Saint Louis, Senegal: una ciudad colonial de contrastes

Saint-Louis situada al norte de Senegal, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es una ciudad de enormes contrastes: casas coloniales deterioradas junto a viviendas humildes, barrios de pescadores llenos de vida y niños que llenan las calles de alegría, pero también basura y abandono. Entre las coloridas pirogas de Guet Ndar, la playa de Saint-Louis repleta de actividad y la costa salvaje de la Langue de Barbarie, descubrimos una ciudad auténtica, bulliciosa y fascinante, donde el pasado colonial convive con la realidad cotidiana del Senegal actual.
Indice del artículo
- 1 Localización de Saint Louis
- 2 Historia de Saint Louis
- 3 Distribución de Saint Louis
- 4 Atentado ecológico de la Lange de Barberie
- 5 Parque Nacional Djoudj
- 6 Nuestra visita a Saint Louis
- 6.1 Nuestro camino a Saint Louis
- 6.2 Primer contacto con la ciudad de Saint Louis
- 6.3 Conociendo la Langue de Barberie
- 6.4 Conociendo la isla colonial de Saint Louis
- 6.5 Mucha vida en el barrio de pescadores de Saint Louis
- 6.6 Entreteniéndonos en la playa de Saint Louis
- 6.7 Una imagen que no se nos olvidará nunca
- 7 Video de Saint Louis
Localización de Saint Louis
Saint Louis se encuentra en el extremo noroeste de Senegal, a unos 260 kilómetros al norte de Dakar, en la desembocadura del río Senegal y a escasa distancia de la frontera con Mauritania. Su emplazamiento es uno de los elementos que mejor explican la importancia histórica de la ciudad: el núcleo histórico se levanta sobre la isla de Ndar, una estrecha franja de tierra encajada entre el río Senegal y el océano Atlántico. Al sur se extiende el barrio continental de Sor y, al oeste, la Langue de Barbarie, una estrecha península arenosa que separa las aguas del río de las del Atlántico.
La proximidad de Mauritania y de las primeras tierras del Sahara ha hecho que Saint Louis sea conocida tradicionalmente como la «puerta del desierto». La expresión resulta especialmente apropiada por su posición geográfica: el río Senegal constituye aquí una frontera natural entre Senegal y Mauritania. De hecho, al otro lado del río comienza el territorio mauritano. Sin embargo, la frontera no se cruza directamente desde el centro de Saint Louis; para acceder por carretera al principal paso fronterizo de la zona, en Rosso, es necesario recorrer aproximadamente 100 kilómetros hacia el este siguiendo el curso del río.
Esta posición convirtió a Saint Louis en un enclave estratégico desde sus orígenes. Situada entre el océano, el río y las rutas que conducían hacia el interior del continente y hacia el norte, la ciudad fue durante siglos un importante punto de intercambio comercial y una puerta de entrada hacia África Occidental.

Historia de Saint Louis
Fundada en 1659, Saint Louis nació en una pequeña isla donde el río Senegal se encuentra con el océano Atlántico. Sus fundadores franceses la bautizaron Saint Louis en honor a Luis IX de Francia, San Luis, y también como homenaje al monarca reinante, Luis XIV. Está considerada la primera ciudad establecida por los europeos en África Occidental y pronto se convirtió en uno de los principales enclaves de la presencia francesa en la región.
Su posición estratégica, en la desembocadura del río, permitía controlar las rutas comerciales hacia el interior de África Occidental. Durante siglos fue un importante centro de intercambio y administración, en un paisaje singular donde se encuentran río, océano, isla y lengua de arena. Llegó a ser capital de Senegal y Mauritania y, hasta 1902, capital del África Occidental Francesa.
Pero el protagonismo de Saint Louis comenzó a desaparecer a medida que Dakar adquiría mayor importancia. La pérdida de la capitalidad del África Occidental Francesa en 1902 fue el primer gran golpe. El segundo, y definitivo, llegó en 1957, cuando el gobierno senegalés decidió trasladar también la capital a Dakar, en el contexto del proceso de descolonización. El cambio no fue solo administrativo: buena parte de los funcionarios, militares y población francesa abandonaron Saint Louis, mientras oficinas, comercios e instituciones fueron cerrando o trasladándose. La ciudad perdió empleo, inversiones y buena parte de la actividad económica que había sostenido su importancia durante décadas.

