Isla de Gorée, Senegal: guía para visitar la Isla de los Esclavos

Frente a Dakar la capital de Senegal, se encuentra la pequeña isla de Gorée, un lugar que guarda el testimonio de una de las páginas más crueles de la historia. Durante siglos, millones de africanos fueron capturados, vendidos y deportados hacia América y otras partes del mundo. Su posición estratégica convirtió a Gorée en un enclave codiciado por portugueses, neerlandeses, ingleses y franceses, que se disputaron su control durante siglos.
Indice del artículo
Historia de Gorée
La historia de Gorée está marcada por siglos de presencia europea y por su papel en el comercio atlántico. El navegante portugués Dinis Dias llegó a la isla en 1444 y la bautizó como Palma. En 1536, los portugueses establecieron allí una de las primeras construcciones vinculadas al comercio de esclavos. Más tarde, en 1588, los neerlandeses se apoderaron de la isla y la llamaron Goede Reede, «buen puerto», nombre del que derivaría el actual Gorée.
Durante varios siglos, franceses, británicos y neerlandeses se disputaron el control de este pequeño enclave estratégico. Gorée participó activamente en la trata de esclavos, que durante siglos deportó a millones de africanos hacia América. Desde los puertos y enclaves de la costa occidental africana, los cautivos fueron embarcados rumbo a destinos como Brasil, Cuba y las colonias británicas de Norteamérica, entre otros. En Gorée, este pasado quedó especialmente simbolizado por la llamada Casa de los Esclavos,.
La trata continuó durante siglos hasta su abolición por Francia en 1848. A partir de entonces, Gorée fue perdiendo progresivamente importancia frente a Dakar, cuyo desarrollo se aceleró desde mediados del siglo XIX. La isla terminó integrada administrativamente en Dakar en 1929.
En el siglo XX, Gorée recuperó su valor histórico y cultural. La conservación de sus edificios y, especialmente, la memoria vinculada a la trata atlántica, la convirtieron en un lugar de recuerdo y reflexión. En 1978 fue inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO y hoy constituye uno de los lugares históricos más simbólicos de Senegal.

Localización y como llegar a la isla de Gorée
La isla de Gorée se encuentra frente a la costa de Dakar, en el océano Atlántico, a unos 3 kilómetros al este de la capital senegalesa. Con apenas unos 900 metros de longitud y 300 metros de anchura, es una pequeña isla de calles estrechas, casas coloniales de colores y un ambiente tranquilo que contrasta con el bullicio de Dakar. Su reducido tamaño permite recorrerla tranquilamente a pie y, además, no circulan coches,.
La única forma de llegar a la isla de Gorée desde Dakar es en ferry, que parte de la Gare Maritime de Dakar, situada en el puerto, en el Boulevard de la Libération.
Información práctica:
- Trayecto: aproximadamente 20 minutos.
- Precio: 6.000 francos CFA por persona, ida y vuelta, además hay una tasa turística de 500 FCFA al llegar a la isla. En total serían 6.500 FCFA por persona, aproximadamente 10 €.
- Pago: no aceptan tarjetas de crédito y no siempre disponen de cambio, por lo que es recomendable llevar el importe preparado.
- Pasaporte: es necesario llevarlo para comprar los billetes.
- Frecuencia: hay varias salidas a lo largo del día, aproximadamente cada hora, aunque los horarios pueden variar.
- Compra de billetes: no es imprescindible comprar con antelación, pero conviene llegar con tiempo, especialmente a primera hora.
- Horarios: aquí nos llevamos una sorpresa. La información que habíamos encontrado en internet no coincidía con la realidad y el primer ferry que vimos salir fue a las 10:00.
Nosotros tuvimos suerte, aunque también pusimos de nuestra parte: madrugamos y fuimos de los primeros en llegar a la taquilla. Aun así, el proceso para comprar los billetes puede resultar bastante caótico y poco organizado. Basta con echar un vistazo a algunas reseñas para comprobar que muchos viajeros se quejan precisamente de este aspecto.
Para el horario de vuelta decidimos no complicarnos y preguntamos directamente en la taquilla de Gorée. La frecuencia era aproximadamente de un ferry cada hora, aunque en Senegal aprendimos pronto que los horarios pueden ser algo orientativos. Así que nuestro consejo es sencillo: paciencia,

