir sobre sus propias vidas.

Emocionante despedida

Antes de marcharnos, llega uno de esos momentos que seguramente recordaremos durante mucho tiempo. AIDA ha proporcionado a Alassane un mototriciclo adaptado que nos deja alucinados. Tiene unas ruedas enormes, probablemente las mejores que hemos visto en todo Senegal. Después de nuestro taxi, cualquier vehículo con ruedas grandes nos parece una obra maestra de la ingeniería.

Nos hacemos fotografías con Alassane, Ndèye Hodia y Charo. Antes de despedirnos, queremos enviarles unas cartas desde España y pedimos la dirección postal del centro. La pregunta provoca sorpresa. En Ziguinchor, muchas calles ni siquiera tienen nombre y no existe un sistema de direcciones postales como el que conocemos nosotros. Nos miramos pensando en nuestras cartas, intentando encontrar este pequeño centro en una ciudad donde las calles no tienen nombre.

Quizá tendremos que confiar, una vez más, en la Teranga. La despedida es emocionante. Abrazos, fotografías, sonrisas y la sensación de haber conocido algo que no aparece en ninguna de las postales de Senegal.

La vuelta resulta incluso más temeraria que la de ida. Sin Alassane en el vehículo, el conductor parece haber decidido que las normas de circulación son más bien una sugerencia: acelera más de la cuenta y convierte cada rotonda, cada bache y cada adelantamiento en una pequeña prueba de supervivencia. Nosotros nos miramos, nos agarramos donde podemos y decidimos que lo mejor es no hacer comentarios. Mucho antes de lo esperado llegamos al mercado de artesanías. Bajamos del taxi con el corazón todavía acelerado, pero estamos en una nube.

Senegal, sin embargo, no tarda ni unos segundos en devolvernos a la realidad del día a día. Salimos del taxi y enseguida estamos de nuevo en plena calle, rodeados de gente, ruido y movimiento, intentando integrarnos en la vida cotidiana. Pero nuestra cabeza sigue en otro lugar. No podemos dejar de pensar en todo lo que nuestros amigos nos han contado en el centro y en las historias que acabamos de conocer. La alegría de estar aquí se mezcla ahora con una realidad que, aunque solo hayamos visto durante una hora, sabemos que no vamos a olvidar fácilmente.

Hemos llegado para conocer un proyecto de cooperación y terminamos llevándonos mucho más: las sonrisas de Ndèye Hodia, la emoción de Charo, la energía de Alassane y las historias de unas mujeres que, pese a todas las dificultades, siguen fabricando sus propios productos y buscando una manera de ganarse la vida.

Porque quizá eso sea también lo que nos está enseñando Senegal. Que la inclusión no siempre se construye con grandes edificios ni con grandes discursos. A veces se construye en un pequeño centro de Ziguinchor, mezclando manteca de karité y aceite de coco, compartiendo una máquina de coser, criando unos pollos, cultivando una pequeña huerta o reuniéndose un miércoles para trabajar y conversar.

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