El declive también tenía una explicación económica. El puerto de Sain -Louis había ido perdiendo ventaja frente al de Dakar y las nuevas rutas comerciales y ferroviarias favorecían cada vez más a la futura capital. El comercio tradicional de goma arábiga, oro y otros productos fue perdiendo peso, mientras Dakar concentraba las nuevas actividades económicas y administrativas.
En el siglo XX, Saint Louis volvería a ocupar un lugar destacado gracias a la Aéropostale, la legendaria compañía que abrió las primeras rutas aéreas entre Europa, África y Sudamérica, convirtiendo la ciudad en una de sus escalas habituales.
Hoy, sus casas coloniales, balcones de hierro y calles de la isla histórica conviven con la vida cotidiana senegalesa. En 2000, Saint Louis fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO, reconociendo el valor de una ciudad donde historia, arquitectura y paisaje permanecen estrechamente unidos.
Sabias que:
Antoine de Saint-Exupéry, el célebre autor de El Principito, fue antes piloto de la Aéropostale que escritor. Sus vuelos sobre África le llevaron a recorrer paisajes y rutas que dejarían una profunda huella en su imaginación y que, con el tiempo, encontrarían un lugar en su literatura.

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Distribución de Saint Louis
Saint Louis tiene una estructura urbana muy particular porque la ciudad no se desarrolla sobre un único núcleo, sino sobre varios espacios separados por el río Senegal, el océano Atlántico y zonas de marisma. Tradicionalmente puede entenderse en tres grandes sectores urbanos: la isla de Saint Louis, la Langue de Barbarie y Sor, además de las áreas periféricas que se han ido incorporando con el crecimiento de la ciudad.
La isla de Saint Louis: el corazón histórico
La isla de Saint Louis, conocida también como Ndar Guedj, es el núcleo histórico de la ciudad. Es una estrecha franja de aproximadamente 2,5 km de longitud y unos pocos cientos de metros de anchura, situada entre dos brazos del río Senegal.
Aquí se encuentra la ciudad colonial, organizada mediante una característica cuadrícula de calles. Es la zona donde se concentran buena parte de los edificios históricos, antiguos almacenes, casas coloniales, hoteles, restaurantes, museos y edificios administrativos.
Otro de los grandes contrastes de Saint Louis se encuentra en la propia distribución de la ciudad. Esta zona de la isla resulta sorprendentemente tranquila y poco habitada, con calles donde apenas se percibe el bullicio de la vida cotidiana. Una imagen que cambia por completo al acercarnos a otras áreas de la ciudad, especialmente Sor o el barrio de pescadores de Guet Ndar, mucho más densamente poblados y donde la actividad es constante.

Saint Louis está conectada por dos puentes: el puente Faidherbe, que conecta la isla histórica con Sor, y el puente Mustapha Malick Gaye, que comunica la isla con la Langue de Barbarie.
El puente Faidherbe es, sin duda, el más famoso, es uno de los grandes símbolos de la ciudad. Es una estructura metálica de unos 500 metros de longitud que atraviesa el brazo del río Senegal entre la isla de Saint Louis y Sor. Fue construido entre 1894 y 1897 por Nouguier, Kessler & Cie.
El puente actual fue inaugurado en 1897 y sustituyó a estructuras anteriores. Su característica silueta metálica y su posición estratégica lo han convertido en uno de los grandes símbolos de la ciudad.
No lo construyó Eiffel:
Habíamos visto que en varios medios atribuían la autoría del puente a Eiffel, pero no es cierto. Hubo un concurso en el que la Société de Construction de Levallois-Perret, sucesora de los antiguos establecimientos Eiffel, quedó finalista. Sin embargo, el concurso se adjudicó finalmente al proyecto de Nouguier, Kessler & Cie., de Argenteuil.
Por lo tanto, ni Eiffel ni su empresa sucesora tuvieron nada que ver con la construcción del puente.

Sor: la ciudad continental
Al este de la isla, al otro lado del río Senegal, se encuentra Sor, la gran extensión continental de Saint Louis. Surgió como consecuencia del crecimiento de la ciudad cuando el espacio disponible en la isla comenzó a resultar insuficiente.
Mientras que la isla conserva principalmente el carácter histórico y monumental de Saint Louis, Sor representa la ciudad cotidiana y residencial: viviendas, comercios, mercados, colegios y una población mucho más numerosa. En comparación con el resto de Saint Louis no nos aportó nada.

La Langue de Barbarie: la ciudad entre el río y el océano
Al oeste de Saint Louis nos encontramos con la Langue de Barbarie, una estrecha franja de arena que se prolonga hacia el sur desde la ciudad. En su parte urbanizada se encuentran barrios como Ndar Tout y Guet Ndar, estrechamente vinculados al océano y a la pesca.
Al cruzar el puente llegamos a Guet Ndar, probablemente, el barrio más emblemático de la ciudad. Tradicionalmente habitado por comunidades de pescadores, sus calles están profundamente ligadas al ritmo del mar. Las coloridas piraguas se alinean en la playa, mientras la actividad pesquera estructura buena parte de la vida económica y social del barrio. Es un lugar mucho más denso y bullicioso que la tranquila arquitectura colonial de la isla y permite descubrir otra cara de Saint Louis, mucho más popular y estrechamente vinculada al Atlántico.
Guet Ndar es un barrio muy humilde y densamente poblado, donde las casas se encuentran prácticamente pegadas unas a otras y las estrechas calles de arena. Por ellas corretean los niños, juegan a cualquier hora y se cruzan con ovejas y cabras que vagan libremente, rebuscando entre la basura y los restos que encuentran para comer. Las viviendas sencillas y deterioradas, se amontonan en esta estrecha franja de la Langue de Barbarie, dejando muy poco espacio libre.



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Atentado ecológico de la Lange de Barberie
Por debajo del barrio de pescadores de Guet Ndar se extiende la Langue de Barbarie, una estrecha lengua de arena de varios kilómetros de longitud que separa las aguas del océano Atlántico de las del río Senegal. Es un territorio frágil y cambiante, donde la tierra queda reducida en algunos puntos a una estrecha franja entre el mar y el río. Continuando por ella, Saint Louis va quedando atrás y el paisaje urbano da paso progresivamente a playas, dunas y zonas de vegetación, hasta alcanzar el Parque Nacional de la Langue de Barbarie, un importante espacio natural para numerosas especies de aves.
Pero esta estrecha franja de arena también ha protagonizado uno de los episodios más controvertidos de la historia reciente de Saint Louis. En octubre de 2003, ante el temor de que una crecida del río provocara graves inundaciones en la ciudad, se decidió abrir una pequeña brecha artificial en la Langue de Barbarie para permitir que el agua del río alcanzara directamente el océano. Aquella abertura, que inicialmente apenas medía unos pocos cuatro metros, comenzó a ensancharse rápidamente por la fuerza de las corrientes hasta convertirse en una nueva desembocadura.

La intervención terminó alterando el equilibrio natural de la costa, acelerando la erosión y provocando la pérdida progresiva de terreno. Además, la entrada de agua del océano modificó la salinidad de las aguas y de los terrenos próximos, haciendo que el agua dulce de determinadas zonas dejara de ser apta para el riego de las plantaciones agrícolas. Lo que había nacido como una solución de emergencia acabó convirtiéndose en un grave problema ambiental y social: el océano comenzó a ganar terreno, afectando tanto a los hogares como a las tierras de cultivo, y algunas familias de la Langue de Barbarie tuvieron que abandonar sus viviendas. Este atentado ecológico nos recuerda al que vimos en en el mar de Aral de Uzbekistán.
Recordando el cataclismo del mar de Aral:
Resulta inevitable recordar el mar de Aral, uno de los mayores desastres ecológicos provocados por el ser humano. Durante décadas, los ríos que lo alimentaban fueron desviados para impulsar el cultivo de algodón y otros productos agrícolas, mientras una red de canales e infraestructuras de riego de baja calidad desperdiciaba enormes cantidades de agua por filtraciones y evaporación. El resultado fue que el lago comenzó a secarse y su salinidad aumentó hasta transformar por completo aquel ecosistema. Este desastre nos ha venido a la memoria al contemplar lo ocurrido en la Langue de Barbarie, donde la abertura practicada en la lengua de arena permitió la entrada del agua del Atlántico y provocó la salinización de las aguas dulces, hasta el punto de que los agricultores de la zona ya no pueden utilizarlas para el regadío.
Parque Nacional Djoudj
Nosotros visitamos Saint-Louis en agosto, pero si viajas por Senegal entre noviembre y abril, es una buena opción acercarse al Parc National des Oiseaux du Djoudj, situado en el delta del río Senegal, a 50 kilómetros al noreste de la ciudad. Este parque nacional es uno de los principales santuarios de aves de África Occidental y un auténtico oasis de vida en el límite del Sáhara. Sus aproximadamente 16.000 hectáreas de lagos, canales, marismas y zonas inundables acogen a más de 1,5 millones de aves de unas 365 especies, muchas de ellas migratorias procedentes de Europa y Asia. Pelícanos blancos, flamencos, garzas, cormoranes y espátulas son algunas de las especies que pueden observarse en sus humedales, que también sirven de refugio a cocodrilos y manatíes africanos. La mejor época para visitarlo coincide con la llegada de las aves migratorias, especialmente entre enero y marzo.

