EuropaGeorgia

Vardzia, la ciudad-monasterio excavada en roca

Vardzia ciudad monasterioo

Georgia no deja de sorprendernos. Es un país mucho más occidentalizado de lo que imaginábamos, con una gente acogedora que abre sus puertas al viajero. Descubrimos su capital cosmopolita, el majestuoso Cáucaso con sus montañas, glaciares, torres medievales y colosales iglesias donde los fieles acuden con devoción. También nos encontramos con ciudades marcadas por el pasado soviético, algunas con museos dedicados a Stalin —que nació en Georgia— y otras con vestigios aún más peculiares, como balnearios semiderruidos que parecen detenidos en el tiempo.listsikhe

Pero Georgia todavía guarda más sorpresas. Al sur del país visitaremos Vardzia, un asombroso complejo rupestre excavado en la roca, un lugar que parece sacado de otro mundo y que refleja a la perfección la historia de este rincón del Cáucaso. Ademas de stas cuvas ruprestres podremos visitar la de Uplistsikhe

Historia de Vardzia

En el sur de Georgia, en la ladera de la montaña Erusheti junto al río Mtkavari, se encuentra Vardzia, un impresionante conjunto monástico medieval tallado directamente en la roca. Esta ciudad troglodita fue mandada construir en el siglo XII por el rey Giorgi III y su hija, la reina Tamar, durante la época dorada de Georgia. Su ubicación no fue casual: enclavada en acantilados inaccesibles, servía como refugio ante invasiones —especialmente las de los mongoles— y como centro espiritual y cultural del reino. En su apogeo, Vardzia llegó a ser el centro de la vida monástica. En ella unos 2.000 monjes cultivaban la fe ortodoxa y la cultura georgiana, lejos del mundo exterior.

Leyenda

Se dice que de niña la reina Tamar jugaba al escondite entre las cuevas junto a su tío. Al perderse en el laberinto de galerías, la pequeña gritó «Ak var dzia!» (que en georgiano significa “¡Aquí estoy, tío!”). Al oír el eco, el rey Giorgi III habría mandado llamar al complejo justo con ese nombre fonético – “Vardzia”

La ciudadela, excavada en la roca, se extiende a lo largo de casi 500 metros y en su momento de esplendor contenía hasta 6.000 estancias, organizadas en numerosos niveles dentro de la montaña. Los historiadores estiman que podía albergar hasta 50.000 habitantes, un número impresionante para un lugar tan aislado. Hoy se conservan unas 242 cuevas abiertas aunque originalmente el complejo abarcaba más de veinte pisos escalonados, conectados mediante pasillos, escaleras talladas y puentes de piedra.

El ingenio de sus constructores no se limitó a la excavación: diseñaron un sofisticado sistema de agua y riego interior, con canales y cisternas que abastecían la ciudad monástica y los huertos en terrazas. Incluso hoy se puede ver un río subterráneo que fluye bajo la roca. Además, había bodegas para almacenar vino —se han identificado hasta 25—, cocinas, hornos, establos y salas de reunión, formando un ecosistema autosuficiente.

En el corazón del complejo se encuentra la Iglesia de la Dormición, de planta alargada y abovedada de 9 metros de altura, reforzada con muros de piedra. Sus paredes interiores fueron pintadas al fresco, con escenas del Nuevo Testamento. En la pared contigua aparecen los retratos de los fundadores reales: el rey Giorgi III y su hija la reina Tamar, aún joven y sin velo como se mostraba a las mujeres casaderas de la época. Alrededor del templo principal se levantaban otras capillas menores —hasta 15 iglesias en total— y la sala del trono de la reina, la «Sala de Tamar», desde donde dictaba asuntos de Estado.