Nuestra visita a Gorée
Nosotros no dedicamos más de un día a conocer Dakar, y una parte de esa jornada la reservamos para visitar Gorée. Salimos en el primer ferry de la mañana y regresamos antes de las 16:00, después de comer en la isla.
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En ferry a la isla de Gorée
Nos presentamos pronto en el embarcadero porque nos habían advertido de que los fines de semana se acumula mucha gente y que los trámites para conseguir los billetes pueden llegar a ser desesperantes. Era sábado y época de vacaciones para muchos senegaleses con mayor poder adquisitivo, y para personas de origen senegalés que viven en Francia y regresan al país con sus hijos para conocer la tierra de sus antepasados.
Ese fin de semana, además, se celebraba el Grand Magal de Touba, una de las grandes celebraciones religiosas del país, que provoca el desplazamiento de millones de personas hacia la ciudad santa. Según nos contaron, alrededor de seis millones de personas se desplazaron hasta Touba, por lo que Dakar estaba bastante más tranquila de lo habitual.
A pesar de ello, el ferry hacia Gorée iba lleno. Tuvimos suerte: los trámites para conseguir los billetes fueron rápidos y sencillos, así que pasamos bastante tiempo en la sala de espera. Aprovechamos esos minutos para entablar conversación con algunos senegaleses que se desplazaban a la isla para vender sus productos.
A pesar de todo, el ferry termina llenándose, aunque el embarque resulta bastante más ordenado de lo que esperábamos. Puntualmente zarpamos rumbo a Gorée. El trayecto es corto y, durante los primeros minutos, navegamos entre grandes barcos mercantes y alguna que otra piroga tradicional senegalesa. Es, de hecho, la primera piroga que vemos en Senegal y ya nos llama la atención por su colorido y su peculiar diseño.


Poco después de abandonar el puerto divisamos Gorée. Desde el agua parece una isla diminuta, pero enseguida nos transmite la sensación de que hay mucho por descubrir. A medida que nos acercamos empezamos a distinguir el antiguo fuerte y las casas de estilo colonial que se asoman a la costa.


Nada más desembarcar aparecen los vendedores de recuerdos y, sobre todo, de camisetas de la selección de fútbol de Senegal. Hay camisetas verdes, blancas y negras por todas partes. Curiosamente, yo ya había comprado una en Legazpi, a un chico senegalés que vende cosas por la calle, y tenía claro que quería estrenarla durante mi primer día en Senegal. Pero la tentación de llevarme otra es demasiado grande. Finalmente me decido por la camiseta blanca que la selección senegalesa vistió en el Mundial de 2026.
Recorriendo a pie la isla de Gorée
Comenzamos nuestro paseo por Gorée junto al puerto, donde acabamos de desembarcar después de cruzar las aguas del Atlántico. El suelo alterna adoquines irregulares con pequeñas zonas de arena y el ambiente cambia enseguida. Nos adentramos en un laberinto de callejuelas estrechas, tranquilas y llenas de rincones por descubrir. Desde aquí, las calles se adentran entre casas de colores y antiguas fachadas coloniales en tonos ocres, amarillos, rosados y rojizos. De vez en cuando aparece una puerta de madera envejecida o una buganvilla que se descuelga desde lo alto de un muro, añadiendo todavía más color al paisaje.


Pero si hay algo que llama especialmente nuestra atención son las ventanas. Las fachadas están salpicadas de contraventanas y persianas de madera pintadas en colores muy llamativos: azules, verdes, turquesas, rojos… Muchas de ellas contrastan con el color de las paredes y crean auténticas composiciones fotográficas. Estas ventanas, por supuesto, hacen las delicias de Mar, a quien le encanta fotografiar este tipo de detalles.


A medida que avanzamos, las callejuelas desembocan de vez en cuando en pequeñas plazas y espacios abiertos. En casi todas encontramos un gran árbol que parece ocupar el centro de la escena. Son principalmente acacias de enormes copas, que proyectan una sombra generosa sobre buena parte de la plaza. Bajo ellas se concentra buena parte de la vida del barrio: vecinos sentados, conversaciones, gente descansando del calor y encuentros improvisados.
Algunos esconden además un detalle inesperado. En sus gruesos troncos aparecen tallados dibujos, figuras y diferentes imágenes que descubrimos mientras recorremos la isla.


Entre una casa y otra, en patios y callejones, encontramos ropa tendida. Camisetas, vestidos, sábanas y prendas de colores secándose bajo el cálido sol senegalés. Es una escena cotidiana, casi propia de un pequeño pueblo, que convive aquí con las fachadas históricas y los antiguos edificios coloniales de Gorée.
Ya hemos comentado que Gorée es una isla muy pequeña y que por sus calles no circulan vehículos a motor. Por eso, es habitual encontrarnos con jóvenes desplazando grandes carros cargados con todo tipo de mercancías.