Nuestra visita a Saint Louis
Después de mostraros un poco de Saint Louis, su historia, sus barrios, sus gentes y algunos de los acontecimientos que han marcado su identidad, ha llegado el momento de dejar atrás la teoría y recorrerla de primera mano. A partir de aquí, os contamos cómo fue nuestra visita a una de las ciudades más singulares y fascinantes de Senegal.
Nuestro camino a Saint Louis
Después de comer en el Lago Rosa, intentamos salir lo antes posible para llegar a Saint Louis con tiempo suficiente. Aunque en Senegal pronto aprendemos que las prisas sirven de poco: la hostelería senegalesa tiene sus propios ritmos y la paciencia es, sin duda, una de las primeras asignaturas que hay que aprobar como viajero.
Finalmente retomamos la carretera hacia el norte y, poco a poco, el paisaje comienza a cambiar. La vegetación se hace más escasa y los verdes van dando paso a una sucesión de tonos ocres y rojizos. Estamos entrando en el Sahel, esa enorme franja de transición entre las regiones tropicales del sur y el desierto del Sáhara. A ambos lados de la carretera se extienden grandes llanuras de tierra y arena, salpicadas de acacias y pequeños matorrales que, con la llegada de las lluvias, comienzan a recuperar el verde.

Atravesamos pequeños pueblos que nos permiten asomarnos al día a día de sus habitantes: carros tirados por pequeños burros, puestos de fruta junto a la carretera y, sobre todo, mangos. Estamos en plena temporada y aparecen por todas partes, maduros, deliciosos y a precios que nos parecen casi ridículos. También las mezquitas se suceden, diferentes en formas, tamaños y estilos, pero siempre integradas en la vida de cada localidad.



Entre estas escenas aparece también la llamada manzana de Sodoma, una planta capaz de sobrevivir en estas condiciones extremas. Y junto a la belleza del paisaje encontramos otra realidad mucho menos agradable y que nos acompañará durante buena parte del viaje: la basura acumulada junto a las carreteras.
A medida que avanzamos por territorio mayoritariamente wolof, comprobamos cómo cambian los paisajes, las costumbres y las comunidades, aunque algunos problemas, como la gestión de los residuos, desgraciadamente parecen no cambiar.

Primer contacto con la ciudad de Saint Louis
Cruzamos el puente y entramos en la ciudad colonial. La primera impresión es de contraste. Saint Louis conserva las huellas de un pasado de esplendor, cuando sus calles, casas coloniales y edificios administrativos daban forma a una de las ciudades más importantes de África Occidental. Sin embargo, frente a esa imagen histórica aparece la realidad del Saint Louis actual: fachadas deterioradas, edificios abandonados y una evidente falta de mantenimiento que hace difícil imaginar el aspecto que debió de tener la ciudad en sus mejores tiempos. Es precisamente ese contraste entre el patrimonio heredado del pasado y el estado actual de buena parte de la ciudad lo que más nos llama la atención. Es una pena, porque Saint Louis tiene un patrimonio enorme y, con una buena recuperación, podría ser todavía más impresionante.

Nos dirigimos directamente al hotel y, después del check-in, dejamos las cosas y salimos de nuevo. Para esa noche habíamos reservado la cena en el restaurante Flamingo y ya habíamos aprendido una de las grandes lecciones gastronómicas de este viaje: en Senegal, si quieres comer a una hora determinada, más vale avisar con tiempo. Así que nuestra estrategia es sencilla: encargar la cena antes de llegar para intentar evitar las eternas esperas que ya empezábamos a conocer. La comida está bastante buena y la brocheta Oceanic nos gusta especialmente, aunque volvemos a encontrarnos con algo que se repetirá durante el viaje: el pescado suele estar demasiado hecho. Una pena, porque el pescado es excelente y fresco del Atlántico.
Lo mejor, sin embargo, es la terraza. Frente a nosotros tenemos el río Senegal y el puente Faidherbe iluminado. Un escenario magnífico para terminar el día. Nosotros estamos encantados: temperatura agradable, una cerveza fresca, el río delante y el puente iluminado. Todo parece perfecto… hasta que hacen su aparición los mosquitos. Ni siquiera el repelente consigue mantenerlos a raya, así que, muy a nuestro pesar, decidimos retirarnos al hotel antes de lo previsto. Después de un día tan intenso de viaje, tampoco hace falta que nos insistan demasiado para convencernos de que ya es hora de descansar
Wondertip a la hora de comer en Senegal
Un par de consejos gastronómicos:

Conociendo la Langue de Barberie
Al día siguiente tenemos un desplazamiento de apenas 20 kilómetros hasta Gandiol. Desde primera hora, Saint Louis está llena de actividad. El mercado hierve de gente y, desde el vehículo, contemplamos el incesante bullicio de la ciudad mientras nos alejamos por momentos de Saint Louis.

Hacemos una parada en una daara, como se conocen en Senegal las escuelas coránicas tradicionales. Son centros donde los niños reciben principalmente enseñanza religiosa y aprenden a leer, memorizar y recitar el Corán bajo la guía de un maestro o marabout. Sus alumnos reciben el nombre de talibés. Algunos viven en la propia daara, mientras que otros acuden a las clases y después regresan con sus familias.
Aquí lo vemos claramente: dentro de la daara, los niños estudian y memorizan el Corán; fuera, algunos de ellos salen a las calles para pedir comida o pequeños donativos a la gente. Es una realidad compleja que forma parte del paisaje cotidiano de Senegal.

Continuamos hasta Gandiol, nos embarcamos para navegar en piragua por el río Senegal rumbo a la Langue de Barbarie, una estrecha franja de arena que separa el río del océano Atlántico. El paisaje es espectacular. A ambos lados se extiende un escenario casi salvaje, acompañado por una enorme variedad de aves: pelícanos, cormoranes, garzas y flamencos que aparecen constantemente durante la navegación.

Pero este lugar también esconde una historia tan sorprendente como inesperada. En 2003, ante el riesgo de inundaciones, se abrió una pequeña brecha de apenas unos metros en la barrera de arena para facilitar la salida del agua hacia el Atlántico. Parecía una solución sencilla y controlada, pero la naturaleza tenía otros planes. La fuerza del río hizo el resto. La abertura fue creciendo hasta convertirse en una nueva desembocadura, modificando las corrientes, la salinidad y el equilibrio del ecosistema. Una pequeña zanja terminó cambiando por completo el paisaje.
Finalmente alcanzamos el Atlántico. Esperábamos encontrarnos de nuevo con el azul intenso del día anterior, pero la sorpresa es mayúscula: el mar aparece completamente marrón. Las lluvias han aumentado el caudal del río y sus aguas, cargadas de sedimentos, llegan directamente hasta el océano. Visto así, el baño queda oficialmente descartado.



Conociendo la isla colonial de Saint Louis
De vuelta en Saint-Louis hacemos una parada en un Auchan. El AirTag de Mar sigue indicando que su maleta continúa en Barajas, así que no queda otra que reconstruir la maleta sobre la marcha. Mudas, ropa interior, calcetines, pantalones y camisetas van cayendo en el carro.
Del Auchan nos vamos a comer a un pequeño restaurante, donde probamos por primera vez el thiéboudienne, uno de los platos nacionales de Senegal. Se trata de arroz acompañado de pescado, tomate y verduras, todo cocinado lentamente en la misma marmita, de manera que los sabores quedan perfectamente integrados. Y la verdad es que está realmente bueno.

El calor, en cambio, no da ninguna tregua. Después de comer regresamos al hotel y aprovechamos para descansar unas horas.
Después de descansar bien, recorremos las calles de Saint Louis. La isla histórica, situada entre el río Senegal y el océano Atlántico, conserva el trazado urbano de la antigua ciudad colonial francesa y todavía mantiene buena parte de aquella arquitectura. Las fachadas de colores pastel, las grandes puertas de madera, los balcones de hierro y las galerías recuerdan el pasado colonial de Saint Louis. Algunas casas están perfectamente conservadas, mientras que otras muestran claramente el paso del tiempo. Encontramos también numerosas viviendas deshabitadas y antiguos comercios cerrados, con fachadas desgastadas que parecen haberse quedado detenidas en otra época. No es difícil entender por qué la isla histórica forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO, aunque también resulta evidente que buena parte de este patrimonio necesita cuidados para no desaparecer poco a poco.

Llegamos hasta el río y, junto al puente Moustapha Malick Gaye, descubrimos dos enormes pirogas llenas de remeros. Están entrenando para una competición y avanzan a toda velocidad, con decenas de hombres remando de pie perfectamente sincronizados. Nos llama especialmente la atención su curiosa forma de remar: utilizan una pala muy estrecha que apenas se hunde en el agua y que mantienen prácticamente en perpendicular a la superficie. Con movimientos rápidos y continuos consiguen que las embarcaciones avancen con una sorprendente velocidad.

La escena de los remeros nos ha dejado tan impactados que casi no hemos tenido tiempo de observar con detenimiento el río Senegal y, especialmente, la otra orilla, donde se encuentra el tradicional barrio de pescadores. Con más detenimiento, descubrimos un paisaje completamente diferente al que teníamos hacia unos minutos en la Saint Louis colonial: decenas y decenas de pirogas de pesca permanecen atracadas junto a la orilla, formando una interminable línea de embarcaciones de colores. La concentración de pirogas es especialmente llamativa desde el puente hacia la desembocadura del río Senegal.

Mucha vida en el barrio de pescadores de Saint Louis
Mientras seguimos con la mirada a las pirogas, algo en la orilla, justo debajo del puente, llama también nuestra atención. Hacemos algunas fotografías y continuamos nuestro recorrido .Apenas tres horas después, volveremos a pasar exactamente por el mismo lugar y nos encontraremos con otra escena que también llamará poderosamente nuestra atención. Hasta ahí, dos escenas curiosas sin más. Pero cuando unimos ambas imágenes, el resultado es completamente distinto: una imagen tan inquietante como terrorífica que nos dejará literalmente de piedra. Pero eso lo contaremos al final del artículo…

Al otro lado del puente entramos en Guet Ndar, el tradicional barrio de pescadores de Saint-Louis. Las calles son estrechas y están llenas de vida. A orillas del río, las enormes pirogas de colores se amontonan unas junto a otras, mientras las mujeres trabajan alrededor del pescado, limpiándolo, clasificándolo y preparándolo para su venta. También encontramos a pescadores reparando, lijando y pintando sus embarcaciones, dejándolas listas para volver a salir al mar.
Pero Guet Ndar también nos muestra una cara mucho más caótica y sorprendente. Entre las pirogas, las redes de pesca y la basura acumulada junto al río, caballos y ovejas rebuscan algo que llevarse a la boca. Todo ocurre prácticamente a unos metros del agua y de las embarcaciones, mientras los niños juegan entre las redes de los pescadores. Pescadores trabajando, animales buscando entre los desperdicios, niños jugando y enormes pirogas esperando su próxima salida al mar forman una escena llena de movimiento y contrastes.



Entre las casas y las calles de arena aparecen más montones de basura y unas condiciones de vida que nos impresionan. Las humildes viviendas están prácticamente pegadas unas a otras y muchas han sido construidas con una mezcla de materiales reutilizados, chapas y otros elementos que parecen haber encontrado allí una segunda vida. De las fachadas cuelga la ropa tendida y, en aquel laberinto de arena, apenas queda espacio entre una casa y la siguiente.
Incluso las ovejas parecen estar «pastando» por las calles, aunque aquí el término resulta casi irónico: todo es arena y apenas hay vegetación. Los animales rebuscan entre los restos y la basura tratando de encontrar cualquier cosa aprovechable. Es una imagen difícil de asimilar, especialmente cuando se contrasta con la actividad y la riqueza que genera el propio río para este barrio de pescadores.

Apenas nos adentramos por sus calles, decenas de niños salen a nuestro encuentro gritando:
—¡Toubab! ¡Toubab! —«¡Blanquito!».
Sonríen, nos saludan y, según avanzamos por las calles de arena, lo primero que hacen es chocarnos las palmas, como si fuéramos famosos. La escena nos hace reír. La curiosidad es mutua, pero en cuanto sacamos las cámaras para intentar guardar el momento, muchos salen corriendo. Parece que la magia funciona mejor sin cámaras de por medio. Así que las guardamos y, casi sin darnos cuenta, terminamos rodeados de niños. Algunos acaban en nuestros brazos mientras cantamos, bailamos, saltamos, jugamos y reímos juntos.
Las madres nos observan desde las puertas de sus humildes casas y sonríen. Algunas mujeres, especialmente las más mayores, nos miran con algo más de recelo, intentando entender quiénes somos y qué hacemos allí. Pero basta un sencillo «Salam aleikum» para que muchas caras cambien y se abra una puerta, aunque sea durante unos minutos, entre nosotros y el barrio.
Las siguientes imágenes están grabadas con una pequeña DJI Pocket que llevábamos encendida mientras recorríamos el barrio. La mayoría de los niños ni siquiera sabían que estaban siendo grabados, y quizá por eso las imágenes muestran con tanta naturalidad lo que estaba ocurriendo: sus juegos, sus risas, los saludos y esa curiosidad constante que tenían hacia nosotros.
Por supuesto, algunas imágenes no tienen la calidad que tendrían si hubiéramos preparado la cámara y buscado el encuadre perfecto. Pero tampoco era ese el objetivo. Queríamos guardar el momento tal y como estaba sucediendo, sin interrumpirlo. Eso sí, algunos de los más avispados enseguida se dieron cuenta de que estábamos grabando y no tardaron en querer convertirse ellos mismos en cámaras, acercándose para intentar coger la cámara. Puede que técnicamente no sean las mejores imágenes del viaje, pero para nosotros son una muestra gráfica de uno de los momentos más auténticos y especiales que vivimos en Guet Ndar.



Y quizá sea porque aquel momento termina convirtiéndose en uno de los recuerdos más especiales del viaje. Hay experiencias que, sencillamente, es mejor vivirlas que fotografiarlas. Para Aitor, aquel encuentro con los niños de Guet Ndar se convierte probablemente en uno de los mejores momentos de todo el viaje. La alegría, la espontaneidad y la forma en que nos hicieron sentir parte del barrio durante unos minutos son difíciles de explicar con una fotografía. Hay que haber estado allí para entenderlo.

Por el barrio seguimos caminando entre las calles de arena. A nuestro alrededor también aparecen ovejas y carneros buscando algo que comer entre la basura. Es una imagen difícil de olvidar y otro de esos contrastes que Senegal nos irá mostrando una y otra vez: la alegría y la hospitalidad de su gente conviviendo con una realidad social y ambiental mucho más dura. Crecen entre arena, basura y viviendas muy sencillas, pero nos reciben con sonrisas, juegos y una energía contagiosa. Durante varios días, los Wonderland estuvimos comentando y debatiendo sobre aquel contraste, intentando entender cómo podían transmitir tanta felicidad viviendo en unas condiciones tan humildes y tan diferentes a las nuestras.
Entreteniéndonos en la playa de Saint Louis
Llegamos hasta la playa de Saint Louis, frente al barrio de pescadores de Guet Ndar, y ante nosotros se abre una enorme extensión de arena bañada por el Atlántico. Es una playa inmensa, abierta y expuesta, de esas que parecen especialmente pensadas para contemplar el final del día. Las enormes pirogas de colores descansan alineadas frente al océano, esperando su próxima salida, mientras el cielo gris amenaza con estropearnos el espectáculo que veníamos buscando: un atardecer africano sobre el Atlántico.
El camino hasta la playa, sin embargo, nos deja una impresión muy diferente. El tramo que atraviesa el barrio de pescadores está tremendamente sucio, con una cantidad de basura acumulada que resulta difícil de comprender. Plásticos, desperdicios y todo tipo de residuos se mezclan con el paisaje cotidiano. Es una imagen que hemos encontrado en diferentes puntos de nuestro recorrido por Senegal, especialmente en el norte y en algunas zonas de la costa.
Las costas de Saint-Louis ofrecen un fuerte contraste entre la belleza natural del litoral y el deterioro de su entorno. Extensas playas de arena, abiertas al Atlántico y moldeadas por el viento y el oleaje, conviven con una preocupante acumulación de basura. Plásticos, residuos y desperdicios aparecen mezclados con la arena, incluso en zonas próximas a las viviendas y a los espacios de actividad cotidiana. Un contraste evidente que refleja uno de los principales problemas ambientales que afronta la ciudad.

A estas horas ya no encontramos a las mujeres trabajando con el pescado. Su actividad se concentra principalmente durante la mañana. Ahora la playa está ocupada sobre todo por hombres jóvenes y la escena cambia completamente. Algunos corren por la arena, otros hacen gimnasia y muchos juegan al fútbol. Para ellos, esta enorme franja de arena es también un auténtico gimnasio al aire libre y un lugar de encuentro. Hay quien entrena, quien juega un partido y quien simplemente pasa el rato contemplando el mar.


Mucha vida, mucha actividad en la gigantesca playa de Saint Louis

La tarde avanza y el cielo continúa cubierto. Aquí tendríamos uno de esos atardeceres que parecen hechos para una fotografía, con las pirogas recortadas frente al océano y la última luz del día cayendo sobre la playa. Pero hoy el sol ha decidido no colaborar. El día está tristón y el horizonte permanece oculto detrás de una capa de nubes que nos deja sin el espectáculo que esperábamos.
Aun así, las últimas horas de luz nos regalan algunas escenas curiosas. Un par de jóvenes se acercan con sus caballos hasta la orilla y los limpian tranquilamente en el agua del Atlántico.


Un poco más allá, varios hombres ayudan a una piroga a entrar en el mar. Ya empieza a oscurecer y nos sorprende verla salir a esa hora. No sabemos si se dirige a faenar, si transportará personas o mercancías hacia otra zona de la costa o simplemente forma parte de la actividad habitual de este puerto pesquero. Saint Louis es, además, uno de los puntos de Senegal más próximos a España y el más septentrional del país, una posición estratégica frente al océano que durante siglos ha condicionado la vida de esta ciudad.


La playa nos deja, por tanto, una sensación contradictoria. Por un lado, la inmensidad del Atlántico, las coloridas pirogas, los jóvenes haciendo deporte y las últimas escenas del día forman una imagen profundamente africana y difícil de olvidar. Por otro, la basura que encontramos al atravesar Guet Ndar recuerda que este paisaje extraordinario también convive con problemas muy serios de gestión de residuos y de conservación del litoral.
Una imagen que no se nos olvidará nunca
Regresamos hacia el hotel y, al pasar de nuevo por el puente Moustapha Malick Gaye, descubrimos una escena que nos deja completamente desconcertados. Apenas tres horas antes, mientras asistíamos a la competición de piraguas, habíamos visto en una de las esquinas del río un carnero muerto que desprendía un fuerte olor. Ahora la marea ha subido y el animal ha desaparecido arrastrado por el agua. Hasta ahí, todo podría parecer normal.
Lo que no esperábamos encontrar era a un par de docenas de niños dentro del río, bañándose tranquilamente justo en ese mismo lugar. Se lavan el cuerpo, el pelo e incluso se enjuagan la boca en unas aguas en las que, pocas horas antes, flotaba el cadáver del animal. Nos quedamos observando la escena con una mezcla de sorpresa, incredulidad y preocupación. Estamos tan afectados por lo que vemos que apenas cruzamos unas palabras entre nosotros.
Cuando terminan de bañarse, los niños salen del agua, se colocan en fila india y cruzan la calle para entrar en la daara, donde pasarán la noche. La imagen se nos queda grabada. Es, sin duda, una de las escenas que más nos impactan de Saint Louis. En ese momento no somos capaces de sacar muchas conclusiones; simplemente seguimos nuestro camino en silencio. Será ya en la tranquilidad del hotel, cuando podamos hablar de lo que acabamos de ver y reflexionar sobre ello con más calma.



Video de Saint Louis
Parte de todo lo que hemos contado en este artículo puede verse en el vídeo que hemos editado, donde mostramos con imágenes la Saint-Louis que conocimos durante nuestro viaje por Senegal.
Saint Louis es una ciudad de contrastes, donde el pasado colonial convive con la vida cotidiana de sus calles, sus pescadores y sus coloridas pirogas. Una ciudad con cierta decadencia, pero también con mucha personalidad, que nos deja imágenes y momentos difíciles de olvidar. Sin duda, una parada imprescindible en cualquier viaje por Senegal.