Otros espacios funcionales incluían refectorios o comedores con mesas de piedra, una farmacia con estantes excavados para almacenar medicinas, una biblioteca y el legendario «dormitorio de la reina Tamar». El complejo contaba además con un acueducto de 3,5 km que traía agua desde el cercano pueblo de Zeda Vardzia, canalizándola mediante tubos de arcilla del siglo XII. Entre sus fuentes aún visibles destaca el manantial conocido como «Las Lágrimas de Tamar».

Vardzia no es solo un conjunto de cuevas y túneles; es un hábitat ingeniosamente diseñado capaz de resistir asedios y adversidades, donde la arquitectura y la ingeniería se fusionan con la naturaleza. Cada rincón refleja la inteligencia y la visión de sus constructores medievales, convirtiéndolo en uno de los sitios más fascinantes y completos de todo el Cáucaso.

Terremoto

El complejo era prácticamente inexpugnable: oculto en las entrañas de la roca, pasaba desapercibido para los invasores que recorrían el valle. A simple vista parecía un acantilado desnudo, sin rastro de vida, cuando en realidad albergaba una ciudad entera en su interior. El único acceso al recinto era un túnel secreto cuya entrada se encontraba muy cerca del río Mtkavari.
Pero en 1283, apenas un siglo después de que el complejo alcanzara su máxima gloria, un gran terremoto sacudió la región. La montaña que servía de escudo natural se fracturó y gran parte de la fachada rocosa colapsó, dejando al descubierto estancias y pasadizos que antes permanecían ocultos. El sismo destruyó numerosas habitaciones y túneles internos, reduciendo drásticamente la capacidad del complejo y alterando su estructura original. Esto no solo ocasionó pérdidas materiales, sino que reveló el gran secreto de Vardzia: ya no era una ciudad escondida e inaccesible para los invasores.

A partir de ese momento, Vardzia nunca volvió a ser la fortaleza segura que había sido. Aunque continuó funcionando como centro religioso, la ciudad-monasterio quedó más vulnerable y expuesta. Su declive prosiguió en el siglo XVI: en 1551, las fuerzas persas saquearon el monasterio, masacraron a los monjes y se apoderaron de sus valiosos tesoros. Poco después, con la llegada de los otomanos en 1578, el sitio fue completamente abandonado y cayó en el olvido.

Paradójicamente, la tragedia que desnudó sus entrañas es también lo que hoy permite que los visitantes nos maravillemos con su compleja estructura interna, sus pasadizos y habitaciones. Sin aquel desastre, Vardzia probablemente seguiría siendo un secreto celosamente guardado en la montaña, inaccesible y desconocido para la mayoría. 

Hoy en día, un pequeño grupo de monjes ha regresado a vivir y oficiar en el monasterio, reviviendo su propósito original como un centro de fe y devoción. Este resurgimiento de la vida monástica, ocurrió después del colapso de la Unión Soviética. Actualmente, Vardzia ha sido elegida como candidata a ser parte Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

No olvides contratar tu seguro cuando viajas

Gana tranquilidad y ahorra – Seguro de viaje IATI con 5% de descuento.

Guía Práctica

Cómo llegar:

  • Desde Tiflis: 250-300 km por carretera, unas 4-5 horas en coche.

  • Desde Akhaltsikhe: taxi o marshrutka, minibús local (unos 50 km).

  • Tour organizado desde Tblisi, Kutaisi o Akhaltsikhe

Horario: Todo el año. Generalmente, opera de 10:00 a 17:00 en invierno y hasta las 19:00 en verano.

Precio: Entrada 15 GEL (5 €) y el minibús 2 GEL.

Audioguía: 15 GEL

Duración de la visita: 2 horas mínimo.

Recomendaciones

– Llevar calzado cómodo con suela antideslizante, ya que el terreno es irregular y el recorrido incluye subir y bajar numerosos escalones tallados en la piedra.

– En verano conviene evitar las horas centrales del día, pues el calor puede ser sofocante.

– Para acceder a la iglesia principal, es necesario vestir de forma adecuada: pantalones largos tanto para hombres como para mujeres. Además, las mujeres deben cubrirse la cabeza y, en cambio, los hombres deben descubrirla.

