Costa Noroeste de Madeira

La costa noroeste de Madeira es una de las zonas más salvajes y espectaculares de la isla, donde la naturaleza se impone con fuerza entre acantilados abruptos, montañas cubiertas de laurisilva y pequeñas aldeas colgadas del océano Atlántico. Lugares como Porto Moniz, famoso por sus piscinas naturales de lava, o Seixal, con su playa de arena negra y su entorno escénico, invitan al viajero a descubrir rincones auténticos, paisajes únicos y tranquilidad frente al mar. Es una región para perderse entre miradores, cascadas y senderos que serpentean entre la niebla y el verde intenso de los bosques cercanos al Atlántico.
Este es el mapa completo con todas las ubicaciones de Madeira mencionadas en el articulo de la Guía Completa de Madeira.
Aunque los lugares se presentan según su proximidad en el mapa, fueron visitados en días distintos y en un orden diferente al aquí mostrado
Indice del artículo
Achadas da Cruz
El primer lugar que visitamos en la costa noroeste de Madeira fue la zona de Achadas da Cruz, situada en el extremo noroeste de la isla. Curiosamente, está bastante cerca —aunque en el lado opuesto— del último punto que recorrimos en la costa sur, la Garganta Funda. Achadas da Cruz pertenece al municipio de Porto Moniz, aunque llegar hasta allí implica recorrer durante 20 minutos una carretera muy sinuosa, con fuertes pendientes en algunos tramos.
Después de aparcar, nos dirigimos al Mirador de Achadas da Cruz, desde donde se puede disfrutar de unas vistas impresionantes del océano Atlántico y del abrupto relieve costero. Justo al borde del mar se encuentra un estrecho terreno llamado Fajã da Quebrada Nova, que destaca por sus pequeñas plantaciones agrícolas.
¿Qué es una quebrada en Madeira?
En Madeira, el término “quebrada” se refiere a zonas escarpadas donde ha habido desprendimientos o colapsos naturales de terreno, generalmente en acantilados o barrancos muy pronunciados. Estas quebradas suelen formar paredes verticales que caen directamente al mar.
¿Y una fajã?
Una fajã es un terreno llano que se forma al pie de una quebrada o acantilado, como resultado de la acumulación de materiales que han caído desde lo alto y que se utiliza para la explotación agrícola.

El mirador recibe su nombre del teleférico que desciende hasta la fajã. Este se construyó para facilitar la vida de los agricultores que trabajaban en las tierras fértiles junto al mar. Antiguamente, solo se podía acceder bajando un sendero muy empinado, lo que complicaba bastante el transporte de productos y herramientas. Hoy en día, el teleférico tiene sobre todo un uso turístico.
Tiene una longitud de 500 metros y salva un desnivel de 450 metros, lo que lo convierte en uno de los más verticales del mundo. El trayecto dura unos cinco minutos y cada cabina tiene capacidad para seis personas. El billete cuesta 5 euros ida y vuelta.

Una vez en la fajã, se puede dar un paseo tranquilo por un sendero adoquinado que discurre paralelo al mar. A un lado se ven plantaciones de plátanos, viñas y hortalizas; al otro pequeñas construcciones donde se guarda la cosecha. Es un entorno muy tranquilo, con muy poca gente, lo que permite disfrutar aún más de este lugar tan especial.




Porto Moniz
Después de haber disfrutado a lo grande del teleférico de Achadas da Cruz y de su entorno, nos dirigimos hacia Porto Moniz, uno de los pueblos más bonitos y turísticos de Madeira.
Poco antes de llegar, hicimos una parada en el Mirador de la Santinha, desde donde se obtiene una de las mejores vistas de Porto Moniz. Desde allí se pueden apreciar claramente las piscinas naturales, el pueblo, el océano Atlántico y gran parte de la costa que se extiende hacia el este.
El nombre del mirador proviene de una pequeña imagen de la Virgen colocada en ese lugar.