La casa de esclavos de Gorée
Dejamos atrás las calles llenas de color de Gorée y llegamos a la Casa de los Esclavos, probablemente el lugar más visitado y sobrecogedor de la isla. Desde el exterior, el edificio no parece anunciar lo que vamos a encontrar en su interior. Su fachada rosada y la gran escalera de doble tramo forman parte de esa arquitectura sencilla y colorida que hemos ido viendo por toda la isla, pero basta cruzar la puerta para que la sensación cambie. El ambiente se vuelve más oscuro y silencioso. Aquí no hay plazas soleadas ni buganvillas trepando por las paredes, sino pequeñas estancias, muros gruesos y espacios reducidos que producen una inevitable sensación de claustrofobia.
La visita no deja indiferente. La Casa de los Esclavos podía llegar a albergar alrededor de 200 personas hacinadas en sus reducidas habitaciones, separadas en diferentes espacios según fueran hombres, mujeres o niños. Resulta difícil imaginar las condiciones en las que podían permanecer allí encerradas antes de ser embarcadas hacia América.
Además, se calcula que alrededor de 12,5 millones de africanos fueron embarcados en África durante la trata atlántica, y que aproximadamente 1,8 millones murieron durante la travesía antes de llegar a América. El viaje podía durar semanas y las personas eran transportadas en condiciones terribles, hacinadas en las bodegas de los barcos.

El edificio conserva las pequeñas habitaciones de la planta baja que fueron utilizadas para mantener recluidas a personas esclavizadas antes de su embarque forzoso hacia América. Hombres, mujeres y niños permanecían separados en diferentes espacios, en unas condiciones de extrema dureza. El reducido tamaño de las habitaciones y la cantidad de personas que, según los relatos asociados al museo, podían llegar a concentrarse en ellas hacen que resulte difícil imaginar cómo podían soportar aquella situación.
La Casa de los Esclavos también conserva la llamada sala de pesaje, vinculada al relato histórico de que las personas consideradas aptas para el embarque debían alcanzar un determinado peso. Durante años se ha difundido la historia de los 60 kilos y de que quienes no llegaban a ese peso eran retenidos y alimentados forzosamente hasta alcanzarlo.

Al fondo del edificio llegamos a uno de sus espacios más conocidos: la Puerta del Viaje Sin Retorno. Al otro lado aparece directamente el Atlántico. El mar se extiende tranquilo hasta el horizonte y, durante unos instantes, cuesta apartar la mirada. El contraste resulta estremecedor. Frente a nosotros está el mismo océano que tantas personas tuvieron que cruzar, pero para ellas aquel viaje no tenía nada que ver con el paisaje que contemplamos ahora. Era el último paso antes de ser embarcadas y alejadas de África, muchas veces sin saber cuál sería su destino.

Nos quedamos unos momentos en silencio, mirando hacia el exterior. No hace falta añadir demasiado. El lugar habla por sí mismo.
En la planta superior se encontraban las dependencias asociadas a los comerciantes y propietarios de la casa. Actualmente, este espacio funciona como pequeño museo y reúne paneles informativos, fotografías, cuadros, maquetas y diferentes objetos relacionados con la historia de la esclavitud y de la propia isla.
Cuando volvemos a salir a la calle, Gorée recupera poco a poco sus colores. Volvemos a encontrarnos con las fachadas, las plantas tropicales, la ropa tendida y los grandes árboles que dan sombra a las pequeñas plazas. La isla vuelve a parecer la misma que unos minutos antes. Pero nosotros ya no la vemos exactamente igual. La visita a la Casa de los Esclavos nos ha dejado tocados y necesitamos unos minutos para asimilar todo lo que acabamos de ver.
Viendo artesania senegalesa
Después de un momento de tanta intensidad, volvemos poco a poco al día a día de un pueblo senegalés. Ya es mediodía y el sol aprieta de lo lindo. Mientras caminamos por las calles de Gorée nos encontramos con un artesano que nos muestra cómo elabora cuadros utilizando arena de diferentes colores. La demostración resulta muy interesante y nos quedamos un rato viendo cómo va creando los dibujos y combinando las distintas tonalidades. En esta ocasión no compramos ninguno, aunque al día siguiente, en el Lago Rosa, acabaremos comprando dos. Allí encontramos unos que nos gustan mucho y, además, a un precio tan tentador que resulta difícil resistirse.