– Dentro de la iglesia no se permite el uso de flash, con el fin de preservar los frescos medievales.

– Desde la taquilla hasta la entrada del complejo hay un trayecto de unos 500 metros con una subida de 80 metros. Puede hacerse en minibús, cuyo billete cuesta apenas 0,60 € por persona.

– Hay que tener en cuenta que Vardzia no es un lugar accesible para personas con movilidad reducida, ni resulta recomendable para gente muy mayor o para niños muy pequeños debido a las exigencias del recorrido. Tras aparcar y comprar las entradas, tomamos el minibús que lleva hasta la parte alta, donde comienza la visita. KxK lo agradeció especialmente, pues subir a pie no era una opción sencilla para él debido a sus problemas físicos actuales.

Visitando Vardzia

Nosotros llegamos a Akhaltsikhe la víspera, donde pasamos la noche y donde también visitaríamos el castillo de Rabati. A la mañana siguiente recorrimos los 62 kilómetros que separan ambos lugares en poco más de una hora y media, ya que varios tramos de la carretera estaban en obras . Pocos minutos después de las diez de la mañana ya estábamos listos para descubrir este espacio tan sorprendente. Entramos en el recinto a primera hora del día, una buena decisión para evitar el fuerte sol que en esta zona aprieta con intensidad.

Un kilómetro antes de llegar al aparcamiento de Vardzia hay una gran explanada donde la gente suele acampar libremente. Desde allí se obtienen algunas de las mejores vistas del complejo, ya que se encuentra justo en frente, al otro lado del río. Es un punto perfecto para admirar la magnitud de la ciudad rupestre y hacerse una primera idea de la grandeza que aguarda en su interior.

Vardzia en su conjunto.

Las cuevas al detalle.

Tras aparcar y comprar las entradas tomamos el minibús que lleva hasta la parte alta, donde comienza la visita. KxK lo agradeció especialmente, pues subir a pie no era una opción sencilla para él debido a sus problemas físicos.

La ruta es lineal y está perfectamente señalizada, sin posibilidad de pérdida. Además, en cada punto aparecen los números correlativos de la audioguía, lo que facilita seguir el recorrido: sabes si te has saltado algo y puedes identificar de qué se trata cada sala o estancia incluso sin guía o sin llevar la audioguía contratada. El itinerario concluye con un estrecho túnel de escaleras descendentes, muy pintoresco pero sin ningún peligro, este era un túnel secreto y era utilizado para salir del recinto sin ser vistos. Quien no quiera atravesarlo deberá desandar todo el camino y regresar al punto inicial, junto al minibús, para descender al aparcamiento por la carretera.

La primera cavidad que se visita son los antiguos establos de Vardzia, un espacio amplio donde los monjes guardaban a los animales que formaban parte de la vida cotidiana del complejo. 

Continuamos paseando por las distintas estancias, descubriendo poco a poco la vida que se desarrollaba en este lugar tan singular. Nos encontramos con antiguas panaderías, bodegas excavadas en la roca y sencillas habitaciones que servían como celdas para los monjes. Todo está distribuido en diferentes niveles, conectados por pasadizos, escaleras talladas en la piedra y galerías que se asoman al valle.

El trabajo arquitectónico resulta asombroso: cada cavidad conserva sus accesos, con puertas y ventanas abiertas en la pared rocosa . 

No dejamos de sorprendernos al comprobar cómo todas las habitaciones estaban intercomunicadas mediante pasadizos y escaleras talladas en la propia roca. A veces subíamos unos peldaños estrechos que llevaban a una estancia superior, y en otras ocasiones descendíamos por pequeños corredores .

La primera estructura que llama la atención es el campanario, construido sobre una pequeña terraza al borde del precipicio tras el terremoto que dañó el complejo. Durante una de las invasiones mongolas, los saqueadores se llevaron la gran campana que colgaba del techo, junto con varios tesoros y valiosos manuscritos dorados.

