Costa Noreste de Madeira

Continuamos la descripción de la costa de Madeira. En capítulos anteriores recorremos el sur y el noroeste de la isla; ahora, partimos desde donde dejamos nuestra ruta en el anterior post, São Vicente, y seguimos recorriendo todo el noreste hasta la punta de São Lourenço, que contaremos en el siguiente artículo. La costa noreste de Madeira es una zona donde la naturaleza y el mar se encuentran en perfecta armonía.
Durante nuestra ruta visitamos miradores alucinantes como los de São Cristóvão, Guindaste, Curtado o Portela, recorremos antiguas ruinas, conocemos pueblos con arquitectura tradicional y destilerías ancladas en la época de la revolución industrial. También nos adentramos en reservas naturales, caminamos por levadas que conducen a cascadas sorprendentes y picos emblemáticos, sin olvidarnos del océano Atlántico con sus salvajes acantilados y piscinas naturales. Este recorrido muestra la diversidad de paisajes que caracterizan esta zona, donde el mar y la montaña se combinan a la perfección.
Aquí puedes ver el mapa con todos los puntos de interés de Madeira que aparecen en la guía completa
Los puntos que se citan a continuación están organizados por cercanía entre sí, pero no reflejan el orden ni la cronología exacta de la visita. El recorrido real, con el orden de visita, se detalla en el articulo de la Guía Completa de Madeira.
Indice del artículo
Mirador de São Cristóvão
Nos dirigíamos hacia el este por la carretera VE1 y a la altura de la freguesia de Boaventura, perteneciente al municipio de São Vicente, descubrimos uno de los miradores que más nos sorprendieron del viaje. Basta con seguir las indicaciones de “miradouro” desde la carretera principal para llegar hasta él. Íbamos sin expectativas, creyendo que se trataba de otro mirador más, pero se convirtió en uno de los paisajes que más nos cautivó en Madeira
Las vistas desde el Mirador de São Cristóvão son simplemente espectaculares. Disfrutamos del contraste entre las aguas turquesas del Atlántico, los acantilados verticales y las laderas verdes del Pico Alto, que hace honor a su nombre: pasa de 0 a 500 metros de altitud en muy poca distancia. Desde allí se aprecia toda la majestuosidad de la costa norte de Madeira, a menudo comparada con Hawái por sus paisajes dramáticos, algo que ya habíamos comentado en el Mirador de Garganta Funda, en el oeste de la isla.
El lugar cuenta con un restaurante y una terraza privilegiada, tan solicitada que era imposible encontrar sitio libre. La gente se acomodaba como podía para disfrutar del entorno, y nosotros no fuimos la excepción: encontramos un banco cercano al restaurante y nos quedamos un buen rato, simplemente admirando el paisaje.
Nosotros llegamos en coche hasta el mirador, pero también se puede acceder a pie a través del Caminho Real, una ruta de senderismo que conecta el Arco de São Jorge con este punto panorámico. El recorrido tiene entre 5 y 6 kilómetros (ida y vuelta), con un desnivel considerable y una dificultad que va de moderada a exigente. Vimos llegar a un grupo numeroso de senderistas, exhaustos pero encantados tras haber completado la ruta.
Tras el Mirador São Cristóvão nos hubiera gustado visitar el Mirador de Bom Jesus que se encontraba cerca, pero el acceso estaba cerrado, algo que no nos importó tanto ya que habiamos disfrutado muchísimo en São Cristóvão

Ruinas de São Jorge
A las ruinas de São Jorge también nos dirigimos sin muchas pretensiones. Realmente no nos habíamos informado demasiado: sabíamos que había un arco antiguo pero poco más. No era un lugar que nos motivara especialmente. Habíamos terminado la ruta de la Levada do Caldeirão Verde y buscábamos un sitio tranquilo para descansar y comer.
Las Ruinas de São Jorge se encuentran junto a la Praya de Calhau de São Jorge, en la costa norte de Madeira, dentro del municipio de Santana. Este lugar alberga los restos de uno de los primeros asentamientos coloniales de la isla, vinculados a la producción azucarera en los siglos XV y XVI. Las ruinas pertenecen a los antiguos molinos de caña de azúcar, construidos junto al cauce de la Ribeira de São Jorge. En aquella época, el azúcar producido en esta zona se convirtió en uno de los principales suministros del mercado europeo y sustento de la economía local.
De todo el conjunto, lo que mejor se conserva es una gran puerta de piedra que aún se mantiene en pie, resistiendo el paso del tiempo, los elementos naturales y también los actos vandálicos.

La Playa de São Jorge también es de guijarros, como la gran mayoría en Madeira. Es un lugar tranquilo, ideal para descansar y recuperar fuerzas después de la caminata. Al parecer, no éramos los únicos que buscaban un momento de relax junto al mar. Aprovechando la gran cantidad de piedras redondeadas que cubren la playa, encontramos numerosas pilas de piedras (cairns) cuidadosamente equilibradas, creadas por otros visitantes.

Santana
Nuestra siguiente parada fue Santana, una pintoresca localidad situada a unos kilómetros hacia el interior, aunque también cuenta con una zona de costa salvaje, accesible únicamente por teleférico. Muy cerca, en el interior de la isla, se encuentra el Pico Ruivo —el punto más alto de Madeira, con 1.862 metros de altitud— y el Parque Forestal de Queimadas, desde donde parte la levada do Caldeirão Verde, la que más nos gustó de toda la isla.
Casas típicas de Santana
Uno de los principales atractivos de Santana, y lo que atrae a la mayoría de los visitantes, son sus famosas casas tradicionales llamadas palhoças. Estas viviendas, con su característica estructura triangular de madera (como no podía ser de otra forma en Madeira, donde abunda la madera), tenian tejados de paja que llegaban hasta el suelo. La paja procedía de los cultivos de cereales como el trigo o el centeno. La madera ayudaba a estabilizar la temperatura interior y la pronunciada inclinación del tejado aseguraba un buen drenaje del agua de lluvia.
Las casas disponían de dos plantas. En la superior se almacenaban los productos agrícolas, mientras que en la planta baja se encontraban la cocina y el dormitorio.
Pintadas con vivos colores —azul, rojo y blanco—, estas viviendas se han convertido en el símbolo más reconocible del pueblo, e incluso de toda la isla. En el centro de Santana se puede visitar el Núcleo de Casas Típicas, donde algunas han sido rehabilitadas como pequeños museos o tiendas de artesanía. Es un lugar ideal para conocer la arquitectura rural tradicional de Madeira y tomar fotografías. Por la zona también vimos varias casas antiguas, aunque no tan restauradas como las del núcleo. La mayoría estaban semiabandonadas.

Una visita interesante, especialmente si se viaja con niños, es el Parque Temático de Madeira. Se trata de un espacio educativo donde se explican las tradiciones, la historia y la naturaleza de la isla a través de pabellones multimedia y zonas al aire libre.
Parque Forestal de Queimadas
A solo cuatro kilómetros del centro de Santana, hacia las montañas del interior, se encuentra el Parque Forestal de Queimadas. Para llegar hay que recorrer una carretera sinuosa, empinada y muy estrecha, por la que apenas cabe un coche. Es importante conducir con mucho cuidado, ya que suele haber bastante tráfico en la zona.
Este parque forma parte del Parque Natural de Madeira y está rodeado por el exuberante bosque de laurisilva, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Al llegar, nos encontramos con un paisaje cubierto de musgo, árboles centenarios y una niebla suave que envolvía el entorno con un aire misterioso. El edificio principal del parque es una antigua casa forestal que conserva el estilo tradicional de la zona, con paredes blancas y un característico tejado de paja a dos aguas.

El Parque Forestal de Queimadas es el punto de partida de varias rutas de senderismo, pero la más conocida y popular es la que lleva al Caldeirão Verde. Se trata de una caminata de unos 6,5 kilómetros (solo ida) que sigue el trazado de una antigua levada, un canal de riego excavado en la roca. A lo largo del recorrido, el sendero atraviesa túneles abiertos a mano, cruza acantilados cubiertos de vegetación y ofrece vistas espectaculares del valle. Al final del camino, te espera una impresionante cascada de casi 100 metros de altura, que cae en una pequeña laguna de aguas cristalinas y color verde esmeralda, el cual da nombre a la cascada.

Pico Ruivo
El Pico Ruivo, con sus 1.862 metros de altitud, es el punto más alto de Madeira y uno de los miradores naturales más impresionantes de la isla. Se puede alcanzar fácilmente desde Achada do Teixeira, a través de un sendero bien señalizado de unos 3 kilómetros que asciende entre formaciones rocosas. La dificultad es baja a moderada. En los días despejados, desde la cima se disfruta de una vista de 360 grados que abarca todo el relieve montañoso de Madeira, desde el Pico do Areeiro hasta el océano Atlántico.
Otra opción para llegar al Pico Ruivo es la ruta que conecta con el Pico do Areeiro. Esta es la más desafiante y, sin duda, la más espectacular. Con una distancia de aproximadamente 6 kilómetros (solo ida), implica un desnivel considerable, con constantes subidas y bajadas, muchas de ellas a través de escaleras esculpidas en la roca. El sendero serpentea por túneles, pasarelas vertiginosas sobre precipicios y ofrece vistas impresionantes de valles profundos y crestas afiladas.
Cuando nosotros fuimos, esta ruta estaba cerrada al paso, por lo que recomendamos consultar la web oficial de la Secretaría Regional de Turismo, Medio Ambiente y Cultura.
Nosotros solo visitamos el Pico do Areeiro, ya que la ruta completa estaba cerrada. La siguiente foto nos la ha cedido @txubi, quien sí pudo completar la ruta Arieiro–Ruivo–Achada do Teixeira con Civitatis.

Cascada de Aguage
A solo 2 kilómetros del centro de Santana encontramos otro lugar sorprendente: la cascada de Aguage. Es un rincón poco conocido, pero altamente recomendable. Se trata de una cascada rodeada de vegetación tropical, con un salto de 20 metros de altura desde una roca basáltica que recuerda, en estilo tropical, a la famosa cascada islandesa de Svartifoss.
A diferencia de muchas otras cascadas en Madeira, que requieren largas caminatas, la cascada de Aguage es bastante accesible. Se puede llegar en coche hasta muy cerca del punto de inicio del sendero, que tiene una distancia de solo 800 metros (ida y vuelta) y un desnivel de apenas 20 metros. Al no tratarse de una ruta oficial, no hay señalización homologada; únicamente algunos carteles hechos a mano que indican el camino.

La Reserva Natural de Rocha do Navio es uno de los rincones más pintorescos y tranquilos de la isla de Madeira, alejado de las zonas más concurridas. Su nombre, que significa “Roca del Navío”, hace referencia al naufragio de un barco holandés que encalló en esta costa en el siglo XIX. Situada en el litoral de Santana, esta reserva combina paisajes volcánicos espectaculares, una biodiversidad notable y el acceso a una antigua fajã: una planicie junto al mar formada por deslizamientos de tierra, que aún mantiene su uso agrícola tradicional.
Desde 1997, Rocha do Navio está protegida como reserva natural, tanto por su valor ecológico en tierra como por la riqueza de su entorno marino, donde habitan numerosas especies endémicas de flora y fauna.
Uno de los puntos más destacados es el mirador situado en lo alto del acantilado, desde el que se disfruta de una vista impresionante del Atlántico, del islote Ilhéu da Viúva y de toda la costa escarpada del norte de la isla. Desde esa altura también se divisan las terrazas agrícolas que aún se cultivan siguiendo métodos tradicionales.

La forma más cómoda y rápida de descender hasta la fajã y la playa es mediante el teleférico, que salva un desnivel de 330 metros en apenas cinco minutos. Originalmente construido para facilitar el acceso de los agricultores a sus tierras y el transporte de sus productos, hoy también es una opción muy apreciada por los visitantes, gracias a las espectaculares vistas que ofrece durante el trayecto

Faial
Continuamos la ruta hacia el este y, en la localidad de Faial, visitamos dos miradores muy distintos entre sí: uno a nivel del mar y otro en las alturas, junto a la antigua carretera.
Mirador de Guindaste
El Mirador de Guindaste está situado en la ladera de la desembocadura de la Ribeira do Faial, en la zona conocida como Zona Balnear do Faial, a unos 26 metros sobre el nivel del mar. Se puede acceder cómodamente en coche hasta el mismo mirador.
Desde allí se disfrutan de vistas espectaculares de la costa norte de Madeira, desde Faial hasta Ponta de São Lourenço, con la imponente roca de Penha d’Águia dominando el horizonte.
El mirador cuenta con dos plataformas de vidrio que sobresalen sobre el acantilado. Estas pasarelas de cristal permiten ver directamente el mar, las rocas y la orilla bajo tus pies, ofreciendo una sensación emocionante de estar suspendido sobre el océano.

Mirador do Curtado
Aunque pertenece a la parroquia de Faial, el Mirador do Curtado se encuentra muy cerca de la cascada Aguage, en el término municipal de Santana. Si circulamos por la carretera regional ER‑103, entre Santana y Faial, encontraremos este mirador al borde de la antigua carretera.
Desde aquí se obtienen vistas espectaculares del océano Atlántico y de los acantilados del norte de Madeira. En días despejados, incluso es posible distinguir la silueta de la isla de Porto Santo en el horizonte. También destaca la imponente Penha d’Águia, una formación rocosa de unos 600 metros de altura que domina el paisaje. A nuestros pies, se extiende la freguesia de Faial, rodeada de verde y abierta al mar.

Porto da Cruz
Porto da Cruz es una freguesía del municipio de Machico, situada entre el mar y los altos acantilados que la rodean, en una de las zonas más verdes y abruptas de Madeira. El paisaje está dominado por la impresionante Penha d’Águia, una enorme formación rocosa que se eleva desde el océano y que ya habíamos visto desde el Mirador do Curtado. Esta mole se ha convertido en un símbolo del pueblo. Las montañas que lo rodean están cubiertas de una frondosa vegetación subtropical, con viñedos en terrazas en las laderas.
Cuando los primeros colonos llegaron a esta parte de la isla, no encontraron condiciones favorables para construir un puerto, pero aprovecharon una pequeña ensenada natural como punto de desembarco para personas y mercancías. Para marcar ese lugar —como solía hacerse entonces— colocaron una gran cruz de madera, que servía tanto de referenciacomo de protección espiritual. Así fue como el sitio comenzó a llamarse «Porto da Cruz».

Aparcamos como pudimos en el parking cercano a la playa de Alagoa, la principal de Porto da Cruz. Es una pequeña playa de arena volcánica y guijarros, donde el agua, normalmente cristalina y de tonos azul turquesa, ese día, nublado y gris, adquiria un tono verde profundo. La playa está resguardada por la imponente silueta de la Penha d’Águia, que se alza como una pared de piedra sobre el mar. Este rincón es muy popular entre los surfistas, que vienen atraídos por las buenas olas.
Desde la playa seguimos caminando por el paseo marítimo que conecta Alagoa con la zona de las piscinas naturales. El camino recorre una pequeña península coronada por un antiguo fuerte, y ofrece vistas preciosas al océano. Nos detuvimos un rato para disfrutar del paisaje y del sonido del oleaje rompiendo contra la orilla, formada sobre todo por grandes bloques de basalto.
Al final del paseo se encuentra el Complejo de Baños de Porto da Cruz, con dos piscinas de agua salada construidas junto a los acantilados. Aunque están protegidas, cuando la marea sube y el mar se agita, las olas pueden romper con fuerza sobre los muros, dándole al lugar un ambiente salvaje y muy especial.

Seguimos explorando Porto da Cruz y decidimos buscar algún sitio para comer, pero todo estaba lleno. Tras dar algunas vueltas sin suerte, optamos por dejarlo para más tarde y comer en Caniçal, nuestra próxima parada. Vimos al fondo la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, ya estábamos algo cansados, así que dimos la vuelta y pusimos rumbo de nuevo hacia la playa de Alagoa. Por el camino pasamos junto a varios restaurantes más, pero todos estaban igual: completamente a tope.
Habíamos dejado para el final una de las visitas imprescindibles de Porto da Cruz: su antigua destilería de ron, el Engenhos do Norte. Este lugar todavía produce aguardiente de forma tradicional y permite ver todo el proceso de elaboración, además de ofrecer degustaciones. La destilería fue inaugurada en 1927 y hoy en día es la única en Europa que sigue utilizando maquinaria de vapor original del siglo XIX. Por eso, más que una fábrica, parece un museo en funcionamiento que nos habla del pasado industrial de la isla. La visita es gratuita y está abierta al público, como es habitual, también tienen una tienda donde puedes comprar todos sus productos.




Y para cerrar la visita por la zona, no podía faltar una parada en el último mirador del día, el Mirador de Portela, situado entre Porto da Cruz y Machico. A 670 metros de altitud, ofrece unas vistas espectaculares del valle, la costa norte de Madeira y por supuesto, la imponente silueta de la Penha d’Águia, que domina el paisaje desde el mar hasta las alturas.
Antes de marcharnos, nos acercamos a un restaurante cercano y para nuestra sorpresa, estaba lleno de senderistas. Seguramente muchos de ellos acababan de terminar la Vereda das Funduras o la Levada do Furado que parte desde Ribeiro Frio.

