Costa Sur de Madeira

La costa sur de Madeira destaca por sus paisajes espectaculares, donde acantilados verticales se alzan sobre un océano Atlántico. El contraste visual es impactante: cada rincón ofrece vistas únicas y un encanto inigualable. En esta zona, los colores vibrantes de la naturaleza se combinan con pueblos pintorescos que parecen suspendidos entre el cielo y el mar, ofreciendo rincones de tranquilidad y auténtica vida marinera.
Partiendo desde nuestro alojamiento en Ponta do Sol, recorreremos toda la costa sur de Madeira, desde Câmara de Lobos hasta Ponta do Pargo. A lo largo del camino descubriremos miradores con vistas infinitas, como el Cabo Girão —uno de los acantilados más altos de Europa—, pequeñas aldeas con sabor tradicional, y zonas de cultivo principalmente de bananos, en terrazas sobre las laderas volcánicas. Es un recorrido perfecto para dejarse llevar por la belleza natural de la isla y su ritmo pausado.
Aquí se muestra el mapa completo con todas las ubicaciones de Madeira que aparecen en el artículo de la guía completa.
Los lugares que se describen a continuación no los visitamos en el orden en que aparecen ni todos en el mismo día. Están agrupados según su proximidad geográfica, partiendo desde Ponta do Sol, primero hacia el este y luego hacia el oeste. El recorrido real, con el orden de visita, se detalla en el articulo de la guía Completa de Madeira.
Indice del artículo
Ponta do Sol
No podíamos empezar a hablar sobre los pueblos de Madeira sin mencionar primero a Ponta do Sol. Fue el lugar donde nos alojamos y sin duda, el que más nos gustó. Este encantador y pintoresco pueblo costero es conocido por ser uno de los rincones más soleados de la isla —de ahí su nombre que significa “Punta del Sol”. Varios días al atardecer, estábamos a pocos kilómetros de allí con el cielo completamente cubierto y al llegar a Ponta do Sol, como por arte de magia, el cielo se abría y nos regalaba una preciosa puesta de sol.
Lo primero que llama la atención al llegar son los dos túneles habilitados como aparcamiento, situados en los extremos de la Avenida 1º de Maio, la calle principal junto al mar. Los aparcamientos están en cuesta y del techo cae bastante agua, así que comenzamos nuestra visita sorprendidos por lo curioso del lugar.
El pueblo está encajado entre acantilados cubiertos de plataneras, caña de azúcar y viñedos en terrazas, donde también se encuentran algunas casas. El centro es muy tranquilo porque el tráfico se desvía por fuera del núcleo urbano. En sus calles peatonales hay varias terrazas y restaurantes con un ambiente relajado, lejos del turismo masivo que se ve en otras zonas de Madeira.
El paseo marítimo es pequeño pero muy bonito. Aquí se encuentran edificios coloridos con fachadas de estilo colonial portugués. La playa, de unos 150 metros, es de guijarros y está protegida por un muelle, lo que permite bañarse con tranquilidad sin preocuparse por las corrientes del Atlántico. Al final del paseo se encuentra el muelle del siglo XIX, al que se accede cruzando un puente con forma de arco que conecta con un islote donde antiguamente había una prisión excavada en la roca y un cuartel de la guardia. Hoy en día, ese espacio alberga un restaurante y un bar con vistas a la playa. Un lugar perfecto para ver el atardecer.

Otro buen sitio para ver la puesta de sol es el muelle moderno, al otro lado de la playa, construido con grandes bloques de hormigón.

Durante varios días pudimos disfrutar de los atardeceres en Ponta do Sol, con el sol ocultándose en el horizonte mientras acantilados y cascadas que caen al mar ofrecían un espectáculo natural difícil de olvidar.