La iglesia de San Carlos Borromeo de Gorée
Poco después llegamos a la iglesia de San Carlos Borromeo, situada en el centro de la isla y dedicada a San Carlos Borromeo, cardenal y arzobispo de Milán en el siglo XVI, conocido por su papel en la reforma de la Iglesia católica.
El templo actual fue construido en 1830 sobre las cenizas de una iglesia anterior, incendiada por los británicos la noche de Navidad de 1799 durante la reconquista de la isla. Su construcción fue financiada por las signares de Gorée, mujeres africanas y mestizas que, especialmente durante los siglos XVIII y XIX, llegaron a ocupar una posición destacada en la vida económica y social de la isla. Muchas de ellas eran propietarias y comerciantes y algunas establecieron matrimonios o alianzas con comerciantes y funcionarios europeos, lo que les permitió acumular patrimonio e influencia.
La iglesia destaca por su arquitectura sencilla y por el tranquilo patio porticado que la rodea, abierto hacia una pequeña plaza.
Aunque el cristianismo es una religión minoritaria en Senegal, encontramos iglesias en diferentes lugares del país. Lo que resulta especialmente interesante es comprobar a lo largo de nuestro viaje, cómo conviven distintas religiones y tradiciones, formando parte de la vida cotidiana de muchas comunidades.


El Castel de Gorée: la fortaleza que domina la isla
En el extremo sur de Gorée, una escalinata conduce hasta el Castel, la parte más elevada de la isla , 36 metros sobre el nivel del mar y uno de sus rincones más espectaculares. Allí, sobre una plataforma rocosa que domina el Atlántico, las antiguas fortificaciones recuerdan el valor estratégico que durante siglos tuvo este pequeño territorio. Desde lo alto se controlaba una amplia extensión del océano y se vigilaba el acceso hacia Dakar, una posición que convirtió a Gorée en un enclave codiciado y provocó que distintas potencias europeas se disputaran durante siglos el control de la isla.
En la parte alta todavía se conservan restos de las antiguas fortificaciones y varias piezas de artillería que recuerdan la importancia militar que llegó a alcanzar Gorée durante el periodo colonial. Entre ellas destacan los enormes cañones franceses instalados durante la Segunda Guerra Mundial, auténticos gigantes de hierro que contrastan con la tranquilidad que hoy reina en este lugar.
Los cañones estan llenos de pintadas: nombres, fechas, corazones y todo tipo de garabatos. Una vez más nos encontramos con lo mismo que ya hemos visto en otros lugares: personas que parecen no entender que escribir sobre un monumento, un cañón o cualquier elemento histórico también es una forma de dañarlo. Resulta difícil comprender qué puede llevar a alguien a dejar su mamaracho sobre una pieza que forma parte de la historia de un lugar.


Pero el Castel también ofrece una oportunidad mucho más amable: detenerse a observar la artesanía senegalesa. En sus alrededores encontramos algunos de los objetos y recuerdos que aparecen en cada rincón del país, desde figuras y tallas de madera hasta pequeñas piezas de arte, cuadros, lienzos y coloridos souvenirs.
Camino al Castel pasamos por una zona llena de pequeños puestos de souvenirs. Allí nos encontramos de nuevo con las dos chicas con las que habíamos estado hablando en la sala de espera del ferry. Nos reconocen enseguida y nos invitan a que conozcamos sus puestos de souvenirs. Cuando seguimos avanzando entre los puestos, algunas de las vendedoras se muestran especialmente insistentes, intentando convencernos por todos los medios de que compremos algo. De hecho, son las vendedoras más agresivas que nos hemos encontrado durante todo el viaje a la hora de intentar vendernos sus productos.


Comenzamos a bajar hacia el centro del pueblo porque ya toca comer. Hace mucho calor y, después de toda la mañana caminando por Gorée, tenemos bastante hambre. Una vez más repetimos nuestra estrategia: habíamos avisado previamente de la hora a la que llegaríamos y de lo que queríamos comer, así que, cuando llegamos, la comida prácticamente está preparada.
Elegimos el plato del día, a base de arroz y pescado, además de unas gambas en salsa. Y una vez más nos encontramos con nuestro viejo enemigo gastronómico en Senegal: el pescado demasiado hecho…..una vez más. Ya nos empieza a quedar claro que tendremos que acostumbrarnos a comerlo así durante el viaje.
De camino al centro atravesamos una zona de asentamientos donde algunas personas viven en condiciones bastante precarias. Nos sorprende encontrarnos con esta realidad en una isla tan turística y visitada como Gorée, donde apenas unos metros separan las zonas destinadas al turismo de lugares donde las condiciones de vida son mucho más difíciles.
Por allí también campan a sus anchas numerosas ovejas y cabras. Decir que están pastando quizá sea demasiado generoso, porque cuesta imaginar que encuentren demasiado alimento entre aquellas calles y terrenos.

Conociendo la playa de Gorée y el fuerte antiguo
Después de comer el sol comenzó a pegar con fuerza y caminar por Gorée se hizo bastante duro. Sin embargo, había una imagen que nos sorprendía: en un pequeño tramo de playa se concentraba una gran cantidad de bañistas locales, principalmente mujeres y niños. Desde lejos, el agua parecía estar llena de pequeños puntos negros. Eran decenas de personas disfrutando del mar, algo que contrastaba bastante con la imagen que solemos tener de las playas españolas.
Pero lo que más nos llama la atención es la peculiar organización de este pequeño espacio de playa. A lo largo de la orilla y también ocupando parte del paseo marítimo se suceden numerosas sombrillas, prácticamente pegadas unas a otras, creando una especie de cubierta continua para protegerse del intenso sol. Entre ellas aparecen también algunas grandes jaimas y tiendas de campaña, donde se reúnen y socializan principalmente los hombres.

Continuando hacia la peninsula situada al norte de la isla encontramos la Estatua de la Liberación de la Esclavitud, obra de los escultores guadalupeños Jean y Christian Moïsa. La escultura representa a un hombre que rompe las cadenas de la esclavitud mientras una mujer lo abraza, una imagen concebida como símbolo de libertad, emancipación y memoria.

Junto a la escultura encontramos el antiguo fuerte que alberga el Museo Histórico de Senegal, también conocido como IFAN. En este momento del día, después de toda la mañana recorriendo Gorée y con el calor apretando, la verdad es que no tenemos demasiadas ganas de meternos en otro museo.
El museo es pequeño y sus salas reúnen objetos y documentos relacionados con la historia de la isla y de Senegal. Además, desde la parte superior de la antigua fortificación se pueden disfrutar unas magníficas vistas del Atlántico y de Gorée.
Esta vez nos quedamos con las vistas exteriores y damos por terminada nuestra visita a Gorée. Ha sido una mañana intensa, llena de contrastes, y ya toca regresar. Nos dirigimos de nuevo al embarcadero para tomar el ferry que nos llevará de vuelta a Dakar.


Divertido regreso a Dakar en ferry

Regresamos al ferry, estamos bastante cansados y, además, embarcamos de los últimos, así que apenas queda sitio. Terminamos sentándonos en la parte delantera, en una especie de saliente, buscando un hueco donde descansar durante el trayecto.
Al cabo de un rato, un muchacho empieza a cantar mientras hace sonar los kess-kess, unos pequeños instrumentos de percusión tradicionales de Senegal. Formados por dos pequeñas piezas huecas unidas por un cordón y rellenas de semillas, producen un sonido seco y rítmico al agitarlos y entrechocarlos. Nosotros ya habíamos comprado un par en la sala de espera del ferry,
Justo en primera fila hay dos animosas senegalesas que no tardan ni un segundo en unirse a la fiesta. Empiezan a cantar las canciones y a bailar, y poco a poco consiguen que el resto del barco se vaya animando. Lo que había comenzado como un simple viaje de regreso acaba convirtiéndose en una auténtica fiesta improvisada. Cada vez participa más gente, hasta que llega el momento álgido cuando empiezan a sonar canciones populares que todos conocemos, como Waka Waka, de Shakira, o la inconfundible Guantanamera.
Sin duda, uno de los momentos más divertidos de todo nuestro viaje por Senegal y, probablemente, uno de los que recordaremos durante mucho tiempo.
Poco después llegamos a Dakar. Atracamos, desembarcamos y ponemos de nuevo los pies en tierra firme, listos para continuar descubriendo la capital de Senegal
Video de nuestra visita a Gorée
La mejor forma de descubrir la Isla de Gorée es dejar que las imágenes hablen. En el vídeo que hemos preparado reunimos algunos de los momentos y lugares que vivimos durante nuestra visita a esta pequeña isla frente a Dakar, uno de los recuerdos más especiales de nuestro viaje por Senegal.
Gorée es uno de esos lugares donde la belleza y la tragedia conviven de una manera difícil de olvidar. Hoy hemos paseado entre casas de colores, buganvillas y calles tranquilas, pero durante siglos estas mismas costas estuvieron ligadas a la trata y la esclavitud, dejando tras de sí el sufrimiento de miles de personas arrancadas de sus hogares y de sus vidas. Su pasado nos recuerda que la historia no está formada únicamente por grandes monumentos y fechas, sino también por las vidas de quienes sufrieron sus consecuencias.