Era mediodía y no nos complicamos mucho para aparcar. Dejamos el coche en el primer parking de pago que vimos, justo en el centro de Porto Moniz. A la vuelta, al ir a pagar, nos llevamos una buena sorpresa con el sablazo que nos dieron… ¡Menudos precios! Al salir vimos que estaban construyendo otro parking enorme, y entre los Wonderlands comentamos si sería mejor dedicar ese espacio a viviendas turísticas o a más aparcamientos. Viendo lo que cobran por dejar el coche, está claro que lo del parking es una inversión más que rentable.
Porto Moniz se encuentra en el extremo noroccidental de Madeira, siendo el punto más alejado de Funchal. Durante siglos, fue una zona aislada que vivía de la agricultura de subsistencia (batata, maíz, viña), la cría de ganado y sobre todo de la pesca artesanal. Su terreno montañoso y la dificultad para comunicarse con otras partes de la isla contribuían a ese aislamiento. De hecho durante mucho tiempo, la forma más ‘sencilla’ de conectar con el resto de Madeira era por mar.
La dureza de la vida llevó a muchos de sus habitantes a emigrar especialmente a Venezuela y Sudáfrica, a comienzos del siglo XX. No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando se construyó la carretera que conectaba Porto Moniz con São Vicente, lo que permitió un acceso más rápido hacia Funchal.
Las piscinas naturales volcánicas de Porto Moniz siempre han sido una gran atracción, tanto para los locales como para los turistas que llegaban a la isla. Este tirón turístico impulsó el desarrollo del pueblo, que supo evolucionar sin perder su esencia.
Porto Moniz es famoso por sus dos zonas de piscinas naturales volcánicas, formadas entre rocas de lava que el mar Atlántico inunda con cada marea.
La primera zona, conocida como las Piscinas Naturales de Porto Moniz (o piscinas nuevas), es un complejo acondicionado para el baño que combina la belleza natural del paisaje volcánico con instalaciones modernas. Estas piscinas han sido adaptadas para garantizar la seguridad y comodidad del visitante. Disponen de pasarelas, duchas, vestuarios, socorristas y una cafetería. El agua se renueva constantemente con las mareas, lo que garantiza una experiencia limpia y refrescante. Son ideales para familias, ya que las piscinas están protegidas del fuerte oleaje y cuentan con diferentes profundidades. Precio 3 €.

A muy poca distancia se encuentran las Piscinas Naturales Viejas (también llamadas piscinas libres), un conjunto de pozas naturales completamente salvajes. Estas piscinas formadas entre rocas volcánicas irregulares, ofrecen un contacto más íntimo y crudo con la fuerza del mar. No cuentan con servicios ni accesos preparados, por lo que solo se recomienda el baño en días de mar muy calmado y con marea baja.
Al lado de las piscinas naturales viejas se encuentra el Fuerte de São João Baptista, construido en el siglo XVIII. Fue levantado con un objetivo claro: proteger la costa norte de Madeira de los ataques de piratas y corsarios, que eran muy comunes en aquella época. La ubicación de Porto Moniz, expuesta directamente al Atlántico, lo convertía en un punto vulnerable, por lo que era necesario contar con una estructura defensiva.



Con el paso del tiempo y la desaparición de la amenaza pirata, el fuerte fue abandonado y se fue deteriorando. Sin embargo, en 1998 fue restaurado y adaptado para fines culturales y turísticos. Actualmente, el Forte de São João Baptista alberga el “Centro de Ciencias Vivas de Madeira”, un pequeño museo interactivo con exposiciones sobre la geología, la biología marina y la biodiversidad de la isla. La entrada al fuerte es gratuita y ofrece un excelente mirador con vistas a la costa y al océano Atlántico.

Disfrutamos muchísimo caminando por el paseo marítimo, el tramo comprendido entre las dos piscinas. El intenso azul del mar contrasta de forma espectacular con las rocas negras de lava que bordean toda la costa. Frente a las piscinas viejas se alza el pequeño islote de Ilhéu Mole, coronado por su faro.


Playa Ribeira da Janela
Siguiendo la carretera de la costa, nos desplazamos menos de 3 kilómetros hacia el este hasta llegar a la playa de Ribeira da Janela. Justo al lado de esta playa desemboca el río Janela.
Aquí tenemos otra playa de guijarros, pero ésta es especial ya que el entorno está compuesto por enormes piedras volcánicas en lugar de arena y se encuentra rodeada de altos acantilados cubiertos de vegetación. Frente a la costa se alzan los Ilhéus da Ribeira da Janela, tres imponentes formaciones rocosas que emergen del mar con formas verticales. Su silueta cambia según el punto desde donde se las mire, y son fácilmente reconocibles desde otras freguesías de Porto Moniz.
Un lugar espectacular, sin duda uno de los imprescindibles de nuestro viaje a Madeira.

Todas las paredes son de roca volcánica.

El pueblo de Ribeira da Janela se sitúa a unos 4 km de la playa y a una altitud de 400 metros. Entre ambos puntos hay una buena pendiente, bastante pronunciada. Nosotros llegamos a la costa desde Ponta do Sol, después de dar un paseo por el bosque de Fanal. Al atravesar Ribeira da Janela, hicimos una parada en el Mirador de Eira da Achada. Desde este punto elevado se obtienen unas vistas espectaculares de la costa norte de Madeira, incluyendo los Ilhéus da Ribeira da Janela y los acantilados que se extienden hacia Seixal y São Vicente. La altitud y su ubicación en un saliente natural permiten disfrutar de una perspectiva amplia y despejada del océano Atlántico y del abrupto relieve de la isla.
En el mirador hay un columpio con el típico cartel de “I Ribeira da Janela”, pero como suele pasar en estos lugares pensados para el postureo, había una buena cola para hacerse la foto.


Seixal
Continuamos nuestra ruta por el noroeste de Madeira, y nuestro siguiente destino fue Seixal, otra de las freguesías de Porto Moniz. Está situado en lo alto de un acantilado de roca volcánica, al igual que los lugares que habíamos visitado antes.

Destaca la playa natural de Porto de Abrigo do Seixal, cuya arena volcánica negra contrasta espectacularmente con el verde intenso de las montañas que la rodean. Es una playa poco común en Madeira (la mayoría son de roca), y su belleza salvaje y su entorno natural la hacen realmente especial. Además, es un lugar ideal para nadar, relajarse o practicar surf.

Al lado de la playa de Seixal encontramos la piscina natural pública de Seixal. En comparación con la de Porto Moniz, no tiene tanto encanto pero también es un buen lugar para tomar algo o comer en su terraza.
Al regresar a la parte alta del pueblo, donde está la iglesia y donde habíamos dejado el coche, vimos que nos habían multado, igual que a la mayoría de la fila. Habíamos aparcado al borde de la carretera, como es común en el resto de la isla, pero esta vez fuimos los afortunados en recibir la multa.
Desde la parte alta se puede caminar por el paseo marítimo, que queda muy por encima del mar. Desde allí se observan acantilados salvajes y de difícil acceso.

Continuando por el paseo hay que descender por una fuerte pendiente para llegar a las piscinas naturales de Seixal, también conocidas como Poças das Lesmas. Al igual que las piscinas de Porto Moniz, estas se forman en rocas volcánicas, creando pequeños estanques de agua cristalina que se llenan y vacían con las mareas del océano Atlántico. Destaca sobremanera el arco natural formado de lava.
A diferencia de las piscinas de Porto Moniz, Poças das Lesmas ofrece un ambiente más relajado y auténtico, perfecto para disfrutar sin aglomeraciones. Desde 2024, las piscinas naturales cuentan con socorrista y ahora la entrada cuesta 2,50 € . En el recinto también hay instalaciones sanitarias, duchas y un bar.


Mirador de Véu da Noiva
Continuando nuestra ruta hacia el norte-centro de la isla, y antes de llegar a São Vicente, nos encontramos con otra joya natural de Madeira: la cascada Véu da Noiva, que se precipita directamente sobre los acantilados. Antes de la construcción de la nueva carretera, el agua caía sobre el antiguo tramo de vía, hoy cerrado por riesgo de desprendimientos. El acceso está vallado, incluso para peatones, aunque se puede llegar hasta un mirador con un pequeño aparcamiento, desde donde se obtienen vistas espectaculares de la cascada y la costa.
El río Ribeira de João Delgado, que nace en el interior montañoso de la isla, llega hasta la costa y cae verticalmente desde una altura de 40 metros. La cascada mantiene agua durante todo el año y está flanqueada por dos imponentes acantilados. En su nacimiento, el valle es de difícil acceso, lo que realza aún más su carácter salvaje y recóndito.
El nombre de la cascada, Véu da Noiva (el velo de la novia), proviene de su apariencia, ya que el agua deslizándose por la roca recuerda al velo blanco de una novia. También ha dado lugar a una leyenda popular.
Cuenta la leyenda que la cascada nació de las lágrimas de una joven que fue abandonada por su prometido el día de la boda. Desconsolada, subió al acantilado y lloró tanto que sus lágrimas formaron esta caída de agua, que todavía hoy fluye como un velo blanco sobre el océano.
Leyenda Popular

São Vicente
Para terminar nuestra ruta por la costa noroeste de Madeira, solo nos quedaba visitar São Vicente, un pueblo situado en el centro del norte de la isla, que conecta directamente con el sur a través de la carretera VE4. Exceptuando Ponta do Sol y Ribeira Brava, donde nos alojábamos, São Vicente fue el pueblo que más veces cruzamos durante nuestra estancia.
Desde algunos enclaves cercanos, São Vicente se veía imponente: encajado entre montañas enormes y verdes que caen abruptamente hacia el mar. Sin embargo, al llegar al pueblo nos llevamos una pequeña decepción. Muchas calles, especialmente las que dan al mar y las zonas colindantes, estaban en obras. Nos acercamos al paseo marítimo, pero también allí las obras eran intensas y lo tenían todo levantado. Quizá en unos años todo luzca bonito, pero ahora mismo, la imagen era bastante deslucida. Intentamos llegar a la playa de guijarros esquivando las zonas en construcción, pero con el día gris y el entorno en obras, las fotos que sacamos fueron, sinceramente bastante flojitas.

Las obras en la playa fueron la segunda decepción que nos llevamos en São Vicente. Ya sabíamos que las famosas grutas volcánicas estaban cerradas, pero aún teníamos la esperanza de que hubieran reabierto. Nos hubiera encantado visitarlas; esa fue, en realidad la primera decepción. En un principio, el cierre se debió a tareas de mantenimiento, pero pronto se descubrieron problemas estructurales más graves que obligaron a suspender las visitas de forma indefinida. Estudios geotécnicos posteriores revelaron riesgos de desprendimientos en el interior de las cuevas, lo que hace necesaria una intervención técnica compleja y prolongada.
Las cuevas de São Vicente forman parte de la historia geológica de Madeira. Se originaron durante una de las erupciones volcánicas que dieron forma a la isla cuando la lava, al enfriarse al contacto con el aire y el agua, creó una red de túneles subterráneos conocidos como tubos de lava. Son ocho túneles que superan el kilómetro de longitud. Aunque actualmente el recorrido subterráneo está cerrado al público, es posible visitar el Centro de Vulcanismo, que ofrece exposiciones informativas sobre el origen volcánico de la isla.
Nada más llegar a São Vicente, tuvimos que hacer una parada poco turística: visitar la comisaría de policía para pagar la multa de tráfico que nos habían puesto en Seixal. Más que una decepción, fue un pequeño incordio. Lo que parecía un trámite sencillo se convirtió en una pequeña odisea: los agentes no sabían muy bien cómo gestionarlo y, aunque éramos los únicos en la oficina, tardamos casi una hora y media en resolverlo. Un trámite burocrático que nos robó más tiempo del esperado y que no contribuyó precisamente a mejorar nuestra primera impresión del pueblo.
Cuando salimos, el día estaba triste: caían algunas gotas de lluvia y soplaba algo de viento. Las calles en obras no ayudaban, así que no pudimos disfrutar nada del ambiente. Al lado de la comisaría está el casco antiguo, con su iglesia y el jardín de plantas autóctonas.
Seguimos descendiendo hacia el mar y cruzamos el Parque Urbano de São Vicente, donde vimos algunas esculturas curiosas. Al lado del parque está el río Grande, que desemboca a pocos metros. Al otro lado del río encontramos unas grutas excavadas en la roca.
En la desembocadura del río Grande se halla el rincón más pintoresco de São Vicente: la Capelinha do Calhau, una ermita construida sobre un promontorio de roca basáltica que se sitúa en medio del río. La imagen es muy curiosa y fotogénica, aunque otra decepción más: un puente moderno se apoya justo en la formación rocosa donde está situada la ermita, restándole algo de encanto.

Después de tantas desilusiones, nos refugiamos en el bar Porto de Abrigo, un lugar que nos cautivó por su decoración, ambiente e historia. El Porto de Abrigo de São Vicente se encuentra en un edificio histórico que fue originalmente un almacén marítimo fundado a principios del siglo XX. En aquel entonces, servía como punto de carga y descarga de mercancías y vino entre São Vicente y Funchal, en una época en la que el transporte marítimo era fundamental. Más tarde, se convirtió en una bodega de vino familiar durante varias generaciones. Hoy, bajo nuevos propietarios, el edificio mantiene su esencia como homenaje a su pasado marinero y vinícola, transformado en un acogedor bar junto al mar.
Nos tomamos dos Nikitas sin alcohol, ya que queríamos continuar la ruta por la antigua carretera serpenteante ER228, que conecta con Ribeira Brava pasando por los miradores de Encumenda y Terra Grande. Como no podía ser de otra manera, una nueva decepción: la niebla era tan intensa en el primer mirador que no se veía más allá de un metro.

Leyendo este artículo, parece que en São Vicente todo son decepciones. Sin embargo, en una visita anterior habíamos conocido la Capelinha de Nossa Senhora de Fátima, que destaca por su ubicación inmejorable. Situada en lo alto de una colina, ofrece vistas panorámicas del valle, las montañas circundantes y el océano Atlántico. ¡Una verdadera maravilla!

Su arquitectura también llama la atención: fachadas blancas y una estructura con torre cuadrangular rematada por un elegante pináculo. Un elemento distintivo es su reloj, que aunque no funciona, se ha convertido en un símbolo de la capilla. El acceso se realiza mediante una escalinata que asciende desde el pueblo, permitiendo a los visitantes disfrutar de un recorrido rodeado de vegetación y naturaleza.

Bosque Fanal
Aunque el Bosque de Fanal no se encuentre exactamente en la costa noroeste de Madeira, recomendamos visitarlo al explorar esta zona de la isla. Nosotros partimos temprano, como cada día durante nuestro viaje, desde Ponta do Sol, y a primera hora ya estábamos caminando entre los árboles del bosque Fanal antes de dirigirnos hacia la costa.
El Bosque de Fanal es, sin duda, uno de los lugares más mágicos y fotogénicos de Madeira. Forma parte del Parque Natural de la isla y constituye una joya dentro del ecosistema de laurisilva, un tipo de bosque subtropical húmedo que durante el período Terciario, cubría amplias zonas del sur de Europa. Hoy en día, la laurisilva ha desaparecido casi por completo del continente, pero en Madeira se conserva en un estado excepcional, hasta el punto de haber sido declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1999.

Lo que hace tan especial al bosque de Fanal son sus árboles centenarios de tilo (Ocotea foetens), con formas retorcidas y cubiertos de musgo. Sus siluetas, especialmente cuando la niebla cubre el terreno, parecen sacadas de un cuento de hadas… o de una historia de fantasmas.

Habíamos leído que lo mejor era visitarlo a primera hora para asegurarse de encontrar niebla, y así lo hicimos. Sin embargo, ese día la niebla era tan espesa que nos resultaba difícil seguir el track que teníamos previsto. Caminamos un buen rato, pero al no mejorar la visibilidad decidimos regresar al coche, ayudados por el GPS, después de habernos desorientado un poco. ¡Y eso que KxK se orienta genial en montaña, incluso organiza pruebas de orientación! Nosotros no éramos los únicos que andábamos sin rumbo: incluso una familia nos preguntó cómo llegar al lago Fanal, ya que no sabían orientarse en medio de la intensa niebla.



Hemos vuelto a mostrar un amplio abanico de lugares interesantes para visitar en la mágica isla de Madeira, esta vez en su parte Noroeste.