Desde el muelle de hormigón, nos acercamos al túnel donde habíamos aparcado el coche. Este túnel pertenece a la antigua carretera que conectaba Ponta do Sol con Madalena do Mar, una vía estrecha y serpenteante que quedó en desuso al construirse las nuevas carreteras rápidas. Al cruzar el túnel seguimos caminando por el puente del Caminho Real y más adelante, por un sendero estrecho que nos llevó de nuevo a la vieja carretera. Aunque hay señales que prohíben el paso por peligro de desprendimientos, casi nadie hace caso y en poco tiempo llegamos a uno de los lugares más sorprendentes de Madeira: la Cascata dos Anjos (la cascada de los ángeles).
Desde lo alto del acantilado, el agua cae directamente sobre la antigua carretera. Hasta hace pocos años, los coches aún circulaban por allí y podían pasar literalmente por debajo del chorro. Hoy se ha hecho muy popular en Instagram, pero tuvimos suerte y solo nos encontramos con una pareja. Si hubiera habido más gente, aún estaríamos esperando a que terminaran sus mil y una poses con la cascada. ¡Cómo odiamos el postureo!


Una de las rutas que más ilusión nos hacía era la Levada do Moinho (PR7), especialmente porque comenzaba muy cerca de nuestro alojamiento. Por desgracia, el acceso estaba cerrado por las autoridades. Por suerte, nos habíamos informado previamente en la web oficial de senderos clasificados, así que evitamos acercarnos en vano.
Câmara de Lobos
Câmara de Lobos es un pintoresco pueblo pesquero situado en la costa sur de Madeira. Sus casas encaladas, las barcas de colores y las callejuelas empedradas le dan un encanto especial. Nuestra primera parada fue la playa de Vigário, donde pudimos comprobar cómo son muchas de las playas de Madeira: nada de arena fina sino grandes guijarros que cubren toda la orilla. Caminando hacia el puerto, nos sorprendieron las enormes rocas de basalto que se adentran en el mar.


Al llegar al puerto, vimos cómo está encajado al pie de la ladera, rodeado de terrazas cubiertas de plataneras. En una de las paredes encontramos un precioso mural de un lobo marino: no en vano, el nombre «Câmara de Lobos» significa “guarida de lobos”. Frente al puerto, justo en la entrada de un hotel de cuatro estrellas, hay una escultura de hierro de Winston Churchill pintando, en recuerdo a su visita al pueblo y al cuadro que realizó aquí.


Era la hora de comer y todas las terrazas estaban llenas de turistas disfrutando de los platos típicos de la gastronomía madeirense. Nosotros decidimos seguir callejeando. Subimos por el Caminho do Calhau, desde donde se obtienen algunas de las mejores vistas del pueblo y de las montañas que lo rodean.


Antes de regresar al coche, visitamos el Jardim do Ilhéu, o Jardín del Islote, desde donde se contempla una bonita panorámica hacia los acantilados de Cabo Girão, nuestro próximo destino.

Antes de dirigirnos hacia allí, subimos a la parte alta de Câmara de Lobos, al Mirador de Pico da Torre. Desde aquí donde se obtiene una perspectiva inmejorable del pueblo.

Mirador Cabo Girão
Desde Câmara de Lobos nos dirigimos a uno de los lugares más visitados y fotografiados de Madeira: el Mirador de Cabo Girão. Este impresionante balcón se alza a 580 metros sobre el nivel del mar y como indica el cartel informativo, se trata de uno de los acantilados costeros más altos del mundo. Desde allí, se disfruta de una vista espectacular del océano Atlántico, de las fajãs (terrazas agrícolas situadas al pie del acantilado) y de los alrededores de Funchal y Câmara de Lobos.
En 2012 se inauguró una pasarela con suelo de cristal (skywalk) que permite caminar literalmente sobre el vacío, con el acantilado justo bajo los pies. Es una experiencia impactante, pero nada recomendable para aquellos que sufran de vértigo.
Para acceder al mirador hay que comprar la entrada en una máquina automática. Cuesta 3 €, y el acceso se realiza también de forma automática, pasando el código de barras por un torno. La visita es rápida, ya que no hay que caminar prácticamente nada. Basta con asomarse y dejarse impresionar por las vistas.

Nos quedamos con las ganas de visitar el Teleférico de Fajã dos Padres desde Cabo Girão, pero cuando llegamos ya había cerrado y no tuvimos ocasión de regresar por esa zona. Este teleférico salva un impresionante acantilado de unos 300 metros de altura, descendiendo en vertical hasta una pequeña franja costera conocida como Fajã dos Padres, un terreno fértil enclavado entre el mar y la montaña.
El precio de ida y vuelta es de 12 €, lo cual no nos pareció caro en comparación con el precio del teleférico de Achadas da Cruz, que costaba solo 5 €.
Ribeira Brava
Durante nuestra estancia en Madeira, Ribeira Brava fue uno de esos lugares por los que pasamos casi a diario. Su localización estratégica, justo en el cruce entre la ER101 y la VE4, facilita el acceso tanto al sur como al norte de la isla, convirtiéndola en un punto de paso habitual para quienes recorren Madeira en coche.
El nombre del pueblo, Ribeira Brava, hace referencia al río que lo atraviesa. Aunque suele tener un cauce tranquilo que en temporada de lluvias puede transformarse en un torrente impetuoso. Afortunadamente, está completamente encauzado para prevenir cualquier riesgo de desbordamiento. A pesar de su cercanía al mar, la localidad se halla rodeada de imponentes montañas.
Tras dejar el coche junto al río, caminamos hacia el corazón del pueblo. Llegamos a la Iglesia de São Bento, considerada una de las más bonitas de Madeira. Aunque su estructura principal data del siglo XVI, sus raíces se remontan a una sencilla capilla del siglo XV. A lo largo de los siglos ha sido remodelada varias veces, y hoy en día combina detalles manuelinos, manieristas y barrocos que le otorgan un encanto especial.
El entorno de la plaza y la iglesia resulta muy atractivo para la fotografía. El templo, de fachada blanca, contrasta con las laderas cubiertas de cultivos en terrazas que se elevan tras él. Una de las cosas que más nos llamó la atención fue su campanario, coronado por una cúpula piramidal decorada con azulejos tradicionales en azul y blanco, que reflejan la luz del sol de forma espectacular.

En la parte baja de Ribeira Brava se extiende un agradable paseo marítimo, rodeado de tiendas de recuerdos, terrazas donde tomar algo con vistas al mar y un pequeño mercado local. La playa del pueblo, al igual que muchas otras que hemos visto en Madeira, está compuesta por grandes guijarros y protegida por un espigón de hormigón que amortigua el oleaje.

A mitad del paseo se alza el Fuerte de São Bento, una construcción histórica que data de 1708. Fue levantado por orden del gobernador local con el objetivo de proteger la costa de los ataques de piratas y corsarios, una amenaza constante en aquella época. Sin embargo, en el siglo XIX, una gran inundación —algo común en esta zona antes de que se canalizara el río— lo destruyó casi por completo. No fue hasta un siglo más tarde cuando se restauró parcialmente, conservando únicamente una torre circular. Hoy en día, alberga la Oficina de Turismo del municipio.

Madalena do Mar
Madalena do Mar es una pequeña localidad costera situada cerca de Ponta do Sol. La ladera cercana al mar está cubierta de extensas plantaciones de plataneros, que prosperan gracias al clima suave y al nivel de humedad ideal para el cultivo de esta fruta, auténtico sustento económico del pueblo.

Nosotros nos acercamos a Madalena do Mar atraídos por esta tradición agrícola, concretamente para realizar la conocida Ruta de los Plátanos. Se trata de un paseo muy sencillo, de apenas 2 kilómetros, que atraviesa varias plantaciones de los característicos plátanos dulces de Madeira. Lo más llamativo es ver cómo el agua de las levadas —los canales de riego tradicionales— desciende con fuerza desde las montañas cercanas para alimentar los cultivos.
Durante el recorrido nos adentramos en un pequeño laberinto entre plataneras, siguiendo tres senderos señalizados que conforman la ruta completa: la Vereda da Ladeira (RB1), la Vereda do Nateiro (RB2) y la Vereda da Vargem (RB3). Cada tramo permite apreciar el paisaje desde diferentes perspectivas, y ofrece una mirada auténtica al día a día de esta zona agrícola.
A lo largo del camino nos encontramos con varios puestos improvisados donde se podían coger plátanos a cambio de una donación y en algunos casos, incluso los ofrecían de forma gratuita.

En un tramo del recorrido, el sendero desemboca en el paseo marítimo, desde donde pudimos observar la playa local. Otra de las muchas en Madeira compuesta por grandes guijarros y arena negra de origen volcánico.

Calheta
Continuando nuestro recorrido por la costa sur de Madeira en dirección oeste, la siguiente parada fue Calheta. Esta localidad se presenta como uno de los destinos más orientados al turismo masivo en esta parte de la isla. Allí encontramos grandes complejos hoteleros, restaurantes, bares y empresas dedicadas a ofrecer todo tipo de actividades para visitantes. El ambiente nos pareció muy distinto al de la Madeira más auténtica que veníamos conociendo hasta entonces, con un estilo que recuerda más a cualquier localidad mediterránea popular entre los turistas. Imaginamos que en temporada alta debe estar abarrotada.
El principal atractivo de Calheta es su playa de arena, compuesta por dos explanadas artificiales ubicadas una frente a la otra y protegidas por espigones que calman el oleaje. Esta playa fue inaugurada en 2004 y tiene la particularidad de ser la primera playa artificial de la isla. La arena fue traída expresamente desde Marruecos, y gracias a la protección del puerto, el agua resulta algo más cálida que en otras zonas de Madeira. Es un lugar muy frecuentado en los días calurosos, cuando el atractivo de la arena fina atrae a numerosos visitantes.
En nuestro caso, el clima no era especialmente cálido y como no somos muy aficionados a pasar tiempo en la playa, optamos por pasear tranquilamente por el paseo marítimo y explorar el puerto deportivo, sin llegar a pisar la arena.
La arena de la orilla tenia un color negro.

Jardim do Mar
Continuamos hacia el oeste hasta llegar a Jardim do Mar, otra localidad costera. En realidad, no se trata de una localidad independiente, sino de una de las ocho parroquias (freguesias, en portugués) que forman el municipio de Calheta.
Con un nombre tan bonito, esperábamos más de Jardim do Mar. Aun así, hay que reconocer que está enclavado en un lugar espectacular: un pequeño rincón de tierra entre el mar y una imponente pared montañosa repleta de terrazas con plataneros. Es un pueblo muy tranquilo, y sus tres playas atraen a numerosos surfistas de todo el mundo, especialmente en otoño e invierno. Cuando lo visitamos, el mar estaba muy en calma y como era de esperar no había ningún surfista.
Nada más aparcar, llegamos a la Iglesia de Jardim do Mar, pintada de blanco como la mayoría de iglesias en Madeira. Nos llamó la atención la cantidad de arcos que tiene. El pueblo está lleno de callejones estrechos, con cuestas en todas direcciones y sin un orden claro, lo que lo hace algo laberíntico. Por eso, no conseguimos sacar buenas fotos ni de la iglesia ni de las calles.
Bajando por los callejones llegamos a un largo paseo marítimo, con un jardín a un lado y el mar al otro. En un principio, nos pareció un paseo algo monótono y con vistas poco llamativas.

A pocos kilómetros vemos Paul do Mar encajonado entre la montaña y acantilado, para salir de Paul do Mar debemos subir a la parte alta del acantilado.

Paul do Mar
Paul do Mar es otra parroquia del municipio de Calheta, situada a poco más de 3 km de Jardim do Mar. Por tierra, la única forma de unir estas dos localidades es a través de un túnel, ya que el acceso por la costa es imposible.
Paul do Mar es un pueblo con tradición pesquera. En su día, aquí funcionó una fábrica conservera de atún. Hoy en día, la pesca sigue siendo una actividad importante, junto con el cultivo de plátanos. Aunque la freguesia es pequeña, tiene mucho encanto. Las casas están bien ordenadas y existe un plan de remodelación que propone pintar las fachadas en distintos colores para embellecer el pueblo. Es un lugar tranquilo pero con todas las comodidades turísticas necesarias como restaurantes, bares, comercios y tiendas de recuerdos.


En uno de los extremos de Paul do Mar se encuentra su pequeño puerto y el rompeolas que protege la típica playa de guijarros. En el muelle vimos varias barcas que estaban siendo pintadas o reparadas. Justo detrás, al pie del acantilado, nos sorprendió descubrir la cascada de Paul do Mar, que cae directamente al mar. Un rincón inesperado y muy fotogénico.


En la foto que tomamos desde Jardim do Mar, ya se apreciaba cómo Paul do Mar está encajonado entre el mar y el acantilado. Para continuar hacia el oeste, tuvimos que ascender por ese mismo acantilado. La carretera que lleva a Fajã da Ovelha está llena de curvas y más curvas. Es un trayecto impresionante, no solo por su trazado, sino por los paisajes que ofrece. Sin embargo, era habitual encontrar piedras caídas en la calzada, desprendidas de las paredes del acantilado.
Desde Fajã da Ovelha nos dirigimos al Mirador de Massapez, desde donde disfrutamos de unas vistas increíbles de Paul do Mar, Jardim do Mar y todo su entorno. Un lugar perfecto para apreciar la belleza abrupta de esta parte de la isla.

Faro de Ponta do Pargo
Continuamos nuestra ruta hasta llegar al extremo más occidental de Madeira: Ponta do Pargo. Durante cinco años, este lugar fue considerado el punto más occidental del mundo occidental, hasta que se descubrieron las islas Azores. En aquella época, se le veía como el fin del mundo conocido, más allá del cual solo existía un inmenso océano lleno de misterios, monstruos marinos y leyendas. Sin embargo, unos 70 años más tarde, con el “descubrimiento” de América, aquella visión quedó como una simple anécdota histórica.
Al borde de un acantilado de casi 300 metros de altura se alza el faro de Ponta do Pargo. Junto a él se encuentra el pequeño museo del faro, que ofrece información interesante sobre su historia y funcionamiento.

Las vistas desde el mirador de Ponta do Pargo son impresionantes. Hacia el norte, los acantilados que se extienden en dirección a Achada da Cruz están entre los paisajes más sobrecogedores de la isla: enormes paredes escarpadas, verdes, cubiertas de vegetación tropical. En cierto modo, recuerdan a la imagen que muchos tenemos de Hawái.

Garganta Funda
Garganta Funda fue uno de los lugares que más nos sorprendió de Madeira. Se trata de una espectacular cascada de unos 140 metros de altura, ubicada junto al mar, en la parroquia de Ponta do Pargo.
El acceso se realiza descendiendo por una ladera hasta un mirador situado justo enfrente de la cascada. Desde allí, se puede observar cómo el agua del río Ribeiro dos Moinhos avanza hacia el precipicio y cae en una profunda cavidad que desaparece de nuestra vista, como si se tratara de una garganta sin fondo, antes de conectarse directamente con el océano.
La cascada es más impresionante durante el invierno o después de lluvias abundantes, cuando su caudal aumenta considerablemente. En verano en cambio, su flujo puede disminuir notablemente o incluso secarse por completo.

Vistas de garganta funda desde el mirador.

Un poco más abajo del mirador principal, es posible obtener una vista espectacular de los acantilados que bordean esta parte salvaje y poco explorada de la isla.

Con este artículo ya te hemos dado motivos suficientes para interesarte por Madeira y empezar a preparar un futuro viaje a esta preciosa y asombrosa isla.