Avanzando entre pasadizos y escaleras, finalmente llegamos al corazón del complejo: la Iglesia de la Dormición. Su presencia es imponente incluso desde fuera, con su abovedamiento de casi nueve metros y muros reforzados de piedra que han resistido siglos de terremotos y saqueos. Al entrar, lo primero que llama la atención son los frescos que cubren las paredes. Alrededor del templo principal se despliegan otras capillas menores, cada una con su propia historia y frescos conservados.

Al salir de la iglesia, un estrecho túnel nos condujo hasta un rincón cargado de simbolismo: el manantial conocido como las Lágrimas de Tamar. De la roca brota un hilo de agua cristalina que se recoge en una pequeña pila protegida por un panel de metacrilato. La tradición cuenta que estas gotas son el llanto de la reina Tamar, símbolo de su entrega y devoción hacia su pueblo y hacia Vardzia.

En tiempos medievales, aquel manantial era mucho más que un lugar sagrado: su agua se distribuía mediante ingeniosas canalizaciones excavadas en la roca, abasteciendo distintas estancias del complejo.

La ruta continúa hacia una pequeña capilla excavada en la cueva, y curiosamente se puede ver una escalera que da acceso a un estrecho y largo túnel que asciende serpenteando por la roca. Menos mal que está señalizado, porque de otro modo probablemente no nos habríamos atrevido a subir por allí. Quienes sufran de claustrofobia deben saber que este tramo no es la mejor opción; el espacio es estrecho y la sensación de encierro se intensifica.

Para los que no se atreven con el túnel, por el exterior de la iglesia se puede seguir el recorrido y acceder a un piso superior, desde donde se obtiene otra perspectiva impresionante del complejo y se puede apreciar cómo las distintas estancias y pasadizos se entrelazan en múltiples niveles.

Al salir del túnel se obtienen bonitas vistas del valle, pero también nos encontramos con salas mucho más funcionales que hablan de la vida cotidiana en Vardzia. Una de ellas es la bodega, donde se almacenaban los toneles de vino, un elemento esencial en la tradición georgiana desde tiempos ancestrales. Se han identificado más de veinte bodegas subterráneas,. Junto a estas estancias sorprende descubrir una pequeña botica, con estantes tallados directamente en la piedra para guardar hierbas medicinales y ungüentos. 

La red hidráulica es otro de los tesoros ocultos de Vardzia. Un ingenioso sistema de tubos de arcilla, construido en el siglo XII, llevaba el agua hasta las estancias de piso inferiores . Entre las reliquias más antiguas de Vardzia se pueden encontrar tubos de arcilla incrustadas en algunas paredes.

Entre las estancias más singulares destaca la llamada Sala de Tamar, considerada la más elegante, con diferentes apartados excavados en la roca. La tradición cuenta que la reina nunca dormía dos noches seguidas en el mismo lugar. Cada jornada cambiaba de estancia, recorriendo los pasadizos y habitaciones del complejo. Algunos sostienen que lo hacía como medida de seguridad para evitar conspiraciones o ataques inesperados; otros que era un gesto simbólico, como si con su presencia quisiera estar junto a toda la comunidad.

Para terminar la ruta, hay que descender por el estrecho túnel que en tiempos medievales servía como paso secreto. En la época en la que todo el complejo permanecía oculto bajo la roca, este corredor era una vía de escape y comunicación con el exterior. En el video siguiente podremos apreciar el túnel de salida.

Video de la visita a Vardzia

En un corto video recorreremos las diferentes estancia de Vardzia.

Si alguna vez viajáis al sur de Georgia, no dejéis pasar la oportunidad de visitar Vardzia. Entre túneles secretos, bodegas excavadas y las leyendas de la reina Tamar, descubriréis un lugar donde la historia y la naturaleza se entrelazan de manera única y fascinante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